EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El castillo Kinloch aparece antes de lo que esperaba, alzado sobre un promontorio de piedra gris que domina el valle entero.

No hay muros en ruinas, ni foso descuidado, ni ninguna de las grietas que llevo años señalando en mi propia casa para consolarme de que no somos los únicos que envejecemos mal.

Todo aquí está en pie, ordenado, temido.

Hasta las banderas ondean con una firmeza que no había visto nunca en las nuestras.

Cruzamos el puente a paso lento. Beitris se aferra a mi manga como si todavía fuera una niña; Ceana mantiene la espalda recta y la mirada fija al frente, decidida a que nadie la vea temblar.

Yo hago lo único que sé hacer bien: ordeno mi expresión hasta que no queda en ella nada que ofrecer, ni miedo, ni súplica, ni la rabia que llevo guardando desde que el humo empezó a subir sobre nuestros tejados.

Nos reciben en el patio de armas hombres que dejan lo que estaban haciendo para observarnos pasar.

Ninguno habla. Algunos ni siquiera disimulan la curiosidad; otros apartan la vista con una cortesía que resulta casi más insultante que la burla abierta.

Somos el trofeo de una redada, y todos aquí lo saben.

Un mozo de cuadra sostiene las riendas de mi montura más tiempo del necesario, como si esperara que yo dijera algo que justificara mirarme de frente. No le doy esa satisfacción.

Nos hacen esperar en el gran salón el tiempo justo para que la espera misma sea un mensaje.

Las paredes de piedra sostienen tapices de caza y estandartes de un clan que jamás perdió una frontera por descuido.

El fuego arde alto en la chimenea, más por exhibición que por necesidad; hace calor de sobra en esta sala como para no necesitarlo, y aun así nadie parece dispuesto a apagarlo.

Cuento las vigas del techo para no contar los latidos de mi propio pulso.

Cuando por fin se abren las puertas del extremo opuesto, entra primero un hombre mayor, de porte firme pese a la edad, con la barba entrecana y unos ojos que recorren a las tres antes de detenerse en mí.

No necesito que nadie me lo presente. Ese porte de mando, esa manera de ocupar el espacio como si le perteneciera de nacimiento, solo puede ser Artair Kinloch.

Detrás de él entra su hijo.

Lo reconozco antes de que abra la boca: la misma disciplina fría de la noche del ataque, la misma quietud en medio del movimiento de los demás.

De cerca resulta más alto de lo que recordaba, con el pelo oscuro apartado del rostro y una expresión que no delata nada, ni triunfo, ni curiosidad, ni la menor incomodidad por tenernos delante como ganado recién marcado.

Se detiene un paso por detrás de su padre, las manos cruzadas a la espalda, y me sostiene la mirada el tiempo suficiente para que yo entienda que no piensa ser el primero en apartarla.

No la aparto yo tampoco. Puede que sea lo único que aún me pertenece del todo en esta sala.

—Sois las hijas de Struan Dalcross.

Artair lo plantea sin curva de pregunta al final, así que no lo trato como tal.

—Soy Muirne Dalcross —respondo, y señalo a mis hermanas antes de que nadie más pueda nombrarlas por mí—. Estas son Ceana y Beitris. Somos lo que queda de nuestra casa.

—Sois el precio de la paz de vuestra casa —corrige él, sin dureza, como quien corrige una cifra mal calculada—. El Pacto exige rehenes de sangre hasta que la falta se repare. Vuestro padre incumplió tres veces la línea acordada entre nuestros clanes. Vosotras respondéis ahora por esa deuda.

Beitris aprieta mi manga con más fuerza.

Ceana da un paso adelante, la barbilla en alto, los labios ya entreabiertos sobre una réplica que ninguna de las dos podría permitirse esta noche.

La detengo con la mano libre, apenas un roce en su brazo, y ella se traga lo que iba a soltar, aunque el gesto le cuesta visiblemente.

—Entonces hablemos de los términos de esa deuda —planteo—, porque si vamos a pagarla, exijo saber con exactitud qué se nos exige.

Un murmullo recorre a los hombres apostados junto a las paredes.

Artair enarca una ceja, más sorprendido que ofendido, y por primera vez mira a su hijo, como si le pidiera opinión sin necesidad de palabras.

Cathal permanece callado. Se limita a observarme con esa misma quietud calculada, y algo en su expresión cambia apenas: no se suaviza, pero registra.

—Vuestro alojamiento será propio de vuestro rango —responde por fin Artair—. No sois prisioneras de mazmorra. Tendréis vigilancia, no cadenas. Se os tratará conforme a la costumbre que ambos clanes respetan desde hace generaciones.

—¿Y mis hermanas? —insisto—. Beitris tiene quince años. Ceana, diecisiete. Ninguna de las dos tuvo voz ni voto en lo que hizo nuestro padre.

—Ninguna de vosotras la tuvo.

Es la primera vez que Cathal se pronuncia sin que su padre le ceda la palabra, y su voz resulta más baja de lo que esperaba, sin la aspereza que llevan los hombres acostumbrados a que se les obedezca sin pensar.

No hay desprecio en el modo en que lo plantea.

Tampoco compasión. Es, apenas, un hecho que expone con la misma frialdad con la que expondría el estado de una cosecha.

—Entonces sabéis que castigarlas por ello es una injusticia —replico.

—Sé que el Pacto no distingue entre culpa e infortunio. Distingue entre linaje y deuda.

Da un paso hacia mí, el gesto de quien necesita ver mejor algo que le interesa entender.

—Tenéis suerte de que la costumbre exija trato digno. No exige clemencia.

—La clemencia no la pido para mí.

Algo cruza su rostro entonces, apenas un parpadeo de atención distinta, antes de desaparecer bajo el mismo control de siempre. Artair carraspea, incómodo con el rumbo que ha tomado el intercambio, y recupera la sala con la autoridad de quien no está acostumbrado a que se la arrebaten.

—Se os alojará en la torre este esta noche. Mañana se convocará consejo para decidir vuestro estatus formal y las condiciones exactas de vuestra estancia. Hasta entonces, no se tocará ni una hebra de vuestro cabello.

—¿Y después de mañana? —pregunto, sin dirigirme ya a Artair.

—Después de mañana lo decidirá el consejo. —Cathal se adelanta a su padre sin alzar la voz—. No yo. No esta noche.

No es una promesa de bondad. Es, apenas, la constatación de que ni siquiera él controla del todo lo que viene, y hay algo casi honesto en admitirlo delante de tres desconocidas que acaba de dejar sin casa.

Lo estudio buscando la grieta, el detalle que delate una mentira cortés, y no la encuentro.

Eso, extrañamente, resulta más inquietante que si hubiera mentido.

Nos escoltan fuera del salón un momento después, entre hombres que ya no nos observan con la misma curiosidad de antes, quizá porque he dejado claro que no pienso agachar la cabeza sin pelear cada palmo del terreno.

Beitris respira hondo por fin cuando cruzamos el umbral; Ceana me busca los ojos, una pregunta silenciosa que traduzco sin dificultad: «¿estamos bien?

». Le devuelvo un gesto que espero que sirva de respuesta, aunque no tengo ninguna certeza que ofrecerle.

Una mujer de mediana edad, con el pelo recogido bajo un pañuelo y las manos ásperas de quien ha fregado suelos toda la vida, nos guía por un pasillo lateral hacia una escalera de caracol.

No se presenta. Tampoco nos mira más de lo estrictamente necesario para asegurarse de que la seguimos.

Solo cuando llegamos al primer rellano, Beitris tropieza con el borde de un escalón y la mujer la sujeta del brazo con un gesto rápido, casi automático, antes de soltarla de inmediato, como si hubiera roto sin querer una norma que ella misma se ha impuesto.

—Cuidado con la piedra —murmura, la única frase que nos dedica en todo el trayecto—. Está gastada por el centro. Lleva así desde antes de que yo naciera.

No sé si es amabilidad o simple costumbre de servicio, pero se lo agradezco con un gesto de cabeza que ella no ve, ocupada ya en abrir la puerta de nuestras estancias con una llave que lleva atada a la cintura.

Nos suben así hasta la torre este, tres estancias contiguas con ventanas estrechas que dan al valle, más frías que cómodas pero limpias, con lechos que alguien ha preparado con antelación suficiente para saber que esta escena estaba decidida antes de que llegáramos.

Beitris se derrumba sobre el suyo en cuanto la puerta se cierra; Ceana camina hasta la ventana y se queda mirando la oscuridad, los brazos cruzados, el cuerpo tenso como una cuerda de arco.

—No pienso darles las gracias por una celda con vistas —murmura.

—No te las he pedido —respondo, y me siento junto a Beitris para deshacerle las trenzas, un gesto que repetía nuestra madre y que ahora me toca a mí sostener.

Beitris se deja hacer, los ojos cerrados, agotada de un modo que no es solo cansancio del cuerpo.

Ceana sigue junto a la ventana, callada ya del todo, y la veo contar algo con los dedos apoyados en el alféizar: hombres armados en la muralla, tal vez, o los pasos de la guardia que ronda abajo.

Siempre ha sido así, incluso de niña: cuando el miedo la alcanza, lo convierte en números, en cosas que puede contar y por tanto controlar.

—Deberíamos dormir —propongo, aunque ninguna de las tres parece dispuesta a hacerlo esta noche.

—Duerme tú —responde Ceana, sin volverse—. Yo prefiero saber cuántos hombres hay entre esta puerta y la salida, por si alguna vez hace falta.

No la contradigo. En su lugar, dejo que termine su cuenta mientras yo acabo de deshacer las trenzas de Beitris, que ya respira con el ritmo lento del sueño antes incluso de que yo termine.

Antes de que la puerta del pasillo se cierre del todo, alcanzo a ver, a través del hueco, la figura de Cathal deteniéndose un instante frente a nuestra alcoba, como si comprobara algo que no llega a nombrar.

No entra. No dice nada. Se limita a mirar la puerta cerrada un segundo de más antes de continuar su camino, y ese segundo se me queda prendido de un modo que no consigo explicarme, ni esta noche ni las que vendrán.

No es la mirada de un hombre que ha ganado algo hoy. Es la de alguien que aún no ha decidido qué hacer con lo que tiene delante.

Yo tampoco sé todavía qué hacer con lo que tengo delante. Pero he aprendido, desde niña, que el orgullo es la única armadura que nadie puede arrebatarte sin tu permiso.

Esta noche, decido no dárselo a nadie.