EL PRECIO DE UNA REINA PRÓLOGO
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EL PRECIO DE UNA REINA

EL PRECIO DE UNA REINA

Por NORA KINCAID

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PRÓLOGO

El humo llega antes que los gritos.

Lo huelo desde la ventana de mi alcoba, denso y agrio, mezclado con el olor a turba mojada que nunca abandona esta casa.

Beitris duerme todavía, un brazo colgando fuera de las mantas.

Ceana no. Ceana ya está de pie junto a mí, descalza, el pelo suelto, los ojos fijos en la línea de fuego que trepa desde los pastos de invierno.

—Son los Kinloch.

No es una pregunta. No respondo. Llevo semanas temiendo este fuego, aunque nunca me atreví a nombrarlo en voz alta.

Bajo corriendo, con Ceana pisándome los talones, y encuentro a mi padre ya vestido, ya armado, dando órdenes que nadie parece escuchar del todo.

Le pido que cierre las puertas del salón, que mande a las mujeres al torreón.

No me mira. Nunca me mira cuando algo de lo que digo le recuerda que se equivocó.

Le escribí. Se lo escribí con mi propia mano hace semanas, cuando vi con qué facilidad movía los mojones de piedra hacia los pastos que el Pacto reserva a los Kinloch, palmo a palmo, como si nadie fuera a contarlos.

Guardó la carta. No cambió nada. Hasta esta noche, aquella carta solo era una advertencia que nadie quiso escuchar; ahora es el fuego que sube por la ladera.

Ahora los caballos entran por el patio principal y ya no hay tiempo para reproches.

Empujo a Beitris, todavía medio dormida, escaleras abajo, hacia la despensa donde una vez jugábamos a esconder a un fantasma.

Ceana se resiste a agacharse con nosotras; quiere un cuchillo, quiere pelear, quiere cualquier cosa menos bajar la cabeza.

La agarro del brazo con más fuerza de la que sabía que tenía.

—Aquí. Ahora.

Obedece, por una vez, y las tres nos apretamos entre sacos de grano y barriles vacíos mientras el salón se llena de un idioma que no es el nuestro y de un silencio distinto al de siempre: el de una casa que deja de pelear.

Mi padre no muere arrodillado. Lo sé porque, a través de la rendija de la puerta de la despensa, alcanzo a ver un fragmento: la espalda ancha, la espada en alto, tres hombres delante que no bastan para hacerlo retroceder.

Grita algo que no distingo, una orden o quizá solo su propio nombre, como si pronunciarlo pudiera convencer a los Kinloch de que Struan Dalcross no es un hombre que se rinde.

Cae donde estaba, en el umbral del salón, sin dar un paso atrás.

Nadie lo ejecuta de rodillas. Nadie le pide que suplique.

Cae luchando por una frontera que él mismo desplazó tres veces, y esa es la parte que no consigo perdonarle ni siquiera mientras lo veo morir: que su orgullo elige el mismo lugar para todos, la puerta que él nunca quiso cerrar.

Aparto a Beitris de la rendija antes de que también lo vea. Le tapo los ojos con la mano, aunque ya es tarde para las dos.

Me lo confirma después un criado, con la voz rota, como si contármelo fuera también una forma de traición: mi padre ha muerto defendiendo su salón, no ejecutado, no asesinado a sangre fría.

Caído en el choque que él mismo provocó al negarse a entregar lo que el Pacto exigía por las buenas.

No sé si eso debería consolarme. No lo hace.

No lloro entonces. Guardo el llanto para más tarde, para cuando pueda permitírmelo sin que nadie lo vea.

Nos sacan al patio cuando el fuego ya solo humea.

Beitris tiembla contra mi costado; Ceana camina con la barbilla alta y los puños cerrados, mirando a cada hombre armado como si memorizara su rostro para más tarde.

Entre los que dirigen la redada hay uno más joven que los demás, quieto en medio del desorden mientras todo lo demás se mueve.

No grita órdenes: las dice una vez, en voz baja, y los hombres las obedecen como si llevaran años haciéndolo.

Lleva la sangre de otro en las manos y ni siquiera parece haberlo notado.

Cuando por fin vuelve la cabeza hacia donde estamos las tres, mira primero al fuego que aún consume el tejado del establo, como si calculara cuánto puede salvarse todavía.

Después, y solo después, sus ojos se detienen en mí.

No hay triunfo en ellos. Tampoco compasión.

Solo la misma disciplina fría con la que ha dado cada orden esta noche, y algo más, algo que no sé nombrar todavía y que se me queda prendido bajo las costillas como una brasa que tardaré meses en reconocer.

Nos leen los términos del Pacto delante de lo que queda de nuestra gente: rehenes de sangre, hijas del linaje del infractor, hasta que la falta se repare. No preguntan si aceptamos. No hace falta.

Ceana escupe algo entre dientes que nadie traduce en voz alta. Beitris busca mi mano y la encuentra. Yo miro el humo que aún sube de los tejados de mi casa y entiendo, con una claridad que no había sentido nunca, que ya no hay padre, ni castillo, ni tiempo para el duelo que me correspondería.

Nos ponen a caballo antes de que amanezca del todo.

No nos atan; no hace falta atar a quien no tiene ya dónde huir.

Cabalgamos entre hombres que hablan poco y no nos miran, salvo el más joven, que marca el paso desde el frente sin volverse ni una sola vez.

El camino a las tierras Kinloch cruza el mismo valle que separaba nuestras fronteras, y por primera vez en mi vida lo veo entero, sin la línea invisible que mi padre insistió en mover.

Beitris llora en silencio, aferrada a las riendas con las dos manos.

Ceana no llora; mira hacia atrás cada pocos minutos, hacia el humo que se va quedando pequeño, como si memorizar la distancia fuera otra forma de venganza.

Yo no miro atrás. Miro el camino que tenemos delante, porque ya he decidido que ahí es donde tengo que estar, pensando, calculando, preparándome para lo que venga.

Solo quedamos nosotras tres, y lo que yo decida hacer con eso.

Nadie me lo pide. Nadie tendría por qué.

Pero mientras las tierras de mi infancia se pierden a nuestra espalda, me lo prometo a mí misma, sin palabras, sin testigos: sean cuales sean las reglas de esta casa nueva, sea quien sea el hombre que las imponga, mis hermanas no cargarán solas con lo que viene.

Eso sí puedo dármelo. Eso sí depende de mí.