EPÍLOGO
Los días que siguen a la celebración transcurren con una calma que no habíamos conocido desde antes de que Kessney y Farlan pusieran a prueba todo lo que habíamos construido, y aprovechamos esa tregua para atender los asuntos que la crisis dejó pendientes: la reconstrucción de las posiciones defensivas, el reconocimiento formal de los tenentes Dalcross que lucharon junto a nosotros, y la planificación cuidadosa de cómo fortalecer ambas fronteras antes de que Kessney y Farlan decidan intentarlo de nuevo, con más fuerza y mejor coordinación que la prueba que acabamos de repeler.
Es Artair quien propone, durante uno de los últimos consejos antes del invierno, que alguien de confianza se encargue de supervisar la reconstrucción del vado sur, ahora fortalecido tras la alianza formal con Aodh Ross, y que sea Tormod, con su experiencia militar y su conocimiento reciente del terreno, quien asuma esa responsabilidad.
—Necesitará un enlace directo con los tenentes Dalcross que defendieron esa posición —añade Cathal, sentado a mi lado con la misma naturalidad con la que consulta cualquier asunto de gobierno—. Alguien que conozca el terreno tan bien como Muirne, y que los tenentes respeten sin reservas.
Percibo, antes de que nadie lo nombre en voz alta, hacia dónde se dirige esta conversación, y busco la mirada de Ceana, sentada al otro extremo de la mesa del consejo con una compostura que no logra disimular del todo la tensión que la propuesta le provoca.
—Ceana conoce ese terreno mejor que cualquier otro tenente disponible —comento, con una naturalidad calculada que no delata del todo mis propias sospechas sobre lo que esta designación podría significar para mi hermana—. Sería la elección más lógica para acompañar a Tormod en la supervisión.
Artair asiente, aprobando la sugerencia sin percibir, o quizá percibiendo perfectamente bien, la complejidad que se esconde tras la propuesta aparentemente práctica, y la designación queda formalizada antes de que el consejo termine: Tormod y Ceana, juntos, encargados de la reconstrucción del vado sur durante los meses que preceden al deshielo primaveral.
Ceana me busca en cuanto el consejo se disuelve, la expresión mezclando indignación fingida y algo mucho más vulnerable que ella misma parece reconocer apenas.
—¿Lo has hecho a propósito?
—No sé de qué hablas —respondo, con una inocencia que no engaña a ninguna de las dos.
—Muirne.
—Solo he sugerido lo que resultaba evidente para cualquiera con sentido común. Si tú y Tormod tenéis algo pendiente que resolver, unos meses supervisando la reconstrucción juntos os dará tiempo de sobra para descubrirlo.
Ella no responde de inmediato, aunque el rubor que le sube por el cuello dice más de lo que cualquier protesta formal podría negar, y me abraza, al fin, con una fuerza que reconozco como su propia forma de agradecerme sin admitirlo del todo en voz alta.
Esa misma noche, tendida junto a Cathal en la quietud de nuestra propia alcoba, repaso todo lo que hemos atravesado juntos desde aquella primera noche de matrimonio forzado: la regla de la alcoba sostenida con tanta templanza, el primer beso robado en la intimidad del despacho, la traición que estuvo a punto de separarnos para siempre, la batalla que confirmó, en el fuego más literal, que juntos somos mucho más fuertes que la suma de nuestras partes individuales.
—¿En qué piensas? —pregunta Cathal, notando mi silencio pensativo.
—En todo lo que hemos construido. Y en Ceana, que está a punto de empezar su propia travesía hacia algo que ella misma todavía no sabe nombrar del todo.
—¿Crees que encontrará lo mismo que encontramos nosotros?
—Espero que sí. Aunque sospecho que su camino será tan terco como el nuestro propio, si no más.
Cathal ríe, atrayéndome más cerca con un gesto que ya no necesita ninguna disciplina calculada para sostenerse, y me quedo, en la quietud de esta noche, pensando en el largo camino que nos trajo hasta aquí: desde una redada que destruyó todo lo que conocía, hasta un matrimonio que empezó como garantía política y se convirtió, palmo a palmo, en el amor más profundo que jamás imaginé posible.
Las Tierras Altas siguen siendo un territorio peligroso, cargado de amenazas que Kessney y Farlan sin duda seguirán sembrando en los meses que vienen, y sé, con la misma certeza fría con la que sé leer un mapa de frontera, que la paz que hemos ganado esta noche es frágil, temporal, apenas una tregua antes de la tormenta mayor que ambos clanes preparan para cuando llegue su momento.
Pero por ahora, en esta noche de celebración recién concluida, con Cathal a mi lado y la certeza de que ya no enfrento nada sola, permito que la gratitud pese más que el miedo, y me duermo, al fin, con la promesa tranquila de que, venga lo que venga después, lo enfrentaremos exactamente como hemos aprendido a enfrentarlo todo: juntos.
Por la mañana, cuando Tormod y Ceana parten hacia el vado sur con la escolta que Cathal dispuso para el viaje, los observo alejarse desde el patio de armas, mi hermana montada con la misma espalda recta que empleaba nuestro padre, Tormod cabalgando a su lado con una torpeza evidente en cada intento de iniciar una conversación que ella, con la misma terquedad que la caracteriza, se empeña en esquivar.
Sonrío, reconociendo en ese intercambio torpe el eco exacto de lo que Cathal y yo mismos atravesamos, meses atrás, antes de encontrar el valor de nombrar lo que sentíamos.
—¿Crees que tardarán tanto como nosotros? —pregunta Cathal, apareciendo a mi lado con dos tazas de infusión de brezo, una de las cuales me tiende sin que yo tenga que pedirla.
—Espero que no. Aunque conociendo a mi hermana, no apostaría demasiado en su contra.
Reímos juntos, observando la comitiva desaparecer tras la primera loma, y me quedo, un momento más, disfrutando de la quietud de esta mañana de invierno temprano, consciente de que la travesía de Ceana y Tormod apenas comienza, del mismo modo que la nuestra, hace meses, también empezó con la misma incertidumbre torpe que ahora los acompaña a ellos.
Beitris se une a nosotros poco después, con Fingal a su lado, y los cuatro pasamos el resto de la mañana planificando los detalles de la reconstrucción que se avecina, cada uno aportando su propia fortaleza a un esfuerzo compartido que ya no distingue entre sangre Kinloch y sangre Dalcross, sino que reconoce, en cada uno de nosotros, la misma lealtad hacia una casa que hemos aprendido, juntos, a llamar hogar.
El invierno se instala sobre las Tierras Altas con la misma dureza de siempre, pero esta vez, por primera vez desde la noche de la redada, no lo enfrento con miedo, sino con la certeza tranquila de que, sea cual sea la tormenta que se avecine, ya no la enfrento sola.