El Precio de la Belleza Capítulo 9 El precio que nadie paga
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Capítulo 9 El precio que nadie paga

Irina entró en la clínica con el corazón pesado.

La cirugía mayor de contorno facial estaba programada para esa mañana.

Dmitri le había asegurado que sería el paso definitivo hacia la armonía perfecta que tanto deseaba.

Se cambió en la sala privada y se recostó en la camilla.

La anestesia local combinada con sedación la dejó en un estado de semiinconsciencia mientras él trabajaba.

Dmitri operaba con concentración absoluta.

Sus manos se movían con precisión milimétrica, tensando piel, ajustando grasa, refinando la línea de la mandíbula.

Todo iba según el plan hasta que, en el momento de cerrar las incisiones, una pequeña hemorragia inesperada complicó la simetría del lado izquierdo.

Intentó corregirla con suturas finas, pero el resultado no fue el equilibrio perfecto que había imaginado.

Cuando Irina despertó en la suite de recuperación, el rostro le dolía con intensidad. Vendajes cubrían casi todo excepto los ojos y la boca. Dmitri estaba a su lado, revisando los monitores.

—¿Cómo quedó? —preguntó ella con voz pastosa.

—Hubo una complicación menor. Nada que no pueda corregirse en una revisión posterior. Descansa ahora.

Irina cerró los ojos, pero el miedo se instaló en su pecho. Por primera vez sentía que el control se le escapaba. El dolor era más fuerte de lo esperado y la hinchazón deformaba sus facciones de manera alarmante.

Esa misma noche, cuando el personal se retiró, Dmitri se quedó con ella. Le cambió los vendajes con cuidado y le dio más analgésicos. Irina lo miró fijamente mientras él trabajaba.

—Quiero la verdad. ¿Quedó mal?

Dmitri suspiró y se sentó en el borde de la cama.

—No quedó como planeé. La simetría se rompió ligeramente del lado izquierdo. Pero puedo arreglarlo. Solo necesito que confíes en mí y que sigamos adelante.

Irina sintió lágrimas calientes bajar por las sienes.

—Confiar en ti. Eso es lo que siempre dices. Mientras tanto tengo una cara hinchada y torcida, tu esposa sigue llamándote y tu amigo Pavel amenaza con denunciarte. ¿Hasta cuándo voy a pagar este precio?

Dmitri le tomó la mano con fuerza.

—Te prometí que arreglaría lo de Tatiana. Y lo haré. En cuanto termine tu transformación, pediré el divorcio. Pavel es solo ruido. Puedo manejarlo.

Irina retiró la mano.

—No quiero promesas. Quiero que elijas ahora. O ella o yo. Porque no voy a seguir así, con la mitad de tu vida y la mitad de tu atención.

El silencio se extendió entre ellos. Dmitri la miró con ojos oscurecidos.

—No es tan simple. La clínica, las propiedades, los contratos… todo está entrelazado.

—Entonces elige —insistió ella, con la voz quebrada—. Porque si no lo haces, me iré ahora mismo. Aunque tenga que vivir con esta cara imperfecta para siempre.

Dmitri se levantó y caminó por la habitación. Por primera vez Irina vio duda real en su rostro. La obsesión luchaba contra el cálculo frío que siempre lo había guiado. Finalmente se acercó, se inclinó sobre ella y la besó con una mezcla de desesperación y posesión.

—Te elijo a ti —dijo contra sus labios—. Pero dame tiempo para organizar todo. Un mes más. Solo un mes.

Irina lo atrajo hacia ella y lo besó con rabia.

El beso se volvió urgente. A pesar del dolor en el rostro, dejó que él le quitara la bata con cuidado.

Dmitri se desnudó y se acostó a su lado, evitando presionar las zonas operadas.

Sus manos exploraron su cuerpo con devoción, bajando hasta encontrar su humedad.

La penetró lentamente, con movimientos profundos y controlados.

Irina gimió contra su hombro, el placer mezclándose con el dolor físico y emocional.

Se movieron juntos en un ritmo lento pero intenso, como si cada embestida sellara un pacto silencioso.

Cuando llegaron al clímax, fue casi al mismo tiempo, con cuerpos temblorosos y respiraciones entrecortadas.

Después, Dmitri la abrazó con ternura.

—Te voy a hacer perfecta. Y luego seremos solo nosotros.

Irina se quedó dormida contra su pecho, pero el sueño fue inquieto. Soñó con rostros torcidos y espejos rotos.

Al día siguiente, mientras ella descansaba, Tatiana contrató a un detective privado.

Había notado las ausencias cada vez más largas, los mensajes a horas extrañas y la distancia emocional de su marido.

El detective empezó a seguir a Dmitri y pronto encontró patrones claros: noches enteras en la clínica, salidas al dacha, compras de ropa y joyas que nunca llegaban a casa.

Irina recibió el alta tres días después. Regresó a su departamento con el rostro todavía vendado y el corazón lleno de dudas. Se miró en el espejo lo poco que podía ver. La hinchazón empezaba a bajar, pero la asimetría era visible. Lloró en silencio.

Dmitri le enviaba mensajes constantes, fotos de bocetos nuevos, promesas de que todo estaría bien. Ella respondía con monosílabos. La adicción seguía allí, pero ahora estaba teñida de resentimiento.

Una tarde, Pavel Kuznetsov llamó a la clínica y pidió hablar con Dmitri. La conversación fue tensa.

—Estás arriesgando todo por una paciente, Dmitri. La gente habla. Si no detienes esto, tendré que reportarlo.

Dmitri colgó sin responder. Su obsesión ya no le permitía ver los riesgos con claridad.

Irina, mientras tanto, pasó horas frente al espejo quitándose los vendajes con cuidado. El rostro que vio era hermoso, pero no perfecto. Una ligera desviación en la mandíbula izquierda rompía la armonía que Dmitri había soñado. Tocó la zona con dedos temblorosos.

—Esto es lo que cuesta la belleza —susurró.

Sabía que Dmitri querría operarla de nuevo. Sabía que ella aceptaría porque la adicción era más fuerte que el miedo. Pero también sabía que cada vez que él la tocaba, perdía un pedazo más de sí misma.

Esa noche Dmitri llegó a su departamento sin avisar. Trajo flores y una botella de vino caro. La abrazó con cuidado y le prometió que la próxima cirugía corregiría todo.

Irina lo dejó entrar en su cama. Hicieron el amor con una pasión desesperada, como si ambos supieran que el tiempo se les estaba acabando. Dmitri la tomó con embestidas profundas, sujetándola por las caderas mientras le susurraba al oído que ella era su obra maestra.

Cuando terminaron, Irina se quedó mirando el techo.

—Quiero creer que me eliges a mí —dijo en voz baja—. Pero cada día siento que el precio es más alto de lo que puedo pagar.

Dmitri no respondió. Solo la abrazó más fuerte.

La nieve caía sin parar sobre Moscú. Tatiana revisaba los reportes del detective con expresión fría. Pavel preparaba los documentos para una posible denuncia. Irina tocaba su rostro imperfecto con dedos inseguros.

Y Dmitri, en medio de todo, solo veía la imagen final en su mente: Irina convertida en la mujer perfecta que nadie más podría tener.

El precio que nadie pagaba estaba a punto de cobrarse.