El Precio de la Belleza Capítulo 8 La perfección a medio camino
80%

Capítulo 8 La perfección a medio camino

Irina se miró de perfil en el espejo de cuerpo entero de su departamento.

Habían pasado dos semanas desde la llamada de Tatiana.

Los implantes mamarios y la remodelación corporal intermedia ya estaban hechos.

Sus pechos se veían llenos y altos, la cintura más estrecha, las caderas con una curva más pronunciada.

El rostro había ganado luminosidad y los ojos parecían más grandes y expresivos.

Se tocó los senos con cuidado. Estaban sensibles, pero perfectos.

Se sentía poderosa. Y extraña. Como si habitara un cuerpo que todavía no era del todo suyo.

Dmitri la esperaba en la clínica esa tarde. Cuando entró en su oficina, él cerró la puerta y la atrajo contra su pecho sin decir nada. La besó con hambre acumulada, sus manos recorriendo las nuevas curvas con reverencia.

—Estás quedando exactamente como imaginé —murmuró contra su cuello—. Pero todavía falta lo mejor.

Irina se dejó llevar por el beso, aunque la desconfianza seguía allí, latente. Después de unos minutos, Dmitri se apartó y sacó una llave de su bolsillo.

—Quiero llevarte fuera de Moscú este fin de semana. Tengo un dacha privado a dos horas de la ciudad. Solo nosotros. Sin personal, sin interrupciones.

Irina dudó. La idea de pasar días enteros a solas con él la excitaba y la asustaba.

—¿Y Tatiana?

—Le dije que tengo un congreso en San Petersburgo. No preguntará.

Ella aceptó. El viernes por la tarde salieron en el auto de Dmitri.

La carretera estaba cubierta de nieve fresca y el paisaje blanco se extendía infinito.

Durante el viaje hablaron poco. Irina miraba por la ventana, pensando en lo lejos que había llegado.

Dmitri conducía con una mano en el volante y la otra sobre su muslo, apretando de vez en cuando.

El dacha era una casa de madera grande y aislada, rodeada de bosque nevado. Adentro todo era cálido: chimenea encendida, pieles sobre los muebles, una cama enorme en la habitación principal. Dmitri dejó las maletas y la tomó de la mano.

—Aquí nadie nos interrumpe. Puedes ser completamente mía.

Esa primera noche la poseyó frente a la chimenea.

La desnudó lentamente, besando cada nuevo cambio en su cuerpo.

Lamió sus pechos nuevos con devoción, bajó por su vientre plano y se detuvo entre sus piernas.

Irina se abrió para él, gimiendo cuando su lengua encontró su clítoris.

La llevó al orgasmo dos veces antes de penetrarla desde atrás, sujetándola por las caderas mientras entraba profundo y lento.

—Dime que te gusta cómo te estoy moldeando —exigió mientras empujaba.

—Me gusta —jadeó ella—. Me gusta demasiado.

El fin de semana se volvió una mezcla de placer y oscuridad.

Dmitri la fotografiaba desnuda en diferentes poses, midiendo proporciones, anotando ajustes futuros.

La follaba en la cama, contra la pared, en la ducha.

A veces con ternura, otras con posesión casi violenta.

Irina respondía a todo. Su cuerpo nuevo respondía mejor, más sensible, más receptivo.

El sábado por la noche, mientras descansaban después de un encuentro intenso, el teléfono de Dmitri vibró. Era un mensaje de su amigo y colega, el doctor Pavel Kuznetsov.

Dmitri leyó el mensaje y frunció el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó Irina.

—Pavel sospecha algo. Dice que estoy dando trato preferencial a una paciente y que podría tener problemas éticos si sigue así. Amenaza con hablar con la junta de la clínica.

Irina se incorporó, cubriéndose con la sábana.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada por ahora. Pavel es mi amigo desde la universidad. Lo convenceré de que todo está bajo control.

Ella lo miró con seriedad.

—¿Y si no lo convences? ¿Si descubre lo nuestro?

Dmitri la atrajo hacia él y la besó en la frente.

—Entonces tomaré medidas. Pero tú no te preocupes. Tu única tarea es seguir transformándote.

Irina se quedó en silencio. Otra grieta aparecía. Ahora no solo estaba Tatiana. También un colega que podía exponerlo todo. Se sentía atrapada en una red que ella misma había ayudado a tejer.

Esa noche, Dmitri la tomó de nuevo con mayor intensidad. La colocó a cuatro patas sobre la cama y entró en ella con embestidas profundas y rápidas. Irina gemía contra la almohada, el placer mezclándose con la ansiedad. Cuando terminaron, él la abrazó por detrás y le susurró al oído:

—Eres mía. Ya no puedes volver atrás. Tu cuerpo, tu cara, tu placer… todo me pertenece ahora.

Irina cerró los ojos. Sabía que tenía razón. Cada cirugía, cada orgasmo, cada noche pasada con él la ataba más fuerte. Quería huir y al mismo tiempo quería que siguiera moldeándola hasta el final.

El domingo regresaron a Moscú en silencio. Irina bajó del auto frente a su edificio con el cuerpo marcado por sus manos y la mente llena de dudas. Subió a su departamento, se desnudó y se paró frente al espejo.

Su figura era impresionante. Pechos altos, cintura estrecha, caderas redondeadas, rostro rejuvenecido y armónico.

Parecía tener diez años menos. Los hombres la mirarían en la calle.

Su exmarido se arrepentiría. Pero ella solo podía pensar en Dmitri.

En sus promesas, en sus secretos, en el peligro que representaba seguir a su lado.

Se tocó los labios hinchados por los besos y suspiró.

Quería la perfección.

Quería la libertad que venía con ella.

Pero cada vez estaba más claro que ambas cosas tenían un precio muy alto.

Dmitri llegó a su casa esa noche. Tatiana lo recibió con una cena fría y una mirada inquisidora. Él le dio un beso mecánico en la mejilla y se excusó con trabajo pendiente.

En su estudio privado abrió el cuaderno y dibujó los últimos ajustes que quería hacer en el rostro de Irina. La nariz un poco más refinada, los pómulos ligeramente más altos, el contorno facial más definido.

Pavel le había enviado otro mensaje de advertencia. Dmitri lo ignoró.

Su obsesión ya era más fuerte que cualquier riesgo.

Arriba, Irina se metió en la cama y apagó la luz. Su cuerpo nuevo se sentía extraño y maravilloso al mismo tiempo. Pensó en el dacha, en las manos de Dmitri, en las amenazas de Pavel.

Sabía que la perfección a medio camino era solo una ilusión.

La verdadera transformación apenas comenzaba.

Y ella ya no estaba segura de querer llegar hasta el final.