Capítulo 7 La llamada inesperada
Irina llegó a la clínica con el abdomen todavía sensible por la liposucción.
La inflamación persistía más de lo esperado y Dmitri había insistido en que pasara la noche en observación.
La suite de recuperación la recibió con su habitual silencio lujoso.
Se cambió, se recostó en la cama y esperó.
El dolor era tolerable, pero la inquietud crecía cada vez que recordaba las fotos de aquellas pacientes.
Dmitri entró poco después de las ocho. Revisó los vendajes con manos expertas y le administró un analgésico suave.
—Descansa. Volveré en unas horas. Tengo una cirugía programada abajo.
Le dio un beso breve en los labios y salió. Irina se quedó sola. El silencio de la habitación la envolvió. Intentó dormir, pero el malestar la mantenía despierta. El teléfono de Dmitri, que había dejado cargando sobre la mesita de noche, vibró con insistencia.
Miró la pantalla. “Tatiana” aparecía en letras claras. El nombre le resultó familiar, aunque no sabía de dónde. Dudó un segundo y contestó sin pensar.
—¿Diga?
Del otro lado se escuchó una voz femenina, elegante y algo impaciente.
—Hola, soy Tatiana Volkova. ¿Eres la nueva asistente? Necesito hablar con mi marido urgentemente. ¿Está disponible?
Irina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su mente procesó las palabras con lentitud dolorosa. Esposa. Dmitri tenía esposa. La mano le tembló alrededor del aparato.
—Está en cirugía en este momento —respondió con voz neutra, siguiendo el juego sin saber por qué—. Le diré que la llame en cuanto termine.
—Gracias. Dile que es importante. Lleva tres días sin dormir en casa y necesito coordinar unos asuntos familiares.
La llamada terminó. Irina dejó el teléfono exactamente donde estaba. Se quedó sentada en la cama, mirando la pared blanca. El pecho le dolía como si le hubieran clavado algo afilado. Todo encajaba ahora: las salidas nocturnas, las respuestas vagas, la forma en que nunca hablaba de su vida privada.
Cuando Dmitri regresó una hora después, la encontró de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su expresión era una mezcla de dolor y furia contenida.
—¿Quién es Tatiana? —preguntó sin preámbulos.
Dmitri se detuvo en seco. Su rostro perdió color por un instante, pero se recuperó con rapidez profesional.
—Mi esposa.
Irina soltó una risa amarga y corta.
—Tu esposa. Llamó mientras estabas abajo. Me confundió con tu asistente. Me pidió que te pasara el recado. ¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Él cerró la puerta y se acercó con pasos medidos.
—No era el momento de decírtelo. Quería que te concentraras en tu transformación sin distracciones.
—¿Distracciones? —Irina levantó la voz—. Me estás follando en esta misma habitación mientras tu esposa te espera en casa. Me estás cambiando el cuerpo, me estás metiendo en la cabeza que soy especial, y todo este tiempo tienes una vida paralela. ¿Qué soy yo para ti? ¿Un pasatiempo entre cirugías?
Dmitri la tomó por los hombros con firmeza, pero sin lastimarla.
—Tatiana es un matrimonio de conveniencia. Llevamos quince años juntos. Ella sabe que mi trabajo es mi prioridad. Nunca ha sido pasión. Contigo es distinto. Tú eres la primera mujer en años que despierta algo real en mí.
Irina se soltó con un movimiento brusco. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer.
—Entonces ¿por qué no le dijiste que te vas? ¿Por qué sigues regresando a ella cada noche?
—Porque el divorcio implica consecuencias legales, financieras y profesionales. Mi clínica está a nombre de ambos. No es tan sencillo.
Irina caminó hasta la cama y se sentó. El dolor en el abdomen se intensificó con el movimiento. Se sentía traicionada, usada y, al mismo tiempo, incapaz de alejarse.
—Quiero irme a casa —dijo con voz temblorosa—. No puedo quedarme aquí sabiendo esto.
Dmitri se arrodilló frente a ella. Tomó sus manos y las besó con devoción.
—No te vayas. Quédate esta noche. Hablemos. Déjame explicarte todo. No quiero perderte ahora que estamos tan cerca de los resultados que deseas.
Irina lo miró. Veía arrepentimiento sincero en sus ojos grises, pero también esa obsesión que ya conocía.
El conflicto la desgarraba por dentro. Quería odiarlo.
Quería golpearlo. Quería que le prometiera dejar a Tatiana esa misma noche.
Pero también quería sus manos, su atención, la promesa de la perfección que le había vendido desde el primer día.
—No sé si puedo confiar en ti —susurró.
—Entonces déjame demostrarte que sí puedes.
Se levantó y la besó con desesperación. Irina intentó resistirse, pero su cuerpo traicionero respondió.
El beso se volvió feroz. Dmitri la recostó con cuidado sobre la cama y le quitó la bata con movimientos urgentes.
Sus labios bajaron por su cuello, evitando las zonas inflamadas, y continuaron hasta sus pechos.
Los lamió y succionó con hambre, mientras sus dedos bajaban entre sus piernas.
Irina gimió a pesar de la rabia. El placer se mezclaba con el dolor emocional. Dmitri se desnudó rápidamente y se colocó sobre ella. Entró en su interior con un solo movimiento profundo. Ella arqueó la espalda y clavó las uñas en sus hombros.
Follaron con una intensidad diferente esa noche.
No era solo deseo. Era rabia, necesidad y miedo a perderse el uno al otro.
Dmitri la penetraba con embestidas fuertes y controladas, sujetándola por las caderas.
Irina se movía contra él con la misma furia, mordiéndole el hombro para ahogar los gemidos.
—Dime que eres mía —exigió él contra su oído.
Irina no respondió con palabras. Solo lo apretó más dentro de ella y dejó que el orgasmo la atravesara en oleadas violentas. Dmitri la siguió poco después, derramándose con un gruñido ronco.
Quedaron jadeando, sudorosos y entrelazados. Irina tenía lágrimas silenciosas corriendo por las sienes. Dmitri las limpió con los pulgares y la besó suavemente en los labios.
—Te prometo que arreglaré esto —dijo en voz baja—. Pero necesito tiempo. No puedo dejar todo de un día para otro.
Irina cerró los ojos. Sabía que estaba cometiendo un error. Sabía que debería levantarse, vestirse y salir de esa clínica para siempre. Pero el cuerpo todavía vibraba con su presencia y la promesa de la transformación completa la mantenía anclada.
—Quiero creerlo —murmuró—. Pero si me mientes otra vez, todo termina.
Dmitri la abrazó con fuerza y la cubrió con las sábanas. Se quedaron así hasta que el amanecer tiñó de gris las ventanas. Irina durmió poco y mal, con la mente llena de imágenes de Tatiana, de las pacientes rotas y de su propio reflejo cambiado.
Cuando despertó, Dmitri ya se había ido a atender sus obligaciones. Le había dejado una nota breve sobre la mesita: “Confía en mí. Volveré esta tarde.”
Irina se levantó con dificultad. Se miró en el espejo del baño. Su rostro seguía mejorando, su cintura más definida. El cuerpo respondía exactamente como él había prometido. Pero dentro de ella algo se había agrietado.
Regresó a casa esa misma tarde. Se duchó con agua caliente y se quedó largo rato bajo el chorro, intentando lavar la culpa y la confusión. Al salir, se envolvió en una bata y se sentó frente al espejo del tocador.
Tocó su nueva piel y suspiró.
Seguía queriendo la perfección.
Seguía queriendo a Dmitri.
Pero ahora sabía el precio que nadie más pagaba.
Y aun así, no estaba segura de poder renunciar.