El Precio de la Belleza Capítulo 6 Obras imperfectas
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Capítulo 6 Obras imperfectas

Irina regresó a la clínica tres días después para una revisión de rutina.

La suite de recuperación estaba vacía y en silencio.

Dmitri la había citado fuera de horario, como ya era costumbre.

Ella entró con una mezcla de anticipación y cansancio.

El cuerpo aún le dolía ligeramente por la liposucción, pero la cintura se veía más definida y eso la hacía sentir ligera.

Dmitri la esperaba sentado frente a su laptop. Cuando la vio, cerró la pantalla y se levantó. La besó con posesión inmediata, sus manos bajando por su espalda hasta apretarle las nalgas.

—Te extrañé estos días —dijo contra su boca.

Irina sonrió y se dejó llevar al sillón. Se sentó en su regazo y lo besó con la misma intensidad. Sus cuerpos se buscaron con familiaridad creciente. Después de unos minutos de caricias urgentes, ella se apartó ligeramente.

—Necesito ir al baño primero.

Dmitri asintió y señaló la puerta contigua a su oficina privada. Irina entró y cerró. Mientras se lavaba las manos, su mirada cayó sobre la laptop que él había dejado abierta sobre el escritorio. La pantalla mostraba una carpeta con fotos. Curiosa, movió el mouse. Las imágenes se abrieron.

Eran fotografías de pacientes anteriores. Mujeres con rostros y cuerpos transformados por Dmitri. Algunas antes y después. Otras solo después, en poses sugerentes. Siguió pasando. Encontró un archivo llamado “Resultados finales”. Al abrirlo, vio algo que le heló la sangre.

Una mujer rubia, de unos treinta y cinco años, con el rostro completamente reconstruido.

En las fotos posteriores aparecía con una sonrisa vacía, los ojos sin vida.

La última imagen mostraba un informe médico: internada en una clínica psiquiátrica por dependencia severa y depresión aguda.

Otra paciente, morena y delgada, había desaparecido de los registros después de tres años de tratamientos continuos.

Solo quedaba una nota: “Reacción emocional extrema. Contacto terminado.”

Irina sintió náuseas. Cerró la laptop con manos temblorosas y regresó al sillón. Dmitri la esperaba con una copa de agua.

—¿Todo bien?

Ella lo miró fijamente. El miedo y la rabia se mezclaban en su pecho.

—¿Quiénes son esas mujeres de las fotos?

Dmitri frunció el ceño ligeramente. Se levantó y caminó hacia la laptop. La abrió y vio la carpeta aún visible.

—Pacientes antiguas. ¿Por qué revisaste?

—Porque quería saber con quién estoy metiéndome. Una de ellas terminó en un psiquiátrico. Otra simplemente desapareció de tu vida. ¿Eso es lo que planeas conmigo? ¿Moldearme hasta que me rompa y luego descartarme?

Su voz temblaba. Dmitri se acercó lentamente y se arrodilló frente a ella. Tomó sus manos con firmeza.

—Escúchame. Esas mujeres no tenían tu fuerza. Llegaron buscando cambios superficiales y se obsesionaron. Yo les di lo que pedían, pero no supieron manejarlo. Contigo es diferente. Tú tienes una base sólida. Una voluntad real. No te estoy usando. Te estoy creando algo superior.

Irina retiró las manos y se levantó. Caminó por la habitación con pasos cortos.

—Dices que soy diferente, pero las trataste igual. Las tocaste, las besaste, les prometiste perfección. Y al final las dejaste rotas. ¿Cómo sé que no harás lo mismo conmigo?

Dmitri se puso de pie. Su expresión cambió. La calma profesional dio paso a algo más oscuro, más intenso.

—Porque contigo siento algo que no sentí con ninguna. No solo deseo moldear tu cuerpo. Quiero que seas mía. Completamente. No como un proyecto temporal. Como mi obra definitiva.

Se acercó y la tomó por los brazos con fuerza controlada. Irina lo miró a los ojos. Veía sinceridad mezclada con obsesión. El conflicto la desgarraba. Quería creerle. Quería seguir sintiendo sus manos, su atención exclusiva. Pero el miedo a terminar como esas mujeres la paralizaba.

—Entonces demuéstramelo —exigió ella—. No con palabras. Con hechos. Si soy tan especial, no me ocultes nada más.

Dmitri la atrajo contra su pecho. El beso que siguió fue violento en su pasión. La empujó contra la pared y le levantó el vestido con urgencia. Irina respondió con la misma rabia y deseo. Le arrancó la camisa y clavó las uñas en su espalda. Se desnudaron con movimientos torpes y desesperados.

Él la levantó contra la pared y entró en ella de un solo empujón. Irina gritó de placer y dolor mezclado. Dmitri la folló con embestidas profundas y rápidas, sujetándola por las nalgas. Cada movimiento parecía una afirmación de posesión.

—Eres mía —gruñó contra su cuello—. Nadie más te tocará así. Nadie más te verá como yo te veo.

Irina se aferró a sus hombros y movió las caderas al encuentro de las suyas. El orgasmo llegó rápido y brutal para ambos. Se corrieron casi al mismo tiempo, temblando contra la pared.

Cuando terminaron, Dmitri la bajó con cuidado y la abrazó. Irina tenía lágrimas en los ojos.

—Quiero creerte —susurró—. Pero tengo miedo de perderme en esto.

Él le besó la frente y la llevó hasta la cama. Se acostaron juntos, desnudos, bajo las sábanas.

—No te perderás. Te encontrarás. Yo te ayudaré a hacerlo. Solo quédate conmigo. Continúa el proceso.

Irina se quedó en silencio un largo rato.

Su cabeza descansaba sobre el pecho de él.

Escuchaba los latidos fuertes y regulares.

Sabía que estaba tomando una decisión peligrosa.

Sabía que cada sesión, cada caricia, la ataba más.

Pero el vacío que había sentido durante el divorcio era peor que el miedo.

—Está bien —dijo finalmente—. Continuaré. Pero si siento que me estás rompiendo, me iré. Sin importar cuánto duela.

Dmitri sonrió en la penumbra y la apretó más contra él.

—No tendrás que irte. Porque cuando termine, no querrás estar en ningún otro lugar.

Se quedaron dormidos así, entrelazados. Irina soñó con rostros perfectos que se agrietaban como porcelana. Dmitri, en cambio, soñó con su obra terminada: Irina convertida en la mujer que nadie más podría igualar.

A la mañana siguiente, ella regresó a casa con el cuerpo marcado por nuevas huellas de pasión. Se miró al espejo y tocó las zonas donde él había apretado con fuerza. La grieta estaba abierta, pero decidió ignorarla por ahora.

Quería seguir.

Necesitaba seguir.

Dmitri, en su oficina, borró las carpetas más comprometedoras y creó una nueva solo para Irina. La etiquetó “Proyecto Eterno”.

Su obsesión ya no tenía marcha atrás.

Irina tampoco.