El Precio de la Belleza Capítulo 5 El precio de su belleza
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Capítulo 5 El precio de su belleza

Irina entró en la suite de recuperación con el pulso latiéndole en las sienes.

Habían pasado tres semanas desde la cena junto al río.

La liposucción menor en abdomen y flancos estaba programada para esa tarde, pero ambos sabían que la verdadera cita ocurriría después, cuando el personal se retirara.

Se cambió en el baño privado y se recostó en la cama amplia cubierta con sábanas blancas.

El aire olía a antiséptico y a las velas que Dmitri había encendido discretamente.

Él llegó poco después de las nueve de la noche. Cerró la puerta con llave y se quitó la bata quirúrgica con movimientos lentos. Debajo llevaba solo una camisa negra desabotonada en el cuello. Sus ojos grises la recorrieron como si ya fuera suya.

—Quítate la bata —ordenó en voz baja.

Irina obedeció. La tela cayó al suelo y quedó expuesta ante él. La luz tenue resaltaba las curvas suaves de su cuerpo, todavía marcado por los moretones leves de cirugías anteriores. Dmitri se acercó y pasó las manos por su cintura, midiendo cada centímetro con los dedos.

—Tu piel responde perfectamente. Suave, cálida. Pero todavía hay lugares que quiero perfeccionar.

La besó con hambre contenida. Sus labios bajaron por su cuello, rozaron la clavícula y continuaron hasta el valle entre sus pechos.

Irina arqueó la espalda y dejó escapar un suspiro.

Las manos de él exploraron con precisión quirúrgica y deseo crudo al mismo tiempo.

Sabía exactamente dónde tocar para hacerla temblar.

La recostó en la cama y se colocó sobre ella con cuidado de no presionar las zonas sensibles.

Sus bocas se encontraron de nuevo, esta vez sin ninguna restricción.

Irina le desabotonó la camisa y pasó las uñas por su pecho ancho.

Sentía la fuerza contenida en sus músculos, la autoridad en cada movimiento.

Dmitri separó sus piernas con la rodilla y bajó lentamente.

Su boca trazó un camino de besos por el interior de sus muslos hasta llegar al centro de su placer.

Irina gimió cuando su lengua la encontró.

Lamió con paciencia experta, alternando presión y suavidad, hasta que ella se retorció contra las sábanas.

Sus dedos se unieron al juego, entrando y saliendo con ritmo controlado mientras su boca seguía trabajando.

—Dmitri… —susurró ella, con la voz entrecortada.

Él levantó la mirada un segundo, los ojos oscurecidos por el deseo.

—Déjate llevar. Quiero oírte.

Irina se entregó por completo. El orgasmo llegó en oleadas intensas que la dejaron temblando.

Antes de que pudiera recuperarse, Dmitri se incorporó, se quitó el resto de la ropa y se posicionó entre sus piernas.

Entró en ella con un movimiento lento pero firme.

Irina jadeó al sentirlo llenarla por completo.

Su cuerpo se adaptó a su tamaño, a su ritmo.

Comenzaron a moverse juntos. Al principio con contención, conscientes de las zonas operadas.

Luego la pasión ganó terreno. Dmitri la tomó con embestidas profundas y medidas, sujetándola por las caderas.

Irina clavó las uñas en su espalda y levantó las piernas para recibirlo mejor.

El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación.

—Eres mía para moldear —gruñó él contra su oído—. Cada curva, cada línea. Voy a hacerte perfecta.

Irina respondió con un gemido más fuerte.

La posesión en sus palabras la excitaba y asustaba al mismo tiempo.

Se movieron con mayor urgencia hasta que ambos alcanzaron el clímax casi al mismo tiempo.

Dmitri se derramó dentro de ella con un gruñido bajo, mientras Irina se contraía alrededor de él en espasmos intensos.

Quedaron tendidos uno junto al otro, sudorosos y jadeantes. Dmitri la atrajo contra su pecho y le besó la frente con una ternura inesperada.

—Esto era inevitable —dijo en voz baja—. Desde el primer día que entraste en mi consulta.

Irina trazó círculos con el dedo sobre su pecho.

—Me haces sentir deseada de una forma que nadie más lo ha hecho. Pero también me da miedo lo rápido que va todo.

Él le levantó el mentón para mirarla a los ojos.

—No tengas miedo. Yo controlo el proceso. Tú solo tienes que entregarte.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando la nieve golpear suavemente la ventana.

Dmitri le acariciaba la espalda con movimientos lentos.

Irina sentía una mezcla de euforia y culpa.

Euforia por el placer compartido, culpa por estar entregándose a un hombre del que apenas sabía detalles personales.

Después de un tiempo, Dmitri se levantó y trajo una botella de agua y una toalla húmeda. La limpió con cuidado, casi con devoción, prestando atención a cada zona sensible.

—Eres mi obra más prometedora —confesó mientras pasaba la toalla por su vientre—. No solo quiero mejorar tu cuerpo. Quiero que te conviertas en la mujer que siempre debiste ser.

Irina lo miró con ojos brillantes.

—¿Y qué pasa si me enamoro de ti en el proceso?

Dmitri sonrió con esa media sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.

—Entonces será más fácil que te quedes a mi lado cuando termine.

Se vistió con calma y le dio un último beso largo antes de marcharse.

Irina se quedó sola en la suite, envuelta en las sábanas.

Su cuerpo todavía vibraba con el recuerdo de sus manos, de su boca, de su posesión.

Se tocó entre las piernas y sintió la humedad que él había dejado.

Sonrió con una mezcla de satisfacción y temor.

Regresó a su departamento al día siguiente con marcas leves ocultas bajo la ropa.

Se miró al espejo y notó cómo su cintura ya parecía más definida por la liposucción inicial.

Se sentía poderosa, femenina, viva. Pero también se sentía atada.

Cada orgasmo, cada beso, cada palabra de Dmitri la acercaba más a él.

Esa noche, mientras preparaba la cena, recibió un mensaje suyo: “Descansa. La próxima sesión será más intensa.”

Irina contestó con una foto de su reflejo en el espejo, solo con la ropa interior. Luego se metió en la cama y durmió con una sonrisa.

Dmitri, en su casa, ignoró las llamadas de Tatiana durante la cena.

Se encerró en el estudio y abrió el cuaderno.

Dibujó el cuerpo desnudo de Irina con detalle obsesivo.

Marcó las zonas donde aplicaría más rellenos, donde reduciría grasa, dónde elevaría y tensaría. Cada trazo aumentaba su excitación.

Tatiana tocó a la puerta.

—¿Todo bien?

—Trabajo —respondió él sin abrir.

Cuando ella se alejó, Dmitri sonrió en la oscuridad. Su esposa era bella, pero terminada. Irina era un proyecto vivo, palpitante, que respondía a cada uno de sus toques.

Arriba, en su habitación, Irina se tocó los labios hinchados por los besos. Sabía que estaba cruzando límites peligrosos. Sabía que la adicción crecía con cada encuentro. Pero no quería parar.

Quería que él siguiera moldeándola.

Quería entregarse por completo.

Aunque el precio todavía no se hubiera revelado.