El Precio de la Belleza Capítulo 4 La piel nueva
40%

Capítulo 4 La piel nueva

Irina se miró en el espejo del baño diez días después de la cirugía.

Los moretones habían bajado a tonos amarillentos y la hinchazón casi había desaparecido.

Sus ojos se veían más grandes, más despiertos.

La piel de los párpados lucía tersa y los labios tenían un volumen sutil que rejuvenecía su expresión.

Se tocó con cuidado las mejillas. El cambio era real.

Pequeño, pero suficiente para que su reflejo le devolviera una sonrisa.

Se sintió poderosa. Por primera vez en mucho tiempo, la mujer del espejo parecía merecer miradas.

Llegó a la clínica para la revisión programada con un vestido negro sencillo que marcaba su cintura.

Dmitri la esperaba en su oficina. Cuando entró, él se levantó y cerró la puerta con llave.

No dijo nada al principio. Solo se acercó y le levantó el mentón con dos dedos para examinar su rostro bajo la luz.

—Excelente. La cicatrización es impecable. Tus ojos ahora tienen esa luz que buscabas.

Irina sintió el calor de su mano. Se inclinó hacia él sin pensarlo.

Dmitri la besó con intensidad contenida, como si hubiera esperado ese momento desde la última vez.

Sus manos bajaron por su espalda y la atrajeron contra su cuerpo.

El beso se volvió más profundo, más urgente.

Ella respondió con la misma hambre, aferrándose a sus hombros.

Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad.

—Cada vez que te veo, quiero más —murmuró Dmitri contra sus labios.

Irina sonrió con timidez.

—Yo también. Pero todavía me siento extraña con esta cara nueva.

Él la llevó hasta el sillón y se sentó con ella en su regazo. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula con reverencia.

—Esta no es una cara nueva. Es tu cara mejorada. Solo el comienzo. Imagina cómo te verás cuando terminemos todo.

Pasaron la siguiente hora hablando en voz baja. Dmitri le explicó los próximos pasos: más sesiones de láser, cuidados específicos y, en unas semanas, la evaluación para la liposucción. Irina escuchaba atentamente, pero su mente divagaba hacia el calor de su cuerpo contra el de ella.

—Quiero que sepas que esto no es solo trabajo para mí —dijo él—. Contigo es diferente.

Ella asintió, aunque una pequeña voz en su cabeza le advertía que todo iba demasiado rápido. Ignoró la voz. La atención de Dmitri la hacía sentir viva.

Esa misma tarde, mientras regresaba a casa, su teléfono sonó. Era Alexei, su exmarido. Dudó antes de contestar.

—Irina, ¿eres tú? Te escucho diferente. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Qué quieres?

—Supe que te viste más guapa últimamente. Una amiga común te vio en un café. Quería saber si podemos hablar. Tomar un café, tal vez recordar viejos tiempos.

Irina se detuvo en la acera. La nieve caía suavemente. Recordó todas las noches en que Alexei la había ignorado, las comparaciones silenciosas, la forma en que se había ido con una mujer diez años más joven.

—No hay nada que recordar, Alexei. Estoy reconstruyendo mi vida. Sin ti.

Colgó sin esperar respuesta. El rechazo le dejó una sensación de triunfo mezclado con tristeza. Había cerrado una puerta, pero otra mucho más peligrosa se abría frente a ella.

En la clínica, Dmitri recibió una llamada de la recepcionista.

Alguien había preguntado por Irina Belova y dejado un mensaje.

Cuando escuchó el nombre de Alexei, sintió una punzada de celos que no esperaba.

No dijo nada, pero anotó el detalle en su cuaderno personal.

Aceleraría el siguiente tratamiento. No permitiría que nadie más se acercara a su creación.

Dos días después la invitó a cenar en un restaurante discreto cerca del río Moscova. Mesas separadas, luces tenues, un reservado privado. Irina llegó con un abrigo largo que ocultaba los restos de moretones. Dmitri la esperaba con una botella de vino ya abierta.

—Te ves radiante —dijo él mientras le apartaba la silla.

—Gracias a ti.

La conversación fluyó con facilidad. Hablaron de arte, de viajes que ninguno había hecho, de los pequeños placeres que Irina había abandonado durante el matrimonio.

Dmitri la escuchaba con esa atención total que la desarmaba.

En un momento, bajo la mesa, su mano subió por su muslo con lentitud deliberada.

Irina contuvo el aliento, pero no lo detuvo.

—Quiero verte más seguido —susurró él—. No solo en la clínica.

—También yo.

Esa noche, después de la cena, caminaron junto al río. La nieve crujía bajo sus botas. Dmitri la atrajo hacia un rincón oscuro y la besó contra la barandilla fría. Sus manos exploraron bajo el abrigo con urgencia contenida. Irina respondió con la misma pasión, olvidando por completo el frío.

Cuando se separaron, él la miró a los ojos.

—Pronto daremos el siguiente paso. Quiero que confíes plenamente en mí.

Irina asintió. Regresó a casa con las piernas temblorosas y el cuerpo ardiendo. Se desnudó frente al espejo y observó su reflejo. La piel nueva, los labios más llenos, los ojos más expresivos. Se tocó donde habían estado las manos de Dmitri y cerró los ojos.

Sentía miedo y excitación al mismo tiempo. Miedo de estar entregándose demasiado rápido. Excitación por la promesa de más cambios, más atención, más de él.

Dmitri, en su casa, ignoró una vez más las preguntas de Tatiana sobre su horario. Se encerró en el estudio y abrió el cuaderno. Dibujó el cuerpo de Irina con mayor detalle. Imaginó la liposucción en abdomen y cintura, la forma en que quedaría su figura después. Cada trazo aumentaba su obsesión.

Tatiana llamó a la puerta del estudio.

—¿Vas a dormir?

—Todavía no. Trabajo.

Ella se retiró en silencio. Dmitri sonrió en la penumbra. Su esposa era hermosa, pero predecible. Irina representaba el desafío, la creación, la posibilidad de alcanzar algo que nadie más había logrado.

Arriba, en su habitación, Irina se metió en la cama. El teléfono vibró con un mensaje de Dmitri: “Duerme bien. Mañana empezamos a planear la siguiente fase.”

Respondió con un simple corazón. Luego apagó la luz.

Sabía que estaba caminando por un borde peligroso. Sabía que cada cambio en su cuerpo la ataba más a él. Pero el vacío que había sentido durante años empezaba a llenarse con algo intenso y adictivo.

No quería detenerse.

Quería más.

Quería convertirse en lo que él veía cuando la miraba.