Capítulo 3 El primer corte
Irina entró en la clínica dos semanas después con el pulso acelerado.
El lifting de párpados y los rellenos ya estaban programados.
Se había despedido de su reflejo esa mañana sabiendo que volvería cambiada.
La recepcionista la condujo directamente a la sala quirúrgica privada, donde todo estaba preparado con precisión militar.
Dmitri la esperaba con bata quirúrgica verde oscuro. Su mirada la recorrió de arriba abajo antes de sonreír con calma controlada.
—Llegas puntual. Eso me gusta. Hoy daremos el primer paso real. ¿Estás nerviosa?
—Un poco. Pero más emocionada que asustada.
Él la ayudó a cambiarse y a recostarse en la camilla bajo luces brillantes pero suaves.
Le explicó cada detalle mientras la anestesia local hacía efecto.
Irina sintió cómo su rostro se adormecía progresivamente.
Dmitri trabajaba con movimientos exactos, casi artísticos.
Incisiones mínimas en los párpados superiores, suturas finas como hilos de seda, inyecciones precisas de relleno en labios y mejillas.
El procedimiento duró poco más de dos horas. Cuando terminó, Irina tenía vendajes ligeros y un rostro hinchado que apenas reconocía en el espejo que él le ofreció.
—Los moretones desaparecerán en diez días. La hinchazón baja en una semana. Pero ya verás el cambio en los ojos. Estarán más abiertos, más vivos.
Irina tocó con cuidado la zona vendada. Sentía el pulso en las sienes.
—Gracias. Confío en ti.
Dmitri la miró un momento más largo de lo necesario. Luego ordenó que la llevaran a la suite de recuperación privada en el último piso de la clínica. Era una habitación lujosa, con cama amplia, ventana que daba a los techos nevados de Moscú y baño completo. Nada que ver con un hospital frío.
—Descansa aquí esta noche. Vendré a revisarte en unas horas, cuando el personal se haya ido.
Irina asintió y se recostó. El efecto de los calmantes la adormilaba. Durmió varias horas con sueños fragmentados donde manos expertas moldeaban su cuerpo como arcilla.
Cuando despertó ya era de noche. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de mesa. Dmitri entró sin hacer ruido. Se había quitado la bata quirúrgica y vestía camisa negra y pantalones oscuros. Cerró la puerta con llave.
—¿Cómo te sientes?
—Dolorida. Pero soportable. ¿Puedo quitarme los vendajes ya?
—Todavía no. Déjame revisarte primero.
Se sentó en el borde de la cama y retiró con cuidado las gasas. Sus dedos rozaron la piel sensible de los párpados. Irina contuvo el aliento. El tacto era suave, pero había algo posesivo en la forma en que exploraba cada centímetro.
—Está quedando excelente. La simetría es perfecta. Tus ojos van a cambiar tu expresión por completo.
Irina lo miró fijamente. La vulnerabilidad de estar allí, con el rostro marcado y el cuerpo débil, la hacía sentir expuesta de una manera nueva.
—No sé por qué, pero contigo me siento segura. Aunque apenas nos conocemos.
Dmitri dejó los vendajes a un lado. Su mano subió hasta acariciarle la mejilla con el dorso de los dedos.
—Porque yo veo lo que otros no ven. Veo tu potencial. No solo la mujer que eres ahora, sino la que puedes llegar a ser.
Se inclinó lentamente. Irina no se apartó. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, luego más profundo. Ella sintió el calor de su boca, el sabor leve a café y menta. El beso se volvió urgente, cargado de toda la tensión acumulada en las consultas anteriores.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.
—Esto no debería estar pasando —murmuró Irina, pero su mano se aferró a la camisa de él.
Dmitri apoyó la frente contra la de ella.
—Sin embargo, está pasando. Y ninguno de los dos quiere detenerlo.
La abrazó con cuidado de no lastimar las zonas operadas. Irina se dejó envolver por su calor. Por primera vez en años se sentía deseada de verdad. No por obligación, no por costumbre. Por elección.
Pasaron la siguiente hora hablando en voz baja. Dmitri le contó anécdotas de otros casos, siempre evitando detalles personales. Irina le habló de su vida después del divorcio, de las noches solitarias, de la sensación de haber perdido años irrepetibles.
Él la escuchaba con atención absoluta. Sus dedos trazaban patrones suaves en su brazo, evitando las zonas sensibles.
—Eres más fuerte de lo que crees. Y yo voy a ayudarte a recuperar todo lo que te quitaron.
Cerca de la medianoche, Dmitri se levantó con renuencia.
—Debo irme. Mañana temprano tengo cirugías programadas. Pero volveré antes de que despierte el personal.
Le dio un último beso, esta vez más lento, más deliberado. Irina lo vio salir y cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. Sabía que acababa de cruzar una línea peligrosa, pero no quería retroceder.
A la mañana siguiente, cuando el personal llegó, Dmitri ya estaba allí con aspecto impecable. Revisó a Irina delante de una enfermera, manteniendo distancia profesional. Solo una mirada prolongada delató lo ocurrido la noche anterior.
Irina recibió el alta con instrucciones estrictas y medicamentos para el dolor. Regresó a su departamento en taxi. En el espejo del baño observó su rostro vendado. Los moretones empezaban a aparecer, pero debajo de ellos intuía el cambio. Se tocó los labios, recordando el beso.
Se sentía viva. Adicta ya a esa atención exclusiva.
Mientras tanto, Dmitri llegó a su casa en las afueras de Moscú pasada la medianoche. Tatiana lo esperaba en la sala con una copa de vino en la mano. Su rostro perfecto, resultado de años de intervenciones suyas, mostraba una expresión cansada.
—Otra vez tarde. ¿Una paciente complicada?
—Una nueva. Caso interesante. Requiere seguimiento cercano.
Tatiana no insistió. Sabía que su marido vivía para su trabajo. Se acercó y lo besó en la mejilla. Dmitri respondió con un gesto mecánico. Su mente seguía en la suite de recuperación, en el cuerpo vulnerable de Irina, en los labios que había probado por primera vez.
Esa noche, mientras Tatiana dormía a su lado, Dmitri se levantó en silencio.
Bajó a su estudio privado en el sótano. Encendió la luz y abrió el gran cuaderno de bocetos.
Pasó páginas hasta llegar a las de Irina.
Dibujó durante horas. Corrigió la curva de los párpados, elevó ligeramente los pómulos, imaginó cómo quedaría su cuello después del lifting.
En su mente no había culpa. Solo excitación pura.
Tatiana era el resultado de un trabajo terminado. Una esposa hermosa, elegante, pero estática. Irina era materia prima fresca. Un lienzo vivo que él podía moldear a su voluntad. Una mujer que se entregaba voluntariamente al proceso.
Guardó el cuaderno y apagó la luz. Regresó a la cama y miró el techo en la oscuridad.
Por primera vez en años sentía verdadero entusiasmo. Una obsesión que crecía con cada hora.
Irina, en su departamento, tomó los analgésicos y se metió en la cama. El dolor en el rostro era constante, pero también lo era el recuerdo de las manos de Dmitri. De su boca. De sus palabras susurradas.
Sabía que estaba jugando con fuego. Sabía que todo iba demasiado rápido. Pero el vacío que había sentido durante el divorcio empezaba a llenarse con algo nuevo. Algo peligroso y adictivo.
Cerró los ojos y sonrió a pesar del dolor.
Mañana empezaría la verdadera transformación.
Y él estaría allí, guiando cada paso.