Capítulo 2 La decisión irrevocable
Irina llegó puntual a la clínica seis días después.
El corazón le latía más rápido de lo normal mientras atravesaba el vestíbulo.
Se había puesto un suéter negro ajustado y jeans oscuros que marcaban su figura sin exagerar.
Quería verse bien, pero no desesperada. El recepcionista la condujo directamente a la sala de procedimientos.
Dmitri ya la esperaba con bata blanca impecable. Su presencia llenaba la habitación. Le sonrió con esa calma profesional que ocultaba algo más profundo.
—Bienvenida de nuevo, Irina. ¿Cómo se ha sentido estos días?
—Nerviosa, pero decidida. No he podido dejar de pensar en lo que hablamos.
Él asintió y le indicó que se recostara en la camilla reclinable. La luz era suave, casi cálida. Preparó los instrumentos con movimientos precisos y seguros.
—Hoy haremos las primeras inyecciones y una sesión de láser. Nada invasivo todavía. Quiero ver cómo responde su piel. Relájese y dígame si siente algo fuera de lo común.
Irina se recostó. El cuero frío contra su espalda la hizo estremecer ligeramente. Dmitri se lavó las manos y se puso guantes. Se acercó y le limpió el rostro con una solución antiséptica. Sus dedos rozaron su mejilla con cuidado.
—Su piel es receptiva. Buena elasticidad todavía. Eso facilita todo.
Comenzó con las inyecciones. Pequeñas picaduras que Irina sintió como pinchazos rápidos.
Cada una venía acompañada de una explicación breve sobre qué músculo se relajaba y cómo eso suavizaría las líneas de expresión.
Ella cerraba los ojos y se concentraba en su respiración.
No dolía tanto como imaginaba, pero el roce constante de sus manos generaba una sensación extraña. Cálida. Atenta. Casi íntima.
Mientras trabajaba, Dmitri hablaba con voz baja y pausada.
—La belleza no es un capricho, Irina. Es una responsabilidad. El cuerpo humano tiene un potencial extraordinario. La mayoría de las personas lo desperdician por miedo o pereza. Yo no permito eso en mis pacientes. Especialmente en aquellas que realmente lo merecen.
Irina abrió los ojos un momento. Lo miró de perfil. La mandíbula tensa, la concentración absoluta. Ese hombre no solo curaba. Parecía que esculpía.
—¿Y yo lo merezco? —preguntó en voz baja.
Dmitri detuvo la aguja un segundo y la miró directamente.
—Usted tiene una base excepcional. Pómulos altos, ojos grandes, proporciones armónicas. La mayoría de las mujeres pagan fortunas por tener lo que usted ya posee de forma natural. Solo necesitamos pulir. Eliminar lo que el tiempo ha empezado a estropear.
Las palabras la recorrieron como una caricia. Hacía años que nadie la describía así. Su exmarido siempre había sido práctico, nunca poético. Dmitri hablaba como si ella fuera una obra de arte a punto de ser restaurada.
Continuó con el láser. El aparato emitía un calor controlado que le recorría la piel. Irina sintió cómo se relajaba poco a poco. El doctor ajustaba los parámetros con precisión milimétrica.
—Cuénteme más sobre usted. ¿Qué la impulsó a venir exactamente ahora?
Ella suspiró. El divorcio todavía pesaba.
—Mi matrimonio duró doce años. Al final Alexei dejó de mirarme. Empezó a fijarse en mujeres más jóvenes, más firmes. Cuando se fue, me sentí invisible. Como si hubiera dejado de existir para el mundo. Quiero recuperar esa sensación de ser vista. De valer la pena.
Dmitri escuchaba mientras movía el láser con movimientos lentos y circulares.
—Ser vista es solo el principio. Yo puedo darle mucho más. Puedo devolverle el control sobre cómo la perciben los demás. Y cómo se percibe usted misma.
La sesión duró casi una hora. Cuando terminó, Irina se incorporó con cuidado. El rostro le ardía ligeramente, pero no era desagradable. Dmitri le entregó un espejo de mano.
—Mírese.
Ella observó su reflejo. Las zonas tratadas estaban un poco enrojecidas, pero los ojos se veían más abiertos, la frente más lisa. Pequeños cambios, pero reales.
—Es increíble lo rápido que se nota algo.
—Esto es solo el comienzo. Su cuerpo responde bien. Muy bien.
Dmitri se quitó los guantes y se lavó las manos. Se acercó de nuevo y le tocó suavemente el hombro.
—Quiero que venga dos veces por semana al principio. Necesito monitorear cada reacción. También le daré indicaciones para el cuidado en casa. Nada de sol, nada de alcohol fuerte, mucho descanso.
Irina asintió. Se bajó de la camilla y se puso el abrigo. Antes de salir, él la detuvo un momento junto a la puerta.
—Irina, esto no es solo un tratamiento médico. Es un compromiso. Entre usted y yo. Yo me entrego completamente a mis pacientes especiales. Espero la misma dedicación.
Sus ojos grises la atravesaron. Había intensidad allí. Una promesa silenciosa. Irina sintió un calor subir por el cuello.
—Lo entiendo. Estoy comprometida.
Salió de la clínica con las mejillas aún calientes. Caminó hacia el metro sintiendo una mezcla de euforia y nerviosismo. Las manos de Dmitri habían quedado grabadas en su memoria. La forma en que la tocaba no era solo clínica. Había algo posesivo, casi reverente.
En su departamento se miró al espejo del baño durante largo rato. Se tocó las zonas tratadas con cuidado. Imaginó cómo se vería en unos meses. Más joven. Más deseable. Más ella.
Pero también pensó en él. En esa voz grave, en esa mirada que parecía leer cada pensamiento. Se sirvió una copa de vino y se sentó en el sillón. Por primera vez en mucho tiempo se sintió viva. Deseada. Aunque fuera solo por un hombre que apenas conocía.
Mientras tanto, en la clínica, Dmitri cerró la puerta de su oficina privada. Se sentó frente al escritorio y abrió la carpeta de Irina. Anotó observaciones detalladas sobre la respuesta de su piel, la elasticidad, la forma en que sus músculos reaccionaban. Luego sacó su cuaderno personal.
Dibujó rápidamente el contorno de su rostro. Corrigió la línea de la mandíbula, elevó ligeramente los pómulos en el papel, suavizó la curva del cuello. Cada trazo era meticuloso. Obsesivo.
Tatiana le había enviado varios mensajes durante la tarde. Preguntas sobre la cena, sobre su horario. Él respondió con monosílabos. Su mente estaba en otro lugar. En la mujer que acababa de salir de su consulta.
Irina no era como las demás. No buscaba solo arreglar un defecto. Buscaba renacer. Y él podía darle eso. Podía moldearla hasta que nadie, ni siquiera ella misma, reconociera a la mujer que había entrado por primera vez en su clínica.
Guardó el cuaderno y se recostó en el sillón. Cerró los ojos y recordó el tacto de su piel bajo sus dedos. Suave. Cálida. Perfectamente imperfecta.
Sonrió en la penumbra.
Esta vez no se detendría en mejoras superficiales.
Crearía una obra maestra.
Y ella se lo permitiría. Lo deseaba tanto como él.
Irina, en su departamento, terminó la copa de vino y se preparó para dormir. El rostro le ardía suavemente, recordatorio constante de las manos de Dmitri. Se metió en la cama y cerró los ojos.
Por primera vez en años soñó con un futuro donde volvía a ser el centro de atención. Donde un hombre la miraba como si fuera lo más valioso del mundo.
No sabía todavía que ese hombre ya había empezado a planear cada detalle de su transformación.
Ni que ese plan incluía mucho más que cirugías y tratamientos.
Incluía posesión.