El Precio de la Belleza Capítulo 1 La primera mirada
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El Precio de la Belleza

El Precio de la Belleza

Por Susana de la Rosa y de la Barca

© inepub.com

Capítulo 1 La primera mirada

Irina Belova ajustó el cuello de su abrigo de lana antes de empujar la puerta giratoria de la clínica.

El aire frío de Moscú en noviembre le había enrojecido las mejillas.

Dentro, el calor controlado y el aroma sutil a desinfectante caro la envolvieron de inmediato.

Pisos de mármol oscuro, paredes en tonos crema y luces suaves creaban una atmósfera que prometía discreción y resultados.

Se acercó al mostrador de recepción. Una mujer joven de uniforme impecable le sonrió con profesionalismo.

—Buenas tardes. Tengo cita con el doctor Volkov a las cuatro.

—Irina Belova, ¿verdad? Pase por favor a la sala de espera privada. El doctor la atenderá en unos minutos.

Irina asintió y siguió el pasillo indicado.

Sus tacones resonaban con suavidad. Se sentó en un sillón de cuero blanco y cruzó las piernas.

A sus treinta y ocho años todavía conservaba una figura envidiable, pero los últimos meses habían sido crueles.

El divorcio de Alexei la había dejado con una sensación constante de vacío.

Las arrugas finas alrededor de los ojos, la ligera caída en los párpados, la piel menos firme en el cuello.

Pequeños detalles que nadie más notaba, pero que para ella significaban el comienzo del fin de su atractivo.

Sacó el teléfono y revisó su reflejo en la pantalla negra. No era suficiente. Quería más. Quería volver a sentirse deseada, poderosa, viva.

La puerta se abrió sin ruido. Entró un hombre alto, de hombros anchos y cabello oscuro salpicado de gris en las sienes. Vestía bata blanca abierta sobre una camisa azul oscuro. Sus ojos, de un gris acerado, la recorrieron con una atención que no parecía mera cortesía médica.

—Señora Belova, soy Dmitri Volkov. Gracias por venir.

Su voz era grave, calmada, con esa autoridad natural que tienen quienes están acostumbrados a que los demás obedezcan. Extendió la mano. Irina la estrechó. Los dedos de él eran largos, cálidos y sorprendentemente fuertes.

—Gracias por recibirme tan pronto, doctor.

—Por favor, acompáñeme a la consulta.

La llevó por un pasillo corto hasta una oficina amplia y minimalista. Un escritorio de madera oscura, dos sillones cómodos, una pantalla grande en la pared y una camilla de exploración cubierta con sábanas blancas. Dmitri cerró la puerta y le indicó que tomara asiento.

Irina se sentó. Él se acomodó frente a ella, sin prisa. Abrió una carpeta nueva donde solo había una hoja en blanco.

—Cuénteme qué la trae aquí.

Ella respiró hondo. Las palabras salieron más fáciles de lo que esperaba.

—Quiero recuperar lo que tenía antes. Tengo treinta y ocho años y siento que el tiempo ya empezó a cobrarse factura.

Arrugas, flacidez, ojeras que no se van ni con el mejor corrector.

Mi matrimonio terminó hace seis meses. Mi exmarido ya está con alguien más joven.

No quiero ser la mujer que los demás miran con lástima.

Dmitri la escuchaba sin interrumpir. Sus ojos no se apartaban de su rostro. No era la mirada hambrienta de un hombre cualquiera. Era la mirada de alguien que analizaba, medía, calculaba.

—Entiendo. Muchas mujeres llegan con esa misma sensación. Pero permítame ser directo. La belleza no se recupera. Se reconstruye. Y yo soy muy bueno reconstruyendo.

Se levantó y se acercó a ella. Con gestos precisos le pidió permiso para tocarle el rostro. Irina asintió. Los dedos de Dmitri rozaron su mandíbula, luego subieron hasta los pómulos, bajaron por el cuello y se detuvieron en la clavícula.

—Su estructura ósea es excelente. Proporciones armónicas. Pómulos altos, mentón definido, nariz recta. La piel todavía responde bien. Con el plan correcto podemos devolverle firmeza, luminosidad y esa expresión de juventud que usted busca.

Irina sintió un escalofrío. No era solo profesionalismo. Había algo más en la forma en que la tocaba. Como si estuviera evaluando una pieza de arte que pensaba comprar.

—¿Qué tipo de plan?

—Integral. Empezaremos con procedimientos no invasivos para ver cómo responde su cuerpo.

Inyecciones de toxina botulínica en frente y patas de gallo, ácido hialurónico en labios y pómulos, láser fraccionado para mejorar la textura de la piel.

Después evaluaremos si necesitamos algo más profundo.

Cirugía de párpados, tal vez un lifting cervical ligero. Todo paso a paso.

Dmitri regresó a su asiento y escribió unas notas rápidas. Irina lo observaba. Era atractivo de una manera peligrosa. No guapo en el sentido clásico, sino imponente. Mandíbula fuerte, nariz recta, manos que parecían capaces de cualquier cosa.

—Doctor, ¿cuánto tiempo tomaría ver resultados reales?

—Los primeros cambios se notan en dos o tres semanas. Resultados significativos en tres meses. Pero la transformación completa, la que realmente cambia cómo la miran los demás y cómo se mira usted misma, requiere dedicación y paciencia. ¿Está dispuesta?

Irina dudó solo un segundo.

—Sí. Lo estoy.

Dmitri sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, controlada, que no llegó a sus ojos.

—Bien. Entonces empecemos.

Le explicó los costos, los riesgos mínimos y el calendario propuesto. Irina firmó los consentimientos sin leerlos con demasiada atención. Su mente ya estaba en otro lugar. Imaginando cómo se vería dentro de unos meses. Imaginando la cara de su exmarido cuando la viera.

Cuando la consulta terminó, Dmitri la acompañó hasta la puerta de la clínica.

—Nos vemos en seis días para la primera sesión. Venga en ayunas por si decidimos hacer algo más ese día.

—Allí estaré.

Irina salió a la calle. El frío de Moscú la golpeó de nuevo, pero esta vez no le molestó. Caminó varias cuadras con una energía nueva. Por primera vez en mucho tiempo sentía que tenía un plan, un propósito. Alguien que la veía como algo valioso.

Dentro de la clínica, Dmitri regresó a su oficina.

Cerró la puerta con llave. Abrió el cajón inferior del escritorio y sacó una cámara profesional.

Revisó las fotos discretas que había tomado durante la exploración con su teléfono.

Amplió el rostro de Irina. Estudió la línea de la mandíbula, la curva del cuello, la forma de los labios.

Era casi perfecta.

Casi.

Se recostó en su sillón y cerró los ojos un momento.

Tatiana lo esperaba en casa con la cena lista, como siempre.

Su esposa perfecta, con su rostro simétrico, sus medidas exactas, su piel impecable gracias a años de tratamientos.

Una mujer que él mismo había moldeado con paciencia durante más de quince años de matrimonio.

Pero Tatiana era una copia. Irina, en cambio, era materia prima. Arcilla viva con potencial real.

Dmitri abrió los ojos y sonrió para sí mismo.

Esta vez no se conformaría con mejoras. Esta vez crearía algo nuevo. Algo que nadie más pudiera igualar.

Sacó su agenda personal y anotó el nombre de Irina en una página aparte. Debajo escribió una sola frase:

“Proyecto principal. Prioridad absoluta.”

Apagó la luz de la oficina y salió. Afuera nevaba suavemente. Moscú se preparaba para otro invierno largo y oscuro.

Irina, mientras tanto, llegó a su departamento en el barrio de Arbat. Se quitó el abrigo y se paró frente al espejo del pasillo. Se tocó el rostro donde habían estado los dedos de Dmitri. Todavía sentía el calor de su piel.

—No más invisibilidad —susurró.

Se sirvió una copa de vino tinto y se sentó en el sofá. Por primera vez en meses durmió sin pastillas, con la imagen de esos ojos grises clavada en la mente.

Al día siguiente, Dmitri llegó temprano a la clínica.

Canceló dos citas menores para tener más tiempo libre esa semana.

Revisó los expedientes de Irina y comenzó a diseñar el protocolo completo.

No solo tratamientos. Un plan detallado que incluía seguimiento psicológico, nutrición y, sobre todo, contacto constante.

Tatiana le envió un mensaje preguntando a qué hora llegaría a cenar. Él contestó con un escueto “tarde”.

No mencionó que esa noche, mientras su esposa dormía, él estaría en su estudio privado dibujando curvas, midiendo proporciones y planeando cada milímetro del cuerpo que pensaba transformar.

Irina Belova no lo sabía todavía, pero acababa de entrar en un juego donde ella no era la jugadora.

Era la pieza principal.

Dmitri Volkov cerró su laptop y miró por la ventana. La nieve caía más fuerte ahora. Cubría los techos y las calles con un manto blanco que borraba imperfecciones.

Sonrió.

Él haría lo mismo con ella.

Eliminaría cada imperfección.

Hasta que solo quedara su versión perfecta.

Y entonces, solo entonces, decidiría qué hacer con su creación.