El Precio de la Belleza Capítulo 10 La obra maestra
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Capítulo 10 La obra maestra

Irina se paró frente al gran espejo de la suite privada de la clínica. Habían pasado seis semanas desde la última cirugía correctiva. Los vendajes habían caído por completo. La mujer que la miraba era casi irreconocible.

Su rostro había alcanzado una simetría inhumana: pómulos altos y definidos, mandíbula afilada, labios carnosos pero naturales, ojos grandes y ligeramente rasgados que transmitían una juventud eterna.

El cuerpo acompañaba la transformación: pechos firmes y elevados, cintura imposiblemente estrecha, caderas redondeadas, piernas largas y tonificadas.

La piel brillaba con una tersura que ninguna crema podía lograr.

Parecía tener veintiocho años, no treinta y ocho.

Se tocó la mejilla con dedos temblorosos. Era hermosa. Demasiado hermosa. Una belleza que asustaba tanto como seducía.

Dmitri entró en silencio y cerró la puerta. Se quedó observándola desde atrás, con los ojos brillantes de orgullo y posesión. Se acercó y rodeó su cintura con los brazos. Su voz sonó ronca contra su oído.

—Finalmente. Eres exactamente lo que imaginé desde el primer día. Mi obra maestra.

Irina se recostó contra su pecho. Sentía el calor de su cuerpo, la fuerza de sus manos. Una parte de ella quería llorar de alivio. Otra parte sentía un vacío profundo.

—Es perfecto —susurró—. Pero ya no me reconozco.

Dmitri la giró hacia él y la besó con lentitud deliberada. Sus manos recorrieron cada curva nueva como si confirmara su propiedad.

—Ahora eres mía por completo. Nadie más podrá tenerte así.

La levantó en brazos y la llevó hasta la cama amplia.

La desnudó con reverencia, besando cada centímetro de piel transformada.

Irina respondió con la misma intensidad, pero había una sombra en sus ojos.

Se entregaron el uno al otro con pasión oscura y desesperada.

Dmitri la penetró profundamente, moviéndose con ritmo posesivo mientras le susurraba al oído que era su creación, su amante, su todo.

Irina llegó al clímax con un grito ahogado, las uñas clavadas en su espalda, el cuerpo convulsionando alrededor de él.

Dmitri la siguió poco después, derramándose dentro con un gruñido gutural.

Quedaron entrelazados, sudorosos y jadeantes. Irina trazó con el dedo la línea de su mandíbula.

—Tu esposa ya lo sabe todo, ¿verdad?

Dmitri suspiró y la apretó más contra él.

—Tatiana presentó los papeles de divorcio ayer. Tiene pruebas. Fotos, mensajes, registros de la clínica. Me está pidiendo la mitad de todo.

Irina cerró los ojos. El peso de las consecuencias cayó sobre ella como nieve pesada.

—¿Y Pavel?

—Renunció y amenazó con hablar. Pero lo compré con una suma generosa y una carta de recomendación. No dirá nada.

El silencio se extendió. Irina se incorporó y se cubrió con la sábana.

—Entonces sacrificaste tu matrimonio, tu reputación y tu amistad por mí. ¿Estás seguro de que valió la pena?

Dmitri se sentó frente a ella y tomó su rostro entre las manos.

—Mirate. Eres la perfección que siempre busqué. Tatiana era solo una copia bien hecha. Tú eres original. Viviente. Mía.

Irina lo miró fijamente. Veía amor obsesivo en sus ojos grises. Veía también el precio: la soledad que vendría, las miradas de la gente cuando saliera a la calle, el miedo constante a que alguien descubriera cómo había llegado a ser así.

Se levantó y caminó desnuda hasta la ventana.

La nieve caía con fuerza sobre Moscú, cubriendo todo con un manto blanco que borraba imperfecciones.

Pensó en su vida anterior, en el divorcio, en la mujer invisible que había sido.

Ahora era imposible pasar desapercibida.

Ahora era la amante del cirujano más famoso de la ciudad.

La mujer que había pagado con su cuerpo y su alma por una belleza que nadie más podía igualar.

Dmitri se acercó por detrás y la abrazó.

—Quédate conmigo. Seremos nosotros contra todo. Te daré todo lo que quieras.

Irina se giró y lo besó con una mezcla de ternura y tristeza.

—Quiero quedarme —dijo en voz baja—. Pero ya no sé si soy yo quien decide o si es la mujer que creaste.

Él sonrió con esa media sonrisa oscura que ella conocía tan bien.

—Eres ambas. Y eso es lo más hermoso.

Pasaron la noche en la suite. Hicieron el amor varias veces más, cada encuentro más intenso y posesivo que el anterior.

Dmitri la tomó contra la ventana mientras la nieve caía, luego en la ducha, finalmente en la cama hasta el amanecer.

Irina se entregó por completo, sabiendo que cada orgasmo la ataba más a él.

A la mañana siguiente, Tatiana llamó a Dmitri. La conversación fue breve y fría. Ella exigía la casa principal y la mitad de la clínica. Dmitri aceptó casi todo sin discutir. Cuando colgó, miró a Irina con ojos brillantes.

—Está hecho. Soy libre.

Irina sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Se vistió con ropa nueva que él le había comprado: un vestido negro ajustado que resaltaba cada curva perfecta. Se miró una última vez en el espejo.

La escultura estaba terminada.

Y ella era prisionera voluntaria dentro de ella.

Salieron juntos de la clínica. La nieve seguía cayendo. Dmitri la tomó de la mano mientras caminaban hacia el auto. La gente en la calle se giraba para mirarla. Algunos con envidia, otros con deseo, todos con asombro.

Irina sintió el peso de esas miradas. Sabía que su vida ya no le pertenecía del todo. Pertenecía a la perfección que Dmitri había creado. Pertenecía a él.

Subieron al auto. Dmitri puso en marcha el motor y la miró.

—¿A dónde quieres ir ahora?

Irina observó la nieve que cubría la ciudad. Pensó en huir, en empezar de nuevo, en romper todo. Pero el vacío que había sentido antes del primer día en la clínica era peor que cualquier prisión dorada.

—A casa —respondió finalmente—. A nuestra casa.

Dmitri sonrió y tomó su mano. Condujo hacia las afueras de Moscú, donde una nueva vida los esperaba. Una vida de lujos, de pasión oscura y de secretos compartidos.

Irina cerró los ojos y se recostó en el asiento. Sabía que había pagado el precio más alto.

Su juventud, su libertad, su identidad.

A cambio tenía belleza eterna y un hombre que la amaba con una obsesión que rozaba la locura.

La nieve seguía cayendo, borrando las huellas detrás de ellos.

En el reflejo del vidrio, Irina vio su rostro perfecto.

Sonrió con tristeza.

El precio de la belleza estaba pagado.

Y ella viviría con él para siempre.