5
Levanté la vista mientras Adrián me embestía y la vi.
En el rincón del techo, junto a la lámpara, había una cámara pequeña, negra, casi camuflada contra la moldura. No recordaba haberla visto antes, pero tenía que haber estado ahí desde el primer día. Ángulo perfecto sobre la isla. Sobre nosotros. Sobre lo que estábamos haciendo.
Una oleada distinta me recorrió el cuerpo.
No era solo excitación, sino la certeza de que estábamos cumpliendo el testamento al pie de la letra.
Usando la cocina exactamente como el dueño anterior había previsto.
Las cámaras. Los espejos. El diario. Todo formaba parte del mismo diseño.
Y nosotros, en ese momento, éramos la escena que alguien había escrito años atrás.
Adrián notó el cambio en mi respiración.
—¿Qué miras?
—La cámara —contesté, la voz entrecortada por cada embestida.
Él siguió follándome sin detenerse y sonrió contra mi cuello.
—Claro que hay cámara. Ya sabes que esta casa está llena de ellas. Johann lo sabe. Yo también. Estamos grabando exactamente lo que el testamento pedía, para dejar constancia en la notaría. Y tú… tú estás siendo una zorrita perfecta.
Me giró de golpe. Me hizo tumbarme de espaldas sobre la isla, la falda todavía subida, las bragas colgando de un tobillo. Mis pechos quedaron expuestos, moviéndose con cada respiración. Adrián se colocó entre mis piernas, me agarró de los muslos y volvió a entrar de un solo empujón, hasta el fondo.
—Así. Quiero verte la cara mientras te follo. Y quiero que la cámara también la vea.
Empezó a darme duro. Embestidas profundas, rápidas, sin contención. La isla crujía. Yo gemía alto, sin intentar callarme ya. Cada vez que entraba del todo, me agarraba un pecho y lo apretaba con fuerza, pellizcando el pezón todavía pegajoso de nata.
Johann se había acercado más. Estaba a menos de dos metros, la espalda apoyada en la nevera, mirándonos con una expresión de puro éxtasis.
La erección le tensaba el pantalón de forma casi dolorosa, pero seguía sin tocarse.
Solo observaba. Sus ojos iban de mi cara a donde Adrián me penetraba, y de ahí a mis pechos, que rebotaban con cada golpe.
—Dile lo que sientes —ordenó Adrián, acelerando—. Quiero que tu marido oiga cada palabra.
—Me estás… follando tan profundo… —jadeé—. Me llenas… del todo. Me duele un poco… y me encanta. Quiero que me destroces. Quiero que la cámara lo grabe todo.
—Más.
—Soy vuestra puta. La puta de esta casa. Fóllame más fuerte. Quiero correrme otra vez con tu polla dentro mientras Johann mira. Quiero que me dejes el coño abierto y lleno para que él lo use después.
Adrián gruñó y cambió el ángulo. Levantó mis piernas y las puso sobre sus hombros.
La nueva posición le permitió entrar todavía más hondo.
Cada embestida me sacaba el aire. Mis pechos rebotaban sin control.
Él los agarró los dos a la vez y los apretó contra mi pecho mientras me follaba a un ritmo brutal.
—Mírala, Johann —dijo entre jadeos—. Cómo se le abren las piernas. Cómo se le pone la cara cuando le doy hasta el fondo. Esta es tu mujer. Y se la está follando otro hombre en la cocina de la casa que os han dejado… exactamente como el testamento quería.
Johann soltó un gruñido tímido, casi un gemido. Su mano subió un momento hacia su cintura, pero la bajó otra vez. Seguía negándose a tocarse. Solo miraba, absorto, extasiado.
Adrián bajó una mano entre nosotros y empezó a frotarme el clítoris con el pulgar al mismo tiempo que me embestía. El doble estímulo me llevó al borde en segundos.
—Córrete —me ordenó—. Quiero sentir cómo me aprietas. Quiero que la cámara vea cómo te corres con mi polla dentro.
El segundo orgasmo me golpeó más fuerte que el primero. Me arqueé sobre la isla, las piernas temblando sobre sus hombros, y grité. Las contracciones me sacudieron una detrás de otra mientras Adrián seguía follándome a través de ellas, sin piedad, prolongándolas.
Cuando empecé a bajar, él no paró. Al contrario: aceleró todavía más. Ahora solo buscaba su propio final. Me agarró de las caderas con las dos manos y me usó con fuerza, embistiéndome rápido y profundo. Mis pechos rebotaban. La cámara en el techo lo registraba todo.
—Voy a correrme —anunció, con la voz rota—. Voy a llenar el condón y después se lo voy a enseñar a tu marido. Quiero que vea cuánto me has hecho sacar.
Tres embestidas más. Cuatro. En la quinta se clavó hasta el fondo y se quedó quieto, gruñendo mientras se corría. Noté las pulsaciones dentro de mí, fuertes, repetidas. Él siguió empujando a pequeños golpes, exprimiendo cada gota, hasta que por fin se detuvo, respirando con fuerza contra mi pecho.
Se quedó dentro un momento más. Después salió despacio. El preservativo estaba lleno. Lo quitó con cuidado, lo ató y lo dejó a la vista sobre la isla, junto a la tarta a medio destrozar.
Yo seguía tumbada de espaldas, las piernas abiertas, el coño palpitando, los pechos expuestos y marcados por sus dedos. Adrián se limpió con un paño de cocina y se subió la cremallera sin prisas.
Johann se acercó por fin. Se detuvo entre mis piernas abiertas y me miró de arriba abajo. Su expresión era de una excitación casi religiosa.
—No te limpies —dijo, la voz ronca, baja—. Quiero verte así. Quiero olerte después. Y quiero follarte exactamente como te ha dejado él. Sin que te limpies nada.
Me miró a los ojos.
—¿Entendido?
Asentí, todavía sin aliento.
Johann se inclinó y me besó. Fue un beso lento, profundo, de pura posesión. Cuando se separó, pasó la lengua por uno de mis pezones, recogiendo el resto de nata que todavía quedaba, y después se enderezó.
Adrián recogió su chaqueta del taburete y se la echó al hombro.
—La habitación del sótano está lista para mañana —dijo, casi como quien comenta el tiempo—. Si queréis seguir cumpliendo el testamento… yo también estaré disponible.
Salió de la cocina sin mirar atrás. Johann y yo nos quedamos solos. Él me ayudó a bajar de la isla. Mis piernas apenas me sostenían. La humedad entre ellas era evidente. Él la notó y sonrió, esa sonrisa oscura y complacida que solo se le ponía cuando algo le excitaba de verdad.
—Arriba —susurró—. Ahora me toca a mí. Y no te has limpiado. Perfecto.