El precio a pagar (Mi marido nos mira 2) 4
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Adrián no esperó a mi respuesta. Me agarró de la cintura y me hizo girarme hasta que mi espalda baja quedó apoyada contra el borde de la isla.

Sus manos subieron y empezaron a desabrocharme la blusa, botón a botón, sin prisa.

Cuando la abrió del todo, el sujetador negro ya no contenía casi nada.

Mis pechos desbordaban la tela por arriba y por los lados.

Él los miró un segundo largo, como si admirase un regalo.

—Johann me dijo que te encanta que te soben las tetas —murmuró—. Que no hay nada que te ponga más rápido.

—Es verdad —conseguí decir.

Él bajó el sujetador sin quitármelo del todo.

Mis pechos quedaron expuestos, pesados, con los pezones ya duros.

Adrián los cogió con las dos manos y los apretó, hundiendo los dedos en la carne.

Un gemido se me escapó. Él sonrió y empezó a amasarlos con fuerza, subiendo y bajando, aplastándolos contra mi pecho y después separándolos.

Cada vez que apretaba un pezón entre los dedos, mis caderas se movían solas.

Johann estaba apoyado contra la encimera del otro lado de la cocina, a unos tres metros.

No se tocaba. Solo miraba, con la mandíbula tensa y una erección clara marcándose en el pantalón.

Yo lo miré de reojo mientras Adrián seguía jugando con mis pechos.

Mi marido sostuvo la mirada y asintió una sola vez, despacio, como dándome permiso…

o más bien animándome. Cómo estaba disfrutando, el muy cabrón.

Adrián se bajó la cremallera. Sacó la polla.

Estaba dura, gruesa, con la cabeza ya brillante.

Me la dejó a la vista sin tocarla todavía.

Yo tragué saliva. De pronto me invadió una timidez absurda.

Estaba allí, con la blusa abierta, los pechos al aire, mi marido mirándome, y un hombre casi desconocido a punto de follarme en la cocina de una casa que ni siquiera era nuestra del todo.

Él lo notó.

—¿Te da vergüenza ahora? —preguntó, voz baja—. Después de chuparme los dedos como una puta hace cinco minutos.

Volvió a meter dos dedos en la tarta. Sacó un buen montón de nata y lo untó despacio sobre mi pezón izquierdo.

Después hizo lo mismo con el derecho. La nata quedó espesa, blanca, resbalando un poco hacia abajo.

Se inclinó y lamió el izquierdo con la lengua plana, recogiendo la nata, chupando el pezón con fuerza.

Yo arqueé la espalda y gemí. Él pasó al otro y repitió el gesto, más lento y sucio.

—Mira cómo te pones —dijo, levantando la vista hacia Johann—. Cómo se te ponen los pezones solo con que te los llene de nata. Tu mujer es una zorrita tetona, Johann. Y le encanta.

Johann no contestó. Solo respiraba más fuerte.

Adrián cogió mi mano y la bajó hasta su polla. Me la puso alrededor.

—Tócala. Quiero que la sientas bien antes de que te la meta.

Empecé a masturbarlo. La piel estaba caliente y tensa. Subía y bajaba la mano mientras él seguía apretándome los pechos, aplastándolos, pellizcando los pezones todavía húmedos de nata. Cada vez que yo apretaba un poco más fuerte, él soltaba un sonido gutural.

—Así. Más fuerte. Imagina que te la estoy metiendo ya. Imagina cómo te va a estirar. Johann va a ver cómo te entra centímetro a centímetro. Va a ver cómo se te abre el coño alrededor de mi polla. Y después va a follarte él, cuando yo te haya dejado llena.

Me giró otra vez. Me hizo apoyar las manos en la isla y me levantó la falda hasta la cintura. Bajó las bragas de un tirón hasta media pierna. Su mano bajó entre mis muslos y encontró exactamente lo que esperaba.

—Empapada. Cómo no. Con lo que te gusta que te toquen las tetas y con tu marido mirándote… no podías estar de otra forma.

Escuché el ruido de un envoltorio. Se puso un preservativo con una mano mientras la otra seguía recorriéndome. Después noté la punta de su polla rozándome. Empujó. Entró despacio, dejándome sentir cada centímetro. Cuando llegó al final, se quedó quieto un momento, respirando contra mi cuello.

—Joder. Dios, qué apretada. Johann, ven un poco más cerca. Mira cómo se la traga.

Johann se acercó un par de pasos, pero no demasiado. Seguía sin tocarse. Solo observaba como hipnotizado, con los ojos fijos en el punto donde Adrián y yo estábamos unidos.

Adrián empezó a moverse. Fueron metesacas largos, profundos, sin prisa al principio.

Cada vez que entraba del todo, me agarraba los pechos desde atrás y los apretaba con fuerza.

Yo gemía contra la isla, sin poder contenerme.

Él aceleró poco a poco. El sonido de piel contra piel llenó la cocina.

Yo temblaba ligeramente con cada embestida.

—Dile a tu marido lo bien que te estoy follando —ordenó.

—Me está follando… muy bien —conseguí decir, la voz rota—. Me llena… del todo.

—Más. Sé más puta.

—Me encanta… que me folles mientras él mira. Me encanta… que me aprietes las tetas. Quiero que te corras… así.

Adrián gruñó y aceleró de verdad. Ahora me follaba con fuerza, agarrándome de las caderas y de un pecho al mismo tiempo.

Yo miraba de reojo a Johann. Él seguía quieto, la erección mucho más obvia, la respiración agitada, pero las manos lejos del pantalón.

Solo miraba. Eso me empujó más lejos que cualquier roce.

El orgasmo me llegó de golpe. Me temblaron las piernas. Apreté la polla de Adrián dentro de mí y gemí alto, sin cuidado ya de lo que pudiera oírse fuera de la casa. Las contracciones me sacudieron una detrás de otra mientras él seguía embistiéndome a través del orgasmo, sin parar.

Cuando por fin dejé de temblar, él se detuvo, todavía dentro. Seguía duro.

—Buen chica —murmuró contra mi oído—. Te has corrido como una diosa. Y Johann lo ha visto todo.

Retiró un poco las caderas, casi saliendo, y volvió a entrar hasta el fondo de un solo golpe. Yo solté un gemido nuevo.

—Todavía no he terminado contigo —dijo—.

Ahora te voy a follar más despacio. Quiero que sientas cada embestida.

Y quiero que mires a tu marido mientras te la meto.

Porque esta noche no voy a correrme hasta que te haya hecho acabar al menos una vez más.

Y después… después le cederé el turno. Si es que todavía puede esperar.