3
Terminamos de cenar más tarde de lo habitual.
Johann había preparado pasta y una ensalada sencilla.
Era perfecto comer al aire libre, con el mar de fondo y las luces del jardín encendidas.
Hablamos poco. Él parecía distraído, pero tranquilo, casi satisfecho, como si hubiera decidido algo durante la tarde y ahora solo esperara el momento adecuado.
Cuando recogí los platos, se levantó conmigo y me detuvo con una mano en la cintura.
—Deja eso, luego lo haremos. He encargado un postre especial esta mañana en el pueblo. Está en la nevera. Tráelo.
Me miró. Sabía muy bien que no siempre me hacían gracia las sorpresas.
—¿Qué has comprado?
—Ya lo verás. Ve.
Dejé los platos en el fregadero y entré en la casa. La cocina estaba a oscuras. Solo entraba un poco de luz desde el jardín a través de la cristalera. Avancé a tientas hacia el interruptor, pero antes de alcanzarlo vi una sombra.
Alguien estaba sentado en uno de los taburetes de la isla. Exactamente en el mismo sitio donde aquella tarde se había sentado Adrián Rivas. La figura no se movió. Se limitó a permanecer allí, quieta, como si me estuviera esperando.
Me quedé paralizada en el umbral. Un escalofrío me recorrió la espalda, e inevitablemente retrocedí un paso.
—¿Johann? —llamé a mi marido, sin apartar la vista de la sombra.
Oí sus pasos detrás de mí. Entró, vio lo mismo que yo y no pareció sorprendido en absoluto.
—Tranquila —dijo en voz baja, cerca de mi oído—. Enciende la luz.
Obedecí. Mis dedos encontraron el interruptor. La cocina se iluminó de golpe.
Era él.
Adrián Rivas seguía con el mismo traje gris de la tarde, aunque ahora se había quitado la chaqueta y la había dejado colgada del respaldo del taburete.
Tenía los codos apoyados en la isla y me miraba con esa misma intensidad de antes, solo que esta vez no había ninguna carpeta de documentos entre nosotros.
Johann se colocó a mi lado.
—Hola, Olga. Te dije que volvería —explicó Adrián, sin levantarse todavía—. Johann y yo hablamos por teléfono después de mi visita. Parece que los dos estáis interesados en cumplir las condiciones del testamento de forma… más exhaustiva.
Johann no negó nada. Solo asintió una vez.
Adrián se levantó entonces. Abrió la nevera, sacó una caja de cartón blanca y la dejó sobre la isla. Dentro había una tarta redonda, cubierta de nata montada y decorada con fresas. La miró un segundo y después me miró a mí.
—Me he permitido traer un postre especial —dijo, y su voz bajó un tono—. Johann eligió bien.
Me quedé quieta. Entendí todo. De golpe y con una claridad que me dejó la boca seca. No era una visita de la notaría, ni una nueva comprobación de documentos. Johann lo había invitado expresamente. Y la tarta no era solo postre.
Adrián metió dos dedos en la nata, despacio, y los levantó cubiertos de cremosidad blanca. Me miró sin apartar los ojos.
—Acércate, Olga.
Obedecí. Mis piernas se movieron solas. Me detuve frente a él, con la isla de mármol entre nosotros. Johann se quedó un poco más atrás, observando en silencio. Su respiración se había vuelto más acelerada.
Adrián acercó los dedos a mi boca.
—Abre.
Abrí los labios. Él introdujo los dos dedos recubiertos de nata. Chupé. El sabor dulce se mezcló con la textura de su piel. No apartó la mano. Dejó que mi lengua limpiara cada resto mientras me miraba fijamente.
—Johann me ha contado… cosas —empezó a decir, sin sacar todavía los dedos—. Me ha dicho que os gusta jugar. Que a él le excitaría muchísimo verte con otro. Que lleváis tiempo dándole vueltas a la idea, pero nunca habéis cruzado del todo la línea con alguien que no sea un desconocido de una noche.
Retiró los dedos con lentitud. Los volvió a meter en la nata y me los ofreció otra vez. Volví a chuparlos, esta vez con más deliberación. Él sonrió apenas.
—Esta casa está hecha para eso. Los espejos. Las cámaras. La habitación del sótano. Emilio Varela —o quienquiera que fuera el que dejó este lugar— sabía exactamente lo que quería. Y Johann ha decidido que esta semana vamos a usar las habitaciones como se supone que deben usarse.
Johann no dijo nada. Solo se apoyó contra la encimera, con los brazos cruzados, mirándonos. Su expresión era de pura complacencia.
Adrián sacó los dedos de mi boca y me pasó el pulgar por el labio inferior, limpiando un resto de nata.
—Voy a follarte delante de él —continuó, con voz baja y bien clara—.
Pero primero quiero que te acostumbres a mi voz.
A mis manos. A la idea de que tu marido va a estar sentado a unos metros, mirando cada cosa que te haga.
Y va a ver cómo reaccionas a todo. Quiero que sepas exactamente lo que te espera.
Se inclinó un poco más cerca.
—Pasará lo siguiente. Voy a sentarte en esta misma isla.
Te voy a levantar la falda. Te voy a bajar las bragas con los dientes si hace falta.
Y te voy a abrir de piernas frente a Johann.
Voy a meterte los dedos uno a uno mientras él mira.
Voy a hacerte correr solo con la mano, despacio, hasta que le pidas que se acerque más para ver mejor lo sucia que te pones.
Después tal vez te lleve al dormitorio de arriba, frente al espejo del techo, y te voy a poner a cuatro patas.
Voy a comerte el coño y el culo hasta que no puedas más.
Y solo entonces, cuando estés temblando y empapada, te voy a follar.
Despacio al principio. Después más fuerte.
Y cada vez que te corras, voy a seguir. Porque Johann quiere verte rota. Y yo también.
Me temblaron las rodillas. La humedad entre mis piernas era una realidad impepinable. Adrián lo notó. Su mirada bajó un instante a mi falda y volvió a subir, satisfecha.
Volvió a meter los dedos en la nata y me los ofreció por tercera vez. Esta vez no se limitó a dejarlos en mi boca. Los empujó un poco más adentro, rozándome la lengua, mientras seguía hablando.
—Y cuando termine contigo, Olga, tu marido te va a follar después. Va a entrar en el mismo sitio donde yo haya estado. Va a notarlo. Y le va a encantar. Esa es la parte que más le gusta. ¿Verdad, Johann?
Johann sonrió. Fue una sonrisa oscura, de quien por fin estaba viendo cumplirse algo que llevaba tiempo deseando.
—Sí —contestó, voz ronca—. Exactamente eso.
Adrián retiró los dedos por última vez. Me miró de arriba abajo, evaluándome.
—Esta noche empezamos despacio —dijo—. Mañana, si te portas bien, usaremos la habitación del sótano.
La del cristal. Quiero que Johann se siente en la butaca y te vea desde el otro lado mientras yo te follo contra la cama.
Quiero que sepas que él está ahí, a un metro, y que no puede tocarte. Solo mirar.
Se limpió los dedos en un paño de cocina con calma. Después se giró hacia Johann.
—¿Todavía estás de acuerdo?
Johann asintió una sola vez.
—Completamente.
Adrián volvió a mirarme. La tensión en la cocina casi se palpaba. Yo seguía de pie frente a él, con el sabor de la nata todavía en la lengua y el cuerpo respondiendo a cada palabra que había dicho.
—Entonces —murmuró, acercándose un paso más—, ven aquí. Y déjame verte un poco mejor antes de que empecemos de verdad.