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Habían pasado casi dos días desde que llegamos y la casa empezaba a resultarnos menos extraña.
El sábado lo dedicamos a explorar el jardín.
Era enorme, con zonas de césped bien cuidado, un huerto pequeño al fondo y un camino de piedra que bajaba hasta un mirador con vistas directas al mar.
Johann se instaló en una de las tumbonas con un libro mientras yo recorría los senderos.
Me sorprendió lo bien cuidado que estaba todo.
No parecía una propiedad que llevase mucho tiempo sin habitarse.
Por la mañana fuimos en coche al pueblo a comprar provisiones. El mercado local tenía puestos de fruta, pan recién hecho y una pescadería que tenía muy buena pinta. Cargamos el maletero con bolsas y volvimos por la carretera costera con las ventanillas bajadas.
Johann conducía en silencio, pero de vez en cuando me miraba de reojo y sonreía. Yo también. Por primera vez en mucho tiempo me sentía realmente desconectada del trabajo y de la rutina. La casa, a pesar de los espejos y del contenido del cuaderno, me resultaba cómoda, amplia y luminosa.
Pasamos la tarde en el porche. Johann preparó algo rápido para comer y después nos tumbamos a leer.
Yo elegí una novela que había traído; él siguió con el cuaderno de Emilio Varela.
De vez en cuando leía algún fragmento en voz alta y yo escuchaba sin interrumpir.
Las descripciones eran precisas, técnicas incluso.
Hablaban de ángulos de visión, de cómo colocar a la mujer para que el observador tuviera la mejor perspectiva, de la importancia de que ella supiera que estaba siendo mirada.
A mí me parecía todo un poco inquietante, y por eso lo había dejado en manos de mi marido.
Cada vez que Johann cerraba el cuaderno un momento, notaba ese cambio en su respiración que ya empezaba a identificar muy bien.
Todo cambió a media tarde.
Oímos el motor de un coche subir por el camino privado.
Johann se incorporó. Yo dejé el libro. Un vehículo oscuro, elegante, se detuvo frente a la casa.
Del asiento del conductor bajó un hombre con traje gris muy bien cortado.
Llevaba el pelo oscuro peinado hacia atrás y una carpeta negra bajo el brazo. Se acercó al porche con paso seguro.
—Buenas tardes. ¿Olga y Johann? —preguntó, deteniéndose al pie de los escalones—. Soy Adrián Rivas, representante de la notaría que gestiona la herencia de Emilio Varela. Perdonen la visita sin avisar. Necesitaba comprobar personalmente que todo está en orden.
Johann le tendió la mano. Yo también. Cuando la suya envolvió la mía, noté la piel cálida y una presión breve, deliberada. Me miró a los ojos un segundo más de lo estrictamente profesional. Sentí un tirón inmediato en el estómago, una atracción clara y sin adornos que no esperaba.
—Pasa, por favor —dijo Johann—. Estábamos en el jardín.
Adrián sonrió con educación.
—Si no os importa, preferiría hablar en la cocina. Es más práctico para revisar los documentos.
Entramos. La cocina tenía una isla central de mármol blanco que venía perfecta para reunirnos. Johann le ofreció café. Adrián aceptó y se sentó en uno de los taburetes altos. Yo me senté frente a él. Johann se quedó de pie un momento, preparando las tazas, y después se sentó a mi lado.
Adrián abrió la carpeta y extendió varios papeles sobre la isla.
—Todo está correcto en cuanto a la propiedad —explicó, señalando una hoja—. El testamento es válido. La condición de la semana de estancia veo que también. Mi trabajo hoy es simplemente verificar que están dispuestos a cumplir los términos que dejó escritos el señor Varela. Nada más.
Me miró mientras hablaba. No era una mirada neutra. Bajaba un instante a mi boca y volvía a subir. Cuando Johann se levantó a buscar azúcar, Adrián aprovechó para sostener mi mirada un poco más.
—¿Habéis tenido ocasión de explorar la casa con detalle? —preguntó.
—Sí —contesté—. Es… particular.
Estuve a punto de decir que quedaría fabulosa después de una buena reforma, pero en el último instante decidí callarme la boca.
—Lo sé. El señor Varela tenía gustos muy concretos.
Diseñó cada habitación con un propósito.
El diario que dejó en el dormitorio principal forma parte de las instrucciones.
No es obligatorio seguirlo al pie de la letra, pero sí se espera que utilicéis los espacios de forma coherente con su uso original.
Johann volvió a sentarse. Adrián continuó repasando cláusulas, firmas, plazos.
Todo parecía en orden. Hablaba con voz tranquila, profesional, pero cada cierto tiempo su atención volvía a mí.
Cuando se inclinaba para señalar una línea en el documento, su rodilla rozaba la mía bajo la isla.
No era casual. Yo no aparté la pierna, porque era muy consciente de que estaba empezando a excitarme.
—¿Alguna duda sobre los requisitos? —preguntó al final, cerrando la carpeta.
Johann negó con la cabeza.
—Ninguna por ahora. Pensamos quedarnos los siete días, y a partir de ahí ya vemos.
—Perfecto. Entonces no habrá problema. Yo volveré a finales de semana para firmar el acta de cumplimiento. Si surge cualquier incidencia antes, tienen mi número.
Se levantó. Johann también. Yo me quedé sentada un segundo más. Cuando Adrián pasó a mi lado para dirigirse a la puerta, se detuvo un instante y bajó la voz solo para mí:
—La casa está pensada para ser disfrutada. No solo habitada. Espero que lo hagáis.
Aquella frase me atravesó. Johann no la oyó del todo. Adrián nos dio la mano otra vez en el umbral. La mía la retuvo un segundo más, con el pulgar rozando el dorso de mis dedos.
Cuando el coche desapareció por el camino, Johann cerró la puerta y se giró hacia mí.
—¿Qué te ha parecido? No está mal…para un primer contacto.
—Correcto. Profesional, supongo…
Mentía. Todavía sentía el punto exacto donde su rodilla había tocado la mía y la forma en que me había mirado cuando Johann no prestaba atención. Había algo deliberado en esa visita. Demasiado preciso. Demasiado calculado.
Johann se acercó y me rodeó la cintura por detrás.
—¿Te ha gustado?
No contesté de inmediato. Me limité a apoyarme un poco contra él.
—Era atractivo —admití al fin.
Johann soltó una risa discreta contra mi cuello.
—Lo sé. Lo he notado.
Nos quedamos así un momento, mirando el jardín a través de la ventana de la cocina. El sol empezaba a bajar. La casa, de pronto, parecía más grande. Más llena de posibilidades y también de preguntas.
Esa noche, mientras cenábamos en la mesa del jardín, Johann volvió a abrir el diario.
Leyó una escena en la que el hombre observaba desde la butaca del sótano mientras otro ocupaba su lugar en la cama del otro lado del cristal.
Yo escuchaba en silencio, pero mi mente no estaba del todo en las palabras del cuaderno.
Seguía viendo a Adrián Rivas sentado frente a mí en la isla de la cocina, con esa mirada que no disimulaba del todo el deseo, y preguntándome si su visita había sido realmente solo una formalidad de la notaría…
o el primer movimiento de algo que todavía no entendíamos.