El precio a pagar (Mi marido nos mira 2)
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El sobre llegó un martes por la mañana. No tenía remite, solo el sello de un notario de una ciudad costera a trescientos kilómetros, y venía certificada.
Lo abrí de pie en la cocina mientras Johann, mi marido, terminaba de vestirse para ir a la oficina.
Dentro había una carta formal y una copia del testamento de alguien llamado Emilio Varela, a quien ninguno de los dos había oído nombrar nunca.
—¿Un tío lejano? —preguntó Johann cuando le leí los primeros párrafos en voz alta—. ¿De qué lado de la familia?
—No lo sé. Dice que era hermano de mi abuelo materno, pero mi madre nunca habló de ningún Emilio.
La condición era clara. La casa de la costa nos pertenecía a ambos, a Johann y a mí a partes iguales, siempre que pasáramos una semana completa allí antes del final del mes y “utilizaran las habitaciones del mismo modo en que las utilizó el propietario anterior”.
Si no cumplíamos, la propiedad pasaría a una fundación benéfica.
El notario adjuntaba las llaves y un plano sencillo para llegar hasta la casa.
Johann se quedó en silencio unos segundos, mirando las llaves sobre la mesa.
—Es raro. ¿No será un timo?
—Muy raro, pero este membrete es de una notaría que existe y parece real. Pero es una casa en la costa. Y no perdemos nada por ir a verla.
Quedamos en salir el viernes por la tarde.
Johann se pidió unos días libres. Yo me organicé el trabajo para poder teletrabajar desde allí si hacía falta.
Durante los tres días siguientes no dejamos de hablar del tema.
Cada vez que lo mencionábamos, notaba en él esa mezcla de curiosidad y algo más intenso, como si la idea de una condición tan extraña le resultara estimulante.
El viaje hasta la casa duró casi cuatro horas.
La carretera se volvió más estrecha cuando nos acercamos a la costa.
El pueblo más cercano quedaba a quince minutos, así que estaba bastante aislada.
La casa estaba al final de un camino privado, rodeada de pinos y con una vista directa al mar.
Era de dos plantas, de piedra clarita, con grandes ventanales y un jardín amplio.
Parecía bien cuidada, como si alguien hubiera estado manteniéndola hasta hace poco.
Johann aparcó y cogió las llaves. La puerta principal se abrió sin esfuerzo y comprobamos enseguida que el interior estaba limpio.
El salón era amplio, con sofás de cuero oscuro y una chimenea de piedra.
Lo primero que me llamó la atención fueron los espejos.
Había uno enorme frente al sofá principal, otro en el pasillo que llevaba a la cocina, y varios más de distintos tamaños repartidos por las paredes.
No eran decorativos normales. Estaban colocados de forma que reflejaban casi todos los ángulos de la habitación.
—Curioso gusto el de tu tío —dijo Johann, deteniéndose frente al espejo del salón.
Subimos al piso de arriba. Había tres dormitorios.
El principal tenía un espejo de cuerpo entero frente a la cama y otro más pequeño en el techo, ligeramente inclinado.
En la mesilla de noche, junto a una lámpara, había un cuaderno de tapa negra.
Lo abrí. Las primeras páginas estaban escritas con letra apretada, casi sin márgenes.
No era un diario convencional, sino que describía escenas.
Muy concretas. Hombres que miraban. Mujeres que eran observadas.
Detalles de posiciones, de palabras dichas, de cómo se colocaban las cámaras.
Johann se acercó por detrás y leyó por encima de mi hombro. Noté cómo se tensaba.
—Parece que no estamos ante una herencia normal —dijo en voz baja.
Seguí pasando páginas. Había croquis de las habitaciones con marcas donde debían ir las cámaras.
Instrucciones sobre ángulos. Notas al margen sobre “el placer de ser visto” y “la entrega completa”.
En una de las últimas entradas, el autor escribía que la casa había sido diseñada para que una pareja pudiera vivir esa dinámica sin interrupciones, y que quien heredara debía experimentar al menos una de las escenas descritas durante la semana de prueba.
Cerré el cuaderno. El silencio entre nosotros se alargó.
—¿Qué piensas? —pregunté.
Johann no contestó de inmediato. Se acercó a la ventana del dormitorio y miró el mar.
—Pienso que es la propuesta más extraña que nos han hecho nunca. Y que una parte de mí… quiere saber hasta dónde llega. Pero todo depende de ti, claro.
Me quedé junto a la cama, con el cuaderno todavía en las manos.
La idea se me había metido bajo la piel con una rapidez que no esperaba.
No era rechazo lo que sentía, sino más bien curiosidad.
Una curiosidad algo incómoda, que se mezclaba con el recuerdo de las conversaciones que Johann y yo habíamos tenido a veces en la cama, siempre a medias, siempre dejando la frase a medias.
Esas conversaciones siempre giraban entorno a una de sus fantasías recurrentes, que no era otra que la posibilidad de observarme mientras otro hombre me follaba.
Bajamos otra vez. En el salón, Johann encontró un armario empotrado detrás de uno de los espejos. Dentro había una pequeña pantalla y varios cables. Parecía un sistema de grabación antiguo, pero en perfecto estado. No estaba conectado. Al menos no de forma evidente.
—Alguien ha estado aquí hace poco —dijo, pasando un dedo por el borde de la pantalla—. No hay polvo.
Esa noche dormimos en el dormitorio principal.
No hablamos mucho. Johann se quedó mirando el espejo del techo durante un rato antes de apagar la luz.
Yo me di la vuelta y cerré los ojos, pero no conseguí dormir del todo.
Cada vez que el viento movía alguna persiana, pensaba en las cámaras, en el cuaderno que había encontrado y en la extraña condición del testamento.
A la mañana siguiente desayunamos en la cocina. Johann estaba más callado de lo habitual. En un momento dejó la taza y me miró.
—Si vamos a quedarnos la semana completa… ¿estás dispuesta a leer el resto del diario?
—Sí.
—¿Y a probar alguna de las cosas que describe?
La pregunta quedó entre nosotros. No era una broma. Noté el cambio en su voz, esa forma que tenía de hablar cuando algo le excitaba de verdad.
—Depende de qué cosas —contesté—. Pero… sí. Quiero ver qué hay.
Sonrió.
—Entonces empezamos hoy. Leemos juntos. Y decidimos.
Pasé el resto de la mañana explorando la casa con más detalle.
Encontré más espejos en el baño, colocados de forma que reflejaban la bañera desde dos ángulos.
En el sótano había una habitación pequeña con una butaca frente a una pared de cristal.
Al otro lado del cristal, una cama. Era un espejo de dos vías.
Johann se quedó mirándolo un largo rato sin decir nada. Dios mío, ¿qué era aquel sitio?
Cuando volvimos al salón, él dejó el cuaderno sobre la mesa y abrió una página al azar. Empezó a leer en voz alta una de las escenas. No era explícita del todo, pero la intención era clara: un hombre observando a su mujer con otro, desde esa misma butaca, mientras ella sabía que él estaba allí.
Me senté a su lado. Mientras él leía, su mano encontró la mía y la apretó. No hizo falta que dijera nada más. Los dos sabíamos que esa semana no iba a parecerse a ninguna otra que hubiéramos pasado juntos. Y que, de algún modo, los dos ya estábamos de acuerdo en cruzar la primera puerta.