El precio a pagar (Mi marido nos mira 2) 6
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Johann no esperó. Me levantó en volandas como si no pesara nada y me empujó contra la pared de la cocina, justo al lado de la nevera. Mis piernas se cerraron alrededor de su cintura. Él ya se había bajado el pantalón. Estaba duro, caliente, y entró de un solo movimiento, profundo, hasta el fondo.

—Mírate —susurró contra mi oído, embistiéndome con fuerza—. Qué zorra estás hecha. Toda abierta. Toda mojada de otro. Y ahora me lo estás dando a mí.

Cada palabra iba acompañada de una embestida. Me tenía bien sujeta, las manos bajo el culo, levantándome y bajándome sobre su polla con un ritmo brutal. Mis pechos, todavía marcados por los dedos de Adrián y con restos de nata, rebotaban entre nosotros.

—Estás preciosa así —siguió, con la voz ronca—. Con la cara de putita satisfecha. Con el coño abierto y usado. Me has puesto a mil, Olga. Ver cómo te follaba… ver cómo te corrías sobre su polla… no sabes lo que me ha costado no tocarme.

Miré por encima de su hombro. Adrián se había quitado el resto de la ropa y estaba sentado otra vez en el taburete de la isla, completamente desnudo.

Tenía un trozo de tarta en la mano y se lo comía con calma, observándonos.

Cada vez que Johann me embestía con más fuerza, Adrián sonreía un poco más.

—Él te mira —jadeé.

—Lo sé. Y me encanta. Quiero que te vea correrte conmigo dentro. Quiero que vea cómo me aprietas después de haber estado con él.

Johann aceleró. Ahora me follaba contra la pared con un ritmo casi salvaje. Cada embestida me sacaba el aire. Él no paraba de hablarme al oído, susurrándome lo zorra que era, lo bien que me corría, lo mucho que le excitaba sentirme todavía resbaladiza por culpa de otro hombre.

—Eres mía. Pero me gusta prestarte. Me gusta verte convertida en esto. En una zorra insaciable que se deja follar en la cocina mientras otro mira y se come el postre.

El nuevo orgasmo me llegó de una forma que no recordaba.

Fue más profundo, más largo y más violento.

Me arqueé contra la pared, las uñas clavadas en sus hombros, y grité.

Las contracciones me sacudieron con tanta fuerza que Johann tuvo que sujetarme con más fuerza para no dejarme caer.

Él siguió embistiéndome a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que yo solo podía gemir y temblar.

Cuando empecé a bajar, él no se detuvo. Me bajó un poco, me giró de cara a la pared y me penetró otra vez desde atrás, agarrándome de las caderas. Ahora miraba directamente a Adrián mientras me follaba.

—¿La ves? —le dijo—. Cómo se pone. Cómo se deja. Esta noche no se va a dormir. Vamos a tener que turnárnosla hasta que no pueda más.

Adrián dejó el trozo de tarta, se limpió los dedos y se levantó. Se acercó. Johann no se apartó. Al contrario: me ofreció un poco, abriéndome más de piernas mientras seguía dentro de mí.

Adrián se colocó delante de mí, me levantó la cara y me besó. Fue un beso sucio, con lenguas resbaladizas, mientras Johann me embestía por detrás. Después bajó la boca a mis pechos y empezó a chupar los pezones, uno y otro, con fuerza.

—Una larga noche por delante —murmuró Adrián contra mi piel—. Y parece que la casa ya es vuestra.

Johann se corrió poco después, bien clavado hasta el fondo, gruñendo mi nombre. Se quedó dentro un momento, respirando con dificultad, y después salió. Me sostuvo para que no me cayera. Mis piernas apenas respondían.

Adrián me tomó de la mano y me llevó otra vez hacia la isla. Me sentó encima, las piernas abiertas, y se colocó entre ellas. Johann se quedó a un lado, recuperando el aliento, mirándonos con esa misma expresión de éxtasis.

La noche se alargó exactamente como habían prometido.

Se turnaron. Primero Adrián otra vez, más despacio, más profundo, hablando todo el tiempo de cómo la cámara lo estaba grabando todo.

Después Johann, más posesivo y urgente. Volvieron a cambiar.

Me follaron sobre la isla, contra la nevera, de rodillas en el suelo.

Me llenaron de palabras guarras y de manos y de bocas.

Cada vez que me corría, el otro estaba ahí, mirando, tocando, esperando su turno.

Perdí la cuenta de las horas. En algún momento subimos al dormitorio principal.

El espejo del techo nos devolvió la imagen de los tres.

Johann me sujetaba las muñecas mientras Adrián me follaba.

Después al revés. La cámara del dormitorio también debía estar grabando.

Cumplíamos el testamento con cada embestida, con cada gemido, con cada orden sucia que me daban.

Cuando por fin el cansancio pudo más que el deseo, nos derrumbamos en la cama. Yo en medio. Johann a un lado. Adrián al otro. El silencio solo se rompía por nuestra respiración todavía agitada.

Al amanecer, Adrián se levantó primero. Se vistió con calma. Bajó a la cocina. Cuando volvió, traía un documento y un bolígrafo.

—Acta de cumplimiento —dijo, dejándola sobre la mesilla—. He comprobado personalmente que habéis utilizado la casa según las instrucciones del propietario anterior. Cámaras incluidas. Espejos incluidos. Diario incluido. Habéis cumplido a la perfección.

Firmó con trazo firme. Después me miró a mí y a Johann.

—La casa es vuestra. Legalmente. Sin condiciones adicionales.

Johann se incorporó, todavía desnudo, y leyó el papel. Asintió. Yo solo pude sonreír, exhausta, marcada, satisfecha de una forma que no había conocido hasta aquella noche.

Adrián recogió su chaqueta.

—Si alguna vez queréis volver a “cumplir requisitos”… ya sabéis cómo encontrarme.

Salió de la habitación. Poco después oímos el motor de su coche alejarse por el camino privado.

Johann se recostó otra vez a mi lado y me pasó un brazo por encima.

—La casa es nuestra —susurró.

Asentí, cerrando los ojos. El cuerpo me dolía de la mejor manera posible. Entre mis piernas todavía notaba a los dos. Y en el techo, el espejo nos devolvía la imagen de una pareja que acababa de ganar mucho más que una propiedad en la costa.