Capítulo 18 — Cuentas claras #2
La convoqué yo, antes de que mi dimisión fuera efectiva, con la agenda apretada de un solo punto: «Cuentas claras.
» En la portería, porque la casa no tiene salón social y porque la portería era el sitio correcto: el tablón, los buzones, el ascensor ya arreglado zumbando de fondo.
Vinieron todos. Begoña, con la carpeta de cartulina que usa para los asuntos serios.
Los hermanos del primero, turnándose al perro viejo en el descanso.
La familia del segundo al completo, con la niña del piano haciendo los deberes sentada en el primer peldaño.
Fermín, con la boina en la mano. Y Julen, que seguía en la pensión de la calle Portalada, y al que había invitado yo misma: no era propietario todavía, los papeles corrían, pero era la única persona de la ciudad con más derecho que nadie a oír aquello, y lo dije así, y nadie discutió.
Fermín habló primero, que era lo suyo y lo correcto.
Dijo que dimitía de la presidencia, quince años, y que aquella mañana había transferido a la cuenta de la comunidad seis mil cuatrocientos euros: lo que le había entrado de las facturas de Reformas Urrutia, en tres años, con los intereses calculados por él mismo, que de números siempre supo.
Lo dijo sin adornos y sin llorar, mirando al tablón, y cuando acabó se sentó en la silla de la portería como se sienta un hombre después de descargar un camión.
Nadie aplaudió. Nadie lo silbó tampoco, que en una comunidad pequeña es una forma de misericordia.
Después hablé yo.
Tenía preparado un papel —las cuentas se enseñan con papel— pero lo dejé en la carpeta y hablé sin él.
Les conté las facturas: la doble pintura del portal, los bajantes dos veces, la azotea.
Cuarenta mil euros de esta comunidad, de las cuotas de todos, cobrados por la empresa de mi marido, firmados por el presidente, pagados por una administración que no miró.
Les conté mi parte entera: que yo grapaba aquellas facturas, que el sello lo entintaba yo muchas mañanas, que no miré porque era mi casa y una no audita a su marido entre factura y factura.
Y les conté la noche del quince de enero.
Los veinticinco minutos. La libreta. La versión de la basura.
La mentira a la policía. Dos años de administración de un silencio. No pedí perdón. Lo dije así:
—No vengo a pedirles perdón. El perdón no cuadra cuentas.
Vengo a dejar las cuentas donde se vean, que es lo que tendría que haber hecho el dieciséis de enero de dos mil veinticinco.
A partir de mañana esta comunidad tiene otra administradora, mejor que yo al menos en una cosa: no le debe nada a esta casa.
El dinero de mi marido lo devolverá su empresa —el expediente lo llevará la justicia, y la furgoneta, y lo que haga falta, hasta el último céntimo; eso lo firmé yo el lunes, sin que nadie me lo pidiera—.
Y lo de Fermín ya está en la cuenta. Lo demás —miré la portería, el tablón, las normas amarillentas de Amparo— lo demás no se puede devolver. Solo se puede no repetir.
Se hizo un silencio de los que yo conocía bien: el silencio de esta casa, el de la escalera, el de dos años.
Pero era otro. Era un silencio con las puertas abiertas.
Begoña fue la primera en moverse: se acercó, me puso la mano en el dorso de la mano —la mano de treinta y cuatro años de cortar cintas— y la dejó ahí, sin decir nada, que es como Begoña dice las cosas más largas.
La junta votó. Aceptaron mi dimisión y la de Fermín, y eligieron presidenta a Begoña, que dijo que ella no sabía de cuentas pero que de aquella casa sabía, y que aprendería, y que la primera norma era una sola: en esta casa se abre la puerta.
Se aprobó por unanimidad, con la niña del piano levantando la mano también, medio en broma, medio no.
El viernes por la mañana, antes de que Eneko cerrara la mudanza, Saioa llamó a mi puerta por última vez como vecina.
Quería una sola cosa: saber del cuaderno. Se lo expliqué con la frialdad del oficio, que era la única manera de que no doliera más: precintado, en el expediente, pieza de prueba hasta que la causa dijera lo contrario. Que no volvería pronto. Que volvería.
—Es lo último que me queda de ella escrito a mano —dijo—.
Las cartas las tengo. Pero el cuaderno es la casa.
—Se recogió el mechón con el dorso de los dedos, dos pasadas, y dejó la mano quieta contra la oreja un segundo—.
Mi madre apuntó quince años de esta escalera para que no se la llevara el aire, y al final la libreta va a ser prueba de un juzgado.
Hay una justicia poética ahí que no sé si me gusta.
—Su madre lo habría firmado —dije—. Lo que no se apunta se lo lleva el aire; lo apuntado, algún día, se usa. Ella lo sabía mejor que nadie.
—Eso me digo —dijo Saioa—. Que lo escribió para esto. Que el «al menos que lo sepa S.» era esto: que yo lo supiera, y que sirviera. —Me miró—. Cuando vuelva, me lo guarda usted, Carmen. No Julen. Usted. Usted sabe guardar las cosas de mi madre. Es la única parte de todo esto que no me pesa.
Me quedé sin contestación de oficio para aquello, así que le di la verdad, que era lo que quedaba: que la guardaría en el mismo cajón, pero sin llave. Lo entendió. Se lo llevó en la cara toda la semana, pensé después: la idea de una cerradura que ya no hacía falta.
El viernes se marchó Eneko.
Se fue como llegó: con cajas, sin muebles, con la casa de Amparo devuelta a su orden exacto, fotografiada e inventariada.
Eneko me entregó el inventario firmado —«le dije a Julen que nos íbamos en una hora; nos ha dado la semana, que es más de lo que valíamos»— y una llave, la del bombín dorado, en la palma de la mano.
—Esta es para el heredero —dijo—. La cerradura vieja se la dejo montada en una caja, por si la casa tiene nostalgia.
Le pregunté por lo que le venía. Lo sabía ya: la escritura falsa estaba en el expediente, con su nombre y su licencia.
Falsedad documental. Usurpación, si Julen la hubiera sostenido, que no la sostuvo —«no hay nada que denunciar que no esté ya dicho», dijo el jueves, y fue lo único generoso que hizo en toda la semana—.
—La licencia quedará en suspenso unos meses —dijo Eneko, encogiéndose de hombros, con la corrección de manual todavía puesta, como un traje que ya no le apretaba—.
O se caerá del todo. Catorce años de policía y diez de licencia, y si la pierdo, la perdí abriendo una puerta que la ley tenía cerrada a cal y canto.
No se lo recomiendo a nadie. Pero se lo firmo a quien me lo pregunte.
—El cebo paga su propio anzuelo —dije.
—El cebo paga su propio anzuelo —repitió, y por primera vez la sonrisa no era de manual—. Qué manía tiene usted de ponerle títulos a todo, Carmen. Debe de ser el oficio.
Saioa no se marchó el viernes. Se quedó hasta el domingo, con permiso de Julen, ordenando la casa de su madre.
Lo hizo con la puerta abierta y el silencio de quien trabaja en una biblioteca: por primera y última vez estuvo en el cuarto B como hija y no como otra cosa.
Julen le había entregado lo que encontró entre las cosas de su hermana y no supo hacer: las doce respuestas que ella le había escrito a Amparo aquel invierno, devueltas ahora a la que las firmó —Amparo las guardaba ordenadas por fecha, con etiquetas, porque la hija y la madre se ordenaban igual sin haberse conocido— y una caja de cartón de mercancía con lo demás: los pañuelos, los caramelos de violeta de un tarro, una foto de la calle de los Tintes nevada.
Saioa me enseñó la foto aquella tarde, en el rellano, sin comentarla. Las dos sabíamos qué rellano era.
El sábado, Julen firmó.
Aceptó la herencia en una notaría de Torregil —de esta ciudad, con papeles de verdad; me hizo gracia pensarlo y no se lo dije a nadie— y me lo contó por teléfono, con la voz de cabina ya sin camión: que el piso se vendía, que ya tenía comprador, una pareja de la ciudad, gente seria, que lo había mirado dos veces y había preguntado por la historia de la casa, y que él se la había contado entera.
«Si se vende, que se venda sabiéndose», dijo.
Y después, con la torpeza de los hombres que no manejan papel: «Usted me escribió dos años, Urrutia.
Y no le contesté ni una vez. Lo de la semana pasada no lo olvido.
Ni lo del piso. Ni lo otro.» No dijo gracias.
Los Agirre no decían gracias; decían no lo olvido, que es más largo.
El domingo por la mañana fui a Vitoria a por mi hijo.