Capítulo 18 — Cuentas claras #3
Mi madre me recibió con la mesa puesta y la verdad ya sabida —lo justo y lo suficiente, que es como se lo cuentan las hijas a las madres: por teléfono, en dos tandas, con la mitad en cada una—.
No me abrazó a la entrada, que no es nuestra costumbre; me sirvió el café y me miró una vez, una sola, y dijo «has hecho lo que tenías que hacer, aunque te haya costado la casa», y era tan exacto que no hizo falta más.
Mikel estaba en la habitación de siempre, con la play y tres días de abuela encima: más comido y más quieto.
Me abrazó de refilón, como se abrazan los de dieciséis, y después, en la puerta, me lo quedó mirando y me dijo «estás más delgada, ama», con la precisión insultante de los dieciséis años, que es la misma para el baloncesto y para las madres.
Mi madre nos despidió en el rellano de su casa —otra escalera, otra casa, ninguna cuenta pendiente— y me apretó el antebrazo una vez, a la altura de la manga, donde no se veía nada porque no había nada que ver, y aun así: como se toca un parte, para constar que existe.
Mikel sabía lo suyo: que su padre estaba detenido, que había cobrado cosas que no debía con dinero que no era suyo, y que lo de la señora del cuarto no había sido solo una caída.
Se lo había contado yo por teléfono la semana anterior, con la verdad dosificada como se dosifica a los dieciséis años: sin la mitad de las horas y con todas las consecuencias.
No me preguntó por la grabación, ni por la escalera, ni por su padre en el rellano.
Me preguntó si el equipo había subido a alguien del cadete en su ausencia, que es como se pregunta por lo demás cuando lo demás no se puede preguntar.
En el coche, de vuelta, con la niebla ya rota y los claros de marzo en la carretera, estuvo callado hasta Miranda, y después preguntó una sola cosa:
—¿Tú sabías algo, ama?
—Sabía cosas sueltas —dije, con los ojos en la carretera—. Y no las junté durante dos años. Eso también es una manera de saber, hijo. La peor.
Se quedó pensando, con la frente contra el cristal, y no preguntó más, que es como los hijos te perdonan sin enterarse del todo.
Llegamos al portal a la una. El ascensor estaba libre, con la puerta abierta y la luz nueva del contactor, funcionando como una máquina que no sabe nada. Mikel se fue hacia él por costumbre de los sábados con la mochila.
—Por la escalera —dije.
Me miró. No preguntó. Cambió de rumbo sin más, con la obediencia rara de los que ya han visto una verdad de cerca, y subimos los cuatro pisos juntos, él tres peldaños por zancada pero esperándome en cada rellano, yo con la mano en la barandilla que Amparo pulía cada primavera.
En el rellano de entre el tercero y el cuarto me detuve.
No un segundo, como la primera vez. Me detuve del todo, con la compra de mi madre en una mano y mi hijo un peldaño más arriba, quieto, sin preguntar, que es como los hijos te acompañan las averías.
Terrazo gris. Zócalo de madera. La bombilla funcionando desde hacía dos años.
El ventanuco con un claro de marzo detrás, sin niebla.
Me quedé allí el rato que hizo falta, mirando el sitio entero, dejando que el cuerpo dijera lo suyo —la parte de atrás de las rodillas, la mano cerrada en la barandilla— hasta que el cuerpo se calló, que es lo que hacen los cuerpos cuando por fin no hay nada que no se haya dicho.
—¿Estás bien? —dijo Mikel.
—Sí —dije, y era la primera vez que lo decía sin administrarlo—. Sube tú, que la abuela te ha puesto medio postre en la bolsa.
Subió. Yo subí detrás, peldaño a peldaño, por mi propia pierna.
Por la tarde, Saioa se despidió.
La encontré en el rellano de entre el tercero y el cuarto, sola, con la mochila y la caja de cartón de mercancía en el suelo, de pie junto al zócalo, con la palma de la mano contra la pared —la pared desnuda, la de siempre— y los ojos abiertos.
No la saludaba ya: se despedía de ella, que es distinto y más largo.
Esperé dos peldaños más abajo, como se espera a que acabe una cosa que no es de una.
Retiró la mano despacio, con cuidado, como quien retira la mano de una mesa de examen.
—Mi madre decía que esta escalera lo oía todo —dijo, con la voz baja y clara, mirando el hueco—. No le bastó con oír.
No le di la razón. No se la quité. Me quedé a su lado un rato, las dos quietas en la escalera que ya no era de nadie porque era de todas, y después le ayudé a bajar la caja, y en el portal nos dimos la mano, que era una manera pobre de cerrar aquello y la única que teníamos, y se fue a Getxo con la niebla ya levantada, a su excedencia que se acababa y a sus padres de verdad y a su vida sin misterio, que era lo que su madre le había comprado con tres años y una firma.
Esa noche, la casa hizo su noche de domingo: la niña del piano encontró por fin el compás atrancado y lo pasó dos veces seguidas, los hermanos del primero le gritaron al árbitro como si el árbitro les debiera dinero, Begoña arrastró la regadera por la galería, que era sábado de riego atrasado a domingo, como todo aquella semana.
Yo cené con mi hijo en la cocina, con la tele bajita y las preguntas justas, y a las once, al apagar la luz del despacho, miré el archivador con su cajón con llave, ya vacío de notas y de libretas, y no cerré con llave.
No hacía falta. En esta casa, a partir de aquel sábado, lo que hacía falta era otra cosa.