El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 18 — Cuentas claras
95%

Capítulo 18 — Cuentas claras

Bajé a la comisaría a las nueve de aquel lunes, con la chaqueta buena y la abogada al lado.

La abogada se llamaba como se llaman las abogadas de colegio, seria y prudente, y la había conocido el domingo por la tarde, en mi despacho, con la casa vacía y el silencio del cuarto B ya de otra clase.

Me había escuchado entera sin interrumpirme —eso se agradece solo cuando una se oye a sí misma entera— y al final había dicho dos cosas: que no me prometía nada, y que lo peor ya lo había hecho. Me quedé con las dos.

La declaración duró tres horas. La di entera, por orden, que es como sé dar las cosas: la noche del quince de enero de dos mil veinticinco, minuto a minuto.

Las voces en la escalera a las ocho y media.

Los once minutos de espera con el bolígrafo en la mano y las fracciones de Mikel delante.

La bolsa de basura. La luz fundida. Amparo en el suelo del rellano, su mano en mi muñeca, sus tres palabras y media.

La puerta entornada del cuarto B. El segundo cajón del mueble del recibidor, el cuaderno, la chaqueta.

El reloj redondo de mi cocina y las tres cifras esperando.

La llamada a las nueve y catorce. La versión elegida: salí a tirar la basura y la encontré.

La mentira al agente: no oí nada, la radio puesta.

Dos años de cuaderno enterrado en mi archivo con etiqueta falsa.

Lo dije todo con mi voz de ventanilla, y la agente que me tomó declaración —una mujer de mi edad, con un bolígrafo de cuatro colores— no levantó la vista más que una vez, y fue cuando dije lo de los veinticinco minutos.

Lo dijo ella por mí, para el papel: «Entre el golpe y la llamada, veinticinco minutos. » «Sí», dije yo. «Veinticinco.»

Al final sacó el atestado viejo. Lo tenía en la carpeta, con su fecha de dos años atrás y sus declaraciones fotocopiadas: la mía, la de Begoña, la de Raúl, la del agente joven que ya no estaba en la comisaría.

La leyó contra la mía de aquel lunes, página contra página, con la lentitud de los que cotejan por oficio, y yo la miré cotejar y pensé que por fin estaba pasando lo que llevaba dos años sin pasar: alguien juntaba unas declaraciones con otras.

Los accidentes no llevan contabilidad cruzada, me había dicho Eneko una vez.

Aquel lunes la llevaba. Mi firma de hacía dos años debajo de la mentira, mi firma de aquel día debajo de la verdad, las dos con la misma letra de oficio, y entre las dos firmas, setecientos treinta días de una escalera esperando a que alguien las cosiera.

La declaración es una escalera, me había dicho yo misma una madrugada de enero, con el dedo temblando sobre las tres cifras.

Aquel lunes la bajé entera, rellano a rellano, hasta el fondo, y no temblé.

Entregué lo que me quedaba: la nota del felpudo, la de la letra de imprenta cuidada, que llevaba semanas en mi cajón con llave, la amenaza sobre el motivo.

La firmé por detrás con la fecha en que la recogí, como se rubrica un justificante.

El cuaderno ya lo tenían ellos, precintado desde el sábado.

La grabación, copiada y registrada. Cuando salí a la calle, con la niebla de primera hora y la abogada mirando su agenda, supe dos cosas a la vez: que había firmado probablemente el final de mi oficio tal como lo conocía, y que era el primer papel que firmaba en dos años sin temblar.

La palabra que quedó flotando fue encubrimiento.

La dijo la abogada en la puerta, con cuidado, como se dice una avería estructural: que habría que ver, que la colaboración pesaba, que el tiempo pesaba, que no me prometía nada.

Asentí. Llevaba dos años sabiendo que la verdad tenía precio; lo que no sabía era que se pagaba tan despacio, con tantos resguardos.

A la vuelta, en el portal, me encontré al técnico de la empresa de ascensores cerrando la puerta de la cabina con el maletín en la mano.

—Ya está —dijo—. Era el contactor. Cosas de la edad, esta máquina tiene más años que mi furgoneta. El presidente me ha dicho que le dieron orden esta mañana a primera hora.

—Esta mañana —repetí.

—Esta mañana. El lunes, como estaba previsto.

El ascensor volvió a funcionar el lunes uno de marzo a las doce menos cuarto, cuatro años de garantía por delante y el cartel de Fermín ya en la papelera de la portería.

Lo vi subir y bajar dos veces, vacío, con su zumbido viejo de siempre, mientras yo hacía la ronda del buzón.

No me subí. Subí andando, con la mano en la barandilla, y no por penitencia esta vez: por otra cosa, más sencilla y más cara, que tardé unos días en nombrar.

Ya no había nada en esa escalera que no pudiera mirar.

El martes llegó el del colegio.

Me lo temía desde el sábado: los procedimientos penales tocan los colegios profesionales como las averías tocan los bajantes, por conducción.

El expediente informativo se abrió con toda la corrección de mi gremio, con su carta certificada y su plazo de diez días para alegaciones.

No esperé a las alegaciones. Escribí yo primero: al colegio, poniendo mi colegiatura a disposición del expediente, y a la comunidad de la calle de los Tintes, presentando mi dimisión como administradora, con el inventario de la documentación al día y la cesión ordenada.

Después escribí a mis otras treinta y tantas comunidades.

Esa carta me costó más que la declaración.

Una administradora vive de una sola cosa: de que la fíen.

Administrar es fiar; la mitad de mis presidentes dejaron de fiar, y la otra mitad me escribió palabras que guardé, pero la cartera de Amparo —la que heredé, la que me quedé, la que sostuve dos años como se sostiene un tejado— quedó repartida entre tres colegas del colegio antes del viernes.

La de los Tintes la cogió una mujer de mi promoción, seria, de las de cuaderno también.

Se lo di todo en una mañana, en la portería, con los libros azules envueltos en papel de embalar.

Me dio la mano y no me dijo lo siento, y se lo agradecí.

El miércoles por la mañana, Fermín bajó a devolverme la comunidad.

Llegó a mi puerta a las diez, con la boina en la mano y una bolsa de la compra reutilizada llena de llaves y de papeles: el llavero maestro de la portería, las copias de las actas que él guardaba, el talonario de la comunidad, la tarjeta.

Lo fue dejando todo encima de la mesa de mi despacho, pieza a pieza, como quien desmonta una máquina que ha montado él quince años atrás.

—Esto para la nueva —dijo—. Y esto para ti. —Un sobre, sin membrete. Dentro, la hoja de la limpieza de hacía quince años, la primera que me firmó—. La encontré ordenando. Pensé en tirarla. Después pensé que ya está bien de tirar cosas.

Le hice café. Lo tomamos en la cocina, no en el despacho, porque lo que quedaba entre nosotros ya no era oficio.

No hablamos del sábado. Hablamos de la caldera del quinto, que pedía certificación, y de si la nueva administradora sería de las de mirar o de las de firmar, y Fermín dijo «de las de mirar, la conoces de la calle Portalada», y yo dije que sí, que era de las de mirar.

Al irse, en el quicio, se paró, porque a Fermín las frases también se le quedaban siempre a medio decir un peldaño más allá.

—La mía fue la más barata de todas las calladas, Carmen. La tuya por lo menos escondía una libreta. La mía no escondía nada. Solo se escondía ella.

No supe qué contestar a eso, y no contesté nada, y él asintió como si le hubiera contestado bien.

El miércoles presenté la separación.

Lo hizo la abogada por mí, con los papeles que habíamos preparado el martes por la noche, en mi despacho, con la cama de al lado ya vacía de todo lo suyo —Raúl no volvió a casa el sábado; lo supe por la abogada, que lo supo por la suya de él, que es como se saben las cosas de un matrimonio de diecinueve años una vez que se rompe: por escrito y por terceras personas—.

Firmé donde había que firmar. La casa quedaba para Mikel y para mí de momento; lo demás lo dirían los trámites, con su calendario de juzgado y su paciencia de oficio.

No sentí nada al firmar, o sentí una cosa que no supe archivar: alivio contable, el de dejar por fin un asiento en su columna aunque la columna sea la de las pérdidas.

El jueves fui a verlo. Vis a vis de veinte minutos, el cristal, los teléfonos.

Estaba más delgado de cara, o era la luz.

Tenía la camisa de los sábados y las manos quietas, y me miró como se mira una obra que ya no es tuya: con oficio y sin derecho.

Hablamos de Mikel primero, que era lo único que nos quedaba en común: que estaba bien, que con su abuela, que el sábado había ganado su equipo y él había metido doce puntos.

Raúl asintió a cada frase con la cabeza de quien apunta medidas.

Después se quedó callado, y yo dejé el silencio correr, que era un lujo que ya me podía permitir.

—¿Por qué no me lo preguntaste? —dijo él al final—. En dos años. Ni una vez.

—Por lo mismo que tú no me lo preguntaste a mí —dije—. Porque sabíamos las respuestas.

Bajó la vista. El cristal nos partía a los dos por la mitad, con la raya de luz del tubo fluorescente.

—No te defendí, Raúl —dije—. Me defendí a mí usando la excusa de defenderte. Eso es lo que he hecho dos años. Quédate con eso, que es la verdad, y es más de lo que nos hemos dado nunca.

No contestó. Cuando colgué el teléfono de la mampara, hizo una cosa que no esperaba: asintió.

Una vez, despacio, como quien asienta una tuerca que por fin entra.

Me llevé eso. No era perdón —el perdón no cuadra cuentas—, pero era un asiento más, y los asientos son de lo que están hechas las vidas que se pueden seguir viviendo.

El jueves por la tarde fue la junta extraordinaria.