El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 17 — La misma escalera
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Capítulo 17 — La misma escalera

El silencio duró lo que dura una respiración larga.

Después Raúl se despegó de la barandilla, y con él volvió el ruido a la casa: no el suyo, el de ella, la caja de resonancia recobrando el pulso, el perro viejo moviéndose en los brazos del hermano.

Mi marido se irguió, se alisó el jersey con las dos manos —el gesto de antes de entrar a ver a un cliente— y encontró la primera versión.

La encontró rápido. Llevaba dos años teniéndola lista, como se tiene listo un parte de obra para una inspección.

—Esto es un montaje —dijo—. Eso es lo que es esto.

Un montaje de tres delincuentes. —Señaló a Eneko y a Saioa sin mirarlos—.

Una escritura falsa, una cerradura forzada, dos meses viviendo en una casa muerta.

Y ahora una libreta, un viejo con la conciencia mala y mucho teatro de rellano.

Don Julen, usted es el dueño. Usted decide si esto se cuenta aquí o en comisaría. Yo ya sé lo que haría en su lugar.

—La escritura la fabriqué yo —dijo Eneko, tranquilo, sin moverse del quicio del cuarto B—.

La cerradura la abrí yo y la cambié yo. Todo eso es verdad, y lo firmaré donde haga falta, que ya va siendo hora de firmar cosas en esta historia.

—Hizo una pausa pequeña—. Pero la escritura no empujó a nadie por una escalera, señor Urrutia.

Las falsedades documentales no dejan moribunda a una mujer en un rellano a oscuras. Eso lo deja otra cosa.

—Yo no sé de qué me habla —dijo Raúl.

—Sabe de sobra —dijo Fermín, desde sus dos peldaños—. Déjelo ya, Raúl. Se lo digo como se lo tendría que haber dicho aquella semana: déjelo ya.

—¿El qué? ¿Qué deje? —La voz de Raúl subió un punto, el primer punto—. Usted es un jubilado con la cabeza llena de vermú, Fermín. Usted no oyó nada. Nadie oyó nada. Fue un accidente. Lo cerró la policía. ¿O es que ahora la policía la hacemos entre vecinos, en la escalera, los sábados?

Y entonces Fermín contó la noche entera.

Lo hizo con la boina en la mano y la voz de escuadra y cartabón, despacio, ordenado, como quien por fin saca de la caja una pieza que lleva años sin encajar.

Nadie lo interrumpió. La casa entera escuchaba desde sus puertas abiertas, y la escalera hizo lo único que sabe hacer: nos lo trajo a todos, limpio, piso por piso.

—Aquella noche yo estaba viendo la tele —dijo Fermín—.

El concurso de las nueve. Lo veía todos los días; me sigue pareciendo mentira que lo viera también aquel día.

A las ocho y media, ocho y pico, empecé a oír la discusión.

Por el hueco. Todos la oímos; eso lo declaró después media casa.

Voces bajas y duras, de esas que no traen palabras enteras.

Pero las voces sí, las voces se conocen.

Treinta años de fábrica me dejaron el oído para las máquinas y quince de presidente me lo dejaron para los vecinos: la voz de Amparo la conocía como la mía.

Y la otra —miró a Raúl, y no apartó la vista en todo lo que quedaba— la otra era la suya.

—Mentira —dijo Raúl, sin fuerza, como se dice una palabra por ver si sujeta.

—Bajé medio tramo —siguió Fermín, sin entrar al trapo—.

Lo juro por lo que queda de mí: bajé medio tramo.

Me planté en mi puerta, abrí sin ruido, me puse a la mirilla.

Desde el quinto no se ve el rellano del tercero; se ve el tramo de arriba, el mío, y la nada.

No vi a nadie. Eso lo he dicho siempre y es verdad: no vi nada.

Pero oí, Raúl. Oí la voz de ella subir una vez, entera, sin palabras: una vez sola, alta, lo único alto de toda la noche, y por eso llegó entera hasta el quinto.

La oí. Y después oí el golpe, que no era una puerta, y después el silencio, que era una cosa que esta casa no hace nunca, silencio del todo.

Y después —se le fue la voz un momento, y la recuperó, que sabía recuperar las voces— después oí cerrarse una puerta.

Abajo. El cuarto. Una puerta cerrándose despacio, con cuidado, que es como se cierran las puertas cuando no se quiere que la casa cuente.

Y un minuto después, la tele del cuarto A subió de golpe, tan alta que me llegó a mí desde el quinto, por encima de la mía.

El concurso. Las trompetas esas que ponen cuando aciertan.

—Miró a Begoña, que asintió con los ojos húmedos: ella también la oyó, desde abajo, dos años declarándolo a quien no preguntaba—.

Un hombre que baja a fumar al portal no sube la tele de su casa, Raúl.

Un hombre que está en el portal no cierra su puerta desde dentro.

—Yo no… —empezó Raúl.

—Y hay más —dijo Fermín, y esta vez la voz le salió con la fatiga de dos años—.

Y a mí me toca decirlo, porque me toca. Aquel día, el quince de enero, Amparo vino a verme por la mañana.

Con las cuentas. Me las enseñó en esta mesa que tengo arriba, donde firmo las actas: las facturas repetidas, el portal dos veces, los bajantes.

Me dijo que lo llevaba a la junta de marzo, con papeles.

Yo le pedí una semana. Le pedí una semana, como si una cosa así se arreglara en una semana, como si el problema fuera el calendario.

Y aquella tarde llamé a Raúl. —Respiró—.

Le dije: Amparo lo ha encontrado. Habladlo.

Arréglenlo entre ustedes, que son familia de la administradora y yo soy un viejo que no quiere líos.

Eso dije. Arréglenlo. La cita del rellano la puse en marcha yo, con esa llamada.

El «R., veinte treinta, rellano» lo escribió ella, pero el veinte treinta lo puse yo.

—Se calló, y la escalera entera se quedó quieta con él—.

Dos años después me entero por un desconocido de barra de bar de que esa semana la pasé diciendo «no remueva la casa» a la única persona que podía removerla.

Perdóname, Carmen. Te lo decía a ti para decírmelo a mí.

Es la manera más barata de confesar: encargárselo a otra.

Nadie habló. Begoña tenía la mano en la boca. La madre de la niña del piano había recogido a la niña contra su costado, y no se la llevó dentro: se quedó, como se quedaba aquel día todo el mundo.

Raúl encontró la segunda versión. La vi llegar: encogió los hombros, abrió las manos, bajó la voz al registro de los hombres razonables.

—Las facturas —dijo—. Vale. Vamos a hablar de las facturas, ya que estamos.

Sí. Hubo facturas. Obras que se cobraron dos veces, memorias redondeadas, lo de siempre.

¿Cuánto? ¿Cuarenta mil? Lo que sea. —Miró a Julen, el hombre de las cuentas pendientes—.

Es la costumbre del gremio, don Julen. Todo el mundo redondea.

El presidente firmaba, la administración pagaba, la junta aprobaba las cuentas cada año sin pestañear.

Un delito de papeles, como mucho. Se devuelve el dinero, se paga la multa, se acabó.

Yo lo devuelvo. Mañana mismo. —Se volvió hacia el rellano, hacia las puertas abiertas, buscando la complicidad de los que pagan cuotas—.

Pero eso no es lo que están diciendo. Lo que están diciendo es que yo empujé a una mujer por una escalera.

Por unas facturas. ¿Me oyen? ¿Alguien se cree que un hombre se juega la vida por una pintura del portal?

—Nadie se juega la vida por una pintura del portal —dijo Eneko—.

La vida se la juega uno por lo que la pintura del portal tapa.

—Lo dijo sin subir la voz, con las manos quietas, y supe que cada frase caía en el archivo que no se puede cerrar—.

Usted mismo lo ha dicho esta semana, en su casa, delante de su mujer: las copias quedan.

¿A qué le tenía miedo, Raúl? ¿A las copias de unas facturas?

Las facturas se devuelven. Usted lleva dos años sin pisar esta escalera.

Nadie esquiva un rellano dos años por un fraude de comunidad.

Los fraudes se pagan con multas y con vergüenza. Los rellanos se esquivan por otra cosa.

—Yo no esquivo nada —dijo Raúl.

—Subió andando el miércoles —dijo Fermín, desde arriba—. Porque no le quedó más remedio. Le vi desde arriba. Venía parando en cada rellano, Raúl. Como quien reza.

—¡Basta! —dijo Raúl, y el grito se lo llevó el hueco entero, piso por piso, hasta el portal.

Julen se separó de la barandilla. Tenía el cuaderno en la mano —lo había cogido sin que yo lo viera, con el cuidado torpe de los hombres que no manejan papel—, y lo tenía abierto por la última página, y lo levantó a la altura de su pecho, como se levanta un parte para leerlo con luz mala.

—Mi hermana —dijo, y la voz de cabina de camión se le había quedado en otra parte; la que quedaba era la voz de un hermano— escribía la vida de esta casa.

Las cuotas, las averías, la vecina que riega los sábados.

Todo. Y la última página, la última cosa que escribió en su vida, es esto.

—Leyó, despacio, con la letra de ella en la voz de él, y la escalera lo transmitió todo como transmitía los grafitos de los lápices—: «Quince de enero.

R., veinte treinta, rellano. No quiere subir a casa.

Si esto sale mal, al menos que lo sepa S.

» —Bajó el cuaderno—. La S. es la chica.

La hija. Ya lo sabemos todos. Y la R… —miró a Raúl por primera vez con los ojos de la cuenta hecha—.

La R. está aquí desde antes de que yo subiera.

¿Quién es R., señor Urrutia? ¿Cuántas erres hay en esta escalera?

Raúl no contestó. Miró el cuaderno en las manos de Julen como se mira una cosa que llevaba dos años esperando aparecer, y yo vi que lo que le temblaba ya no era la voz ni las manos: era el suelo. La versión. No le quedaban versiones.

Y entonces me miró a mí.

—¿Y tú? —dijo. Muy bajo. Solo para mí, aunque la casa lo oyó todo, que era la costumbre de la casa—. ¿Cuánto llevas tú con ellos? ¿Cuánto llevas sabiendo…? ¿Qué les has contado tú?