Capítulo 16 — El rellano #3
Vi también, porque mi oficio es ver dónde cosen, lo bien que le venía el papel.
Llevaba dos meses sin preguntar quiénes eran, solo qué sabían; y ahora que lo sabía todo —quiénes eran, qué buscaban, qué libreta había abierta a tres metros de su puerta—, se abrochaba el traje de vecino escandalizado y le ofrecía al heredero la salida más rápida: la policía, la calle, el silencio otra vez, esta vez con sello oficial.
No lo hacía por mí. Ni por la comunidad.
Lo hacía por lo que llevaba dos años haciendo todo en esta casa: para que nadie mirara el rellano de abajo.
Eneko no se movió. No discutió. Dejó que la oferta de Raúl se quedara un momento en el aire del rellano, y después se volvió, entró en el cuarto B, y volvió con el cuaderno.
Lo abrió por la página señalada —la señalada llevaba semanas siendo la misma— y lo dejó abierto sobre la barandilla del rellano, encima del pasamanos de madera que Amparo pulía con aceite de linaza cada primavera, y dijo, con la voz baja de la casa, la que no pasa del rellano, aunque aquel día la casa entera estaba escuchando:
—Antes de llamar a nadie, don Julen, mire esto. Es de su hermana. Es su letra. Léalo usted, que nadie tiene más derecho.
Julen dudó. Después se acercó a la barandilla, se inclinó sobre el cuaderno, y leyó.
Le vi la espalda ancha quieta, y las manos grandes sujetando el pasamanos, y no le vi la cara, y aun así supe lo que estaba leyendo: las facturas, la factura doscientos catorce, portal otra vez, los bajantes dos veces, F.
firma sin mirar. Cuarenta mil, bajando. Y debajo, la última página, la que sabíamos de memoria los que estábamos en aquel rellano.
La casa, mientras tanto, hacía lo que no había hecho en dos años: abrirse.
La puerta del segundo se abrió del todo: la madre de la niña del piano, con la niña detrás asomando media cara, y el padre un paso delante, en el rellano del segundo, mirando hacia arriba.
Más abajo, los hermanos del primero en su quicio, uno con el perro viejo en brazos, que no ladraba, como si también el perro entendiera de escaleras.
Nadie hablaba. Nadie cerraba. Dos años oyéndolo todo detrás de las puertas, y aquel sábado la casa salió a la escalera a oírlo de cara.
Y arriba, en el último tramo, sonaron unos pasos.
Fermín bajaba. Despacio, con el bastón que no necesitaba y la boina en la mano —en casa se la quita; en la escalera, aquel día, la llevaba en la mano también, como quien baja a un funeral—, y llegó al rellano del cuarto y se quedó dos peldaños por encima, mirando: a Julen inclinado sobre el cuaderno, a Raúl plantado, a los dos de enfrente, a la casa entera asomada.
—Menudo sábado —dijo Begoña, bajito, para sí o para la escalera—. Y sin ascensor, encima.
—El ascensor —dijo Fermín, y su voz sonó vieja y clara— lo podían haber arreglado el jueves.
Todos lo miramos. Él miraba el cartel que no se veía desde allí, como si lo tuviera delante.
—Me llamaron de la empresa el miércoles, por la avería.
Dijeron que podían venir el jueves, y el viernes a más tardar.
Les dije que lo dejaran para el lunes. —Se calló un momento—.
Lo paré yo. No la máquina: el arreglo. Porque llevaba dos años viendo esta escalera desde arriba, y veía quién la pisaba y quién no, y me dije: que no haya atajo.
Que esta semana nadie suba a esta casa sin pisar la escalera.
Ni él —no señaló a Raúl; no hizo falta—.
Ni yo. Dos años subiendo por la caja, algunos.
Esta semana hemos subido andando todos, como se ha subido siempre a esta casa, delante de lo que hay delante.
Raúl se había vuelto hacia él, despacio.
—Fermín —dijo, con la voz baja, la voz de junta—. No sé qué le han contado estos. Pero piense lo que va a decir. Piénselo bien.
—Llevo dos años pensándolo, Raúl —dijo Fermín.
Y entonces lo dijo. Delante de todos, con la boina en la mano y la letra de escuadra y cartabón en la voz, dos peldaños por encima de todos nosotros, como quien por fin sube a un estrado que le tocaba desde hacía setecientas treinta noches:
—Basta. Yo te oí, Raúl. Aquella noche oí vuestra discusión.
Oí las dos voces, la de ella y la tuya, subiendo por el hueco hasta el quinto.
Y no abrí la puerta. —La voz no le tembló; era peor: no le temblaba—.
Oí la discusión, y oí lo que vino después, y no abrí la puerta. Llevo dos años sin abrir la puerta.
El rellano no hizo ningún ruido. Ni la escalera, ni las puertas abiertas, ni el perro viejo en brazos del hermano del primero.
Julen se había enderezado junto a la barandilla, con el cuaderno abierto debajo de su mano.
Saioa estaba muy quieta, con la mandíbula haciendo su trabajo y los ojos no.
Eneko no se movió, ni un milímetro, y entendí que aquello también era suyo: había apostado a que la casa hablaría por sí misma, y la casa estaba hablando.
Y todos miramos a Raúl.
Mi marido miró a Fermín, y después al cuaderno abierto en la barandilla, y después a la casa entera asomada a sus puertas, y por último a mí.
Y en su cara no vi al monstruo que habría hecho todo más fácil: vi a un hombre haciendo cuentas a toda velocidad, cuentas de salida, cuentas de huida, y no encontrando ni una columna que cuadrara.
Retrocedió un paso. Uno solo, el paso de quien busca aire, y la espalda le dio contra la barandilla del rellano del cuarto: el lado de la caída, un piso por encima del sitio exacto.
El lado por donde Amparo se precipitó dos años atrás, en la oscuridad de la luz fundida.
La barandilla aguantó, como aguantaba todas las primaveras con su aceite de linaza, y mi marido se quedó con la espalda contra ella, acorralado por el sitio exacto, y la casa entera mirando desde sus puertas abiertas.
Y supe, con la certeza fría de las cuentas que por fin cuadran, que aquel paso atrás era el último que le quedaba por dar.