Capítulo 16 — El rellano #2
—Lo que le dije por teléfono es verdad —dije—.
Su hermana no se cayó sola. Aquella noche hubo una discusión en la escalera, y alguien estaba con ella.
Yo lo supe hace poco. Hay papeles que lo dicen, y hay gente en esta casa que oyó más de lo que dijo.
Los que están en el piso de su hermana no son quienes dicen ser, eso también es verdad: no compraron nada, la escritura es falsa, y entraron porque querían saber qué pasó aquella noche.
—Lo ordené como se ordena un comparendo: primero lo que duele, después lo que escuece—.
No le pido que me crea. Le pido que suba y lo oiga todo antes de echar a nadie.
Julen me miró un rato largo, con los ojos entrecerrados de quien mira un parte de avería que no le gusta.
—¿Y la policía?
—La policía cerró el caso hace dos años —dije—. Con lo que le dimos. Con lo que le dimos todos, don Julen. Esta semana, si quiere, se abre otra vez. Pero hoy primero se sube y se oye.
—Usted también sabía cosas —dijo. No era pregunta, y no era acusación: era la conclusión de un hombre que ha conducido seiscientos kilómetros con una frase—. Dos años de cartas mías sin contestar. Y ahora dos cartas en una semana. Algo sabía usted.
—Sí —dije—. También yo. Eso lo oirá también, si sube. De mi boca, no de otra.
Algo pasó por su cara, algo que no era agradecimiento ni perdón: la valoración de un hombre que no esperaba que nadie le dijera la verdad en aquel portal y acababa de oír un pedazo.
Asintió una vez, como quien asienta una tuerca —todos los hombres de esta casa asienten tuercas, pensé, cada uno con su herramienta— y se quitó las manos de los bolsillos.
—Cuatro pisos, dice.
Subimos. Yo delante, él detrás, con la respiración haciéndose pesada en el segundo tramo.
La escalera hizo lo que hace siempre: nos amplificó.
Oí las botas de Julen contra el terrazo, la barandilla recibiendo su mano grande, y supe que la casa entera nos estaba contando: a Begoña en el tercero, a los del segundo, a los hermanos del primero con su perro viejo, a Fermín arriba del todo, y al otro lado de la puerta del cuarto A, a tres metros del rellano, a mi marido.
Todo el mundo nos oyó subir. Eso era lo que habíamos preparado, aunque no lo hubiéramos dicho así: un sábado a mediodía, la casa entera en casa, y una escalera funcionando como una escalera.
En el rellano del segundo, la puerta de la familia del piano se abrió y se cerró, un párpado. En el del tercero, la puerta de Begoña se abrió un palmo y se quedó así. Vi el ojo y el borde de la bata de casa.
—¿Todo bien, Carmen?
—Todo bien, Begoña —dije, sin pararme—. Es el hermano de Amparo.
El palmo se quedó abierto. No se cerró. Eso también lo anoté.
Julen se paró un momento en el rellano de entre el tercero y el cuarto.
No mucho: el tiempo de una respiración honda, la mano en el pasamanos, la vista en el terrazo gris y el zócalo de madera y el ventanuco con la niebla detrás.
No dijo nada. No hacía falta: era el sitio donde su hermana se había caído, y él lo sabía, y yo sabía que lo sabía, y los dos seguimos subiendo sin convertirlo en palabras, que era quizá la manera más limpia de pisarlo que tuvo aquel día.
En el rellano del cuarto, delante de la puerta del B, hice lo que había ido a hacer: saqué del bolsillo la llave vieja, la de mi armario de administradora, la de la etiqueta amarillenta, y la acerqué al bombín dorado y nuevo. No entró. Ni un milímetro. Julen miraba.
—¿Qué hace?
—Probar —dije—. La cerradura de su hermana ya no es la de su hermana. La cambiaron. Mi llave no abre esta puerta desde enero. —Guardé la llave—. Nadie de esta casa abre esta puerta desde enero, don Julen. Ni la administradora. Solo ellos.
Y entonces, antes de que él terminara de ordenar aquello, la puerta del cuarto B se abrió desde dentro.
Eneko. Anorak no: jersey oscuro, las manos a la vista, la corrección de manual entera puesta como un traje. Nos había oído subir, claro; nos había oído desde el portal, que es lo que tiene esta casa.
—Don Julen —dijo—. Me alegro de que haya venido. Pase, si quiere. O lo hablamos aquí, que la escalera es de todos.
—¿Quién es usted? —dijo Julen, y la voz le subió ya por el hueco, rebotada, multiplicada—. ¿Qué hace en la casa de mi hermana?
—Me llamo Eneko Zubizarreta. Soy detective privado.
Y estoy en la casa de su hermana sin derecho, con una escritura que fabriqué yo, esperando a que usted viniera a echarnos.
—Lo dijo todo seguido, sin adornos, como se entrega un arma en una ventanilla—.
Eso es lo legal y eso es lo primero: usted no vendió nada, nosotros no compramos nada, y esta casa es suya desde el día en que acepte la herencia, que lleva dos años sin aceptar.
Hoy puede echarnos en una hora y le firmo el inventario.
Pero antes le tengo que enseñar una cosa que su hermana escribió, y que nadie de esta casa le habría enseñado jamás.
Julen no entró. Tampoco gritó. Se quedó en medio del rellano, entre la puerta del B y la mía, y yo vi lo que pesaba aquel hombre en aquel momento: no la rabia, que la rabia pesa poco; la pereza de dos años.
La costumbre de no bajar. Todo eso se le estaba acabando en un rellano a las doce y veinte de un sábado.
—¿Qué es esto? —dijo, más bajo—. ¿Qué es todo esto?
Y entonces Saioa salió al rellano.
Lo hizo sin ruido, con su paso de no querer ser oída, y se puso al lado de Eneko, a un metro de Julen, con el abrigo gris y las manos a la vista. Veinticuatro años, la cara lavada, la mandíbula haciendo su trabajo.
—Me llamo Saioa Mendiguren —dijo—. No Sagasta. Mendiguren. Y Amparo Lasarte era mi madre.
El rellano se quedó en un silencio que no era de esta casa: la casa amplifica, y aquel silencio no se amplificó, se quedó pegado a las paredes como si la escalera misma estuviera escuchando de otra manera.
Julen la miró. La miró con la boca un poco abierta, y la miró de verdad, de arriba abajo, dos veces, y yo vi el momento exacto en que la cara de ella le llegó al sitio donde la cara de su hermana llevaba sesenta años guardada.
—Saioa —dijo él. No lo preguntó: lo probó, como se prueba una viga antes de cargarla—.
Me escribió. En diciembre de aquel año. Me escribió una carta, la única que me escribió en años que no fuera de papeles, y me decía que había encontrado a una chica.
Que se llamaba Saioa. Que la había dado en adopción hacía veintipico y que la había encontrado, y que estaba…
—buscó la palabra y no la encontró, o la encontró y no pudo con ella— contenta.
—Se le rompió la voz en la palabra, un cuarto de segundo, y lo administró con una tos—.
Y luego se cayó por una escalera. Y en el tanatorio había una chica al fondo de la sala, sola, que no se acercó al ataúd, y yo pensé que sería de la administración. —La miró—. Era usted.
—Era yo —dijo Saioa—. No me dejaron acercarme, don Julen.
Legalmente yo no era nadie. Su hermana me dio en adopción plena cuando tenía tres años, y la ley me borró de su vida con todas las firmas en regla.
Lo único que me dejó fueron doce cartas y una última línea en una libreta.
—Respiró—. No he venido a por la casa. No la quiero.
He venido a por la noche del quince de enero.
Solo eso. Y después me voy, y la casa es suya, que es lo que debió ser siempre.
—Ya he caído —dijo una voz detrás de nosotros, un piso más abajo, temblorosa y segura a la vez.
Begoña. Estaba en lo alto del tramo, con la bata de casa y las zapatillas y la mano en el pasamanos, y miraba a Saioa con los ojos de treinta y cuatro años de mercería, los ojos que a una cara le caían siempre.
—Ya he caído, Carmen —repitió, subiendo—. Llevo semanas dándole vueltas y ya he caído. No es la cara. Es la manera. —Se paró a dos peldaños, mirando a Saioa como se mira una fotografía que por fin enfoca—. Es la manera de la Amparo. Esta chica es de esta casa. Esta chica es de la Amparo.
Nadie le quitó la razón. Saioa la miró, y por primera vez desde que la conocía vi que no sabía qué hacer con una frase, y asintió, una vez, pequeño, y Begoña subió los dos peldaños que le quedaban y se quedó allí, en el rellano, presente, que era lo único que aquella mujer había sabido hacer siempre y lo único que hacía falta aquel día.
Julen no contestó. Miró a Eneko, la miró a ella, me miró a mí, miró a Begoña, y abrió la boca para decir algo —quizá lo de la policía, quizá lo del echamiento, que era lo suyo y lo correcto y lo que yo misma le habría aconsejado dos meses atrás— cuando la puerta del cuarto A se abrió detrás de mí.
Raúl.
Salió al rellano como sale él a todo: ocupando.
Uno ochenta, las manos de la obra, la cara de haber oído por la rendija lo bastante.
Nos miró a todos uno a uno —a Julen, a Eneko, a Saioa, a mí, y en mí se quedó medio segundo de más, el medio segundo de quien rehace una cuenta— y eligió su papel con la rapidez de quien lo tenía ensayado sin saberlo.
—¿Esto qué es? —dijo—. ¿Una reunión? —Y a Julen, plantándose—: Usted es el hermano.
Yo soy Urrutia, el del cuarto A. Mire, don Julen, esto se acaba ahora.
Estos dos llevan dos meses colados en el piso de su hermana con papeles falsos.
Usurpación de vivienda y falsedad documental, así, cantando.
Llame a la policía y los echan hoy mismo.
Yo de testigo. Mi mujer de testigo, que es la administradora y tiene todos los papeles.
Lo dijo bien. Hay que decirlo: lo dijo muy bien, con la indignación justa y la solidaridad vecinal en su sitio, y por un momento el rellano fue casi lo que él quería que fuera —un propietario, dos okupas, unos vecinos ejemplares— y yo vi la trampa entera: la legalidad era la única puerta que le quedaba, y la estaba abriendo de par en par para que todos saliéramos por ella y la conversación muriera en una denuncia por usurpación, que es el expediente más limpio del mundo: no pregunta quién se cayó.