Capítulo 16 — El rellano
Amaneció como amanecen los días que una ha convocado: igual que todos.
Aquel sábado, la niebla pegada a los cristales, el frío de fin de febrero haciendo su última guardia, y a las siete y veinte la caldera del cuarto B hizo sus dos golpes secos y su ronroneo, como todas las mañanas desde el nueve de enero.
Solo que aquella mañana el ruido no me llegó como amenaza ni como expediente: me llegó como lo que era.
Dos personas madrugando en la casa de una muerta, esperando el día que habíamos citado entre las tres.
Hay una diferencia enorme entre oír una caldera y esperarla.
Me levanté antes que Raúl, cosa de sábado rara, y puse el café y me vestí como se viste una para una junta que sabe que va a salir mal: la chaqueta buena, los zapatos de suela seria, nada que colgara.
La ropa es un papel más. Llevo veinte años vistiéndome para los días difíciles como se firma: con la letra entera.
Después hice la única ceremonia nueva de aquella semana: saqué el móvil del cargador, abrí la grabadora, comprobé que grabar seguía siendo dos toques y nada más, y me lo eché al bolsillo izquierdo de la chaqueta.
No grabé nada todavía. Las grabadoras, como las llaves, se llevan encima antes de hacer falta.
La casa sin Mikel era una casa con una cuenta menos.
Lo noté en las cosas pequeñas, que es donde se notan las ausencias: un solo vaso de leche en el fregadero, la mochila del entrenamiento que no estaba colgada del pomo de su puerta, el silencio de su cuarto a las nueve de la mañana de un sábado, que era un silencio de dos clases —el de siempre, adolescente y profundo, y debajo el otro, el de verdad, el de vacío—.
Sesenta kilómetros y una abuela de por medio.
Mi hijo vería aquel sábado por teléfono, desde una cocina que olía a txangurro, lo que fuera que aquel sábado fuera. Esa fila estaba cerrada. Era la única.
A las diez le llamé, como habíamos quedado.
Me contestó con la boca llena y el enfado ya administrado en tono de noticias: que la abuela le llevaba a comer fuera, que el partido lo veía por internet con el abuelo del vecino, que no me liara mucho con los papeles.
Le dije que se abrigara bien. Mi madre cogió el teléfono un segundo después —las madres hacen eso, cogen el teléfono un segundo después, cuando el nieto ya se ha ido— y me dijo «¿estás bien, Carmen?
», y yo dije «estoy bien», y ella dijo «ya», con la fe de la cara y no la de los ojos, y colgamos.
Dos llamadas cortas. Dos verdades a medias.
La semana entera había sido así: pagar con medias verdades las cosas enteras.
Raúl se levantó a las nueve y media y se plantó en la cocina con la cara de los sábados, el pelo revuelto, y se sirvió el café sin decir nada, y yo esperé a que anunciara su liturgia: la obra, los de la obra, el bar de la carretera, la quiniela, dos vinos.
No la anunció. Se sentó con el café y el periódico del viernes, que nadie había leído, y estuvo un rato dándole la vuelta a las páginas sin leerlas, con esa lectura de los hombres de obra que es más bien una manera de tener las manos ocupadas.
—¿No vas con los de la obra? —dije, por decir lo que se dice.
—Hoy no —dijo—. Hoy me quedo.
No dijo por qué. Yo no pregunté por qué.
Diecinueve años de matrimonio y aquella mañana éramos dos personas que no preguntaban por qué, que es el grado cero de un matrimonio: no la discusión, no el grito, sino el «hoy no» contestado con un «ya» y la mermelada por medio.
Pensé que quizá era mejor así, que estuviera en casa, que lo viera todo desde dentro y no por el hueco de la escalera; y después pensé que no había manera buena de que aquel día pasara, y que dejar de buscarla era también una manera de estar lista.
A las diez y media crucé el rellano.
Llamé con los nudillos, dos veces, y abrió Eneko antes del segundo golpe, como si llevara un rato al otro lado, que probablemente era el caso.
El cuarto B olía a café y a madera, el olor de siempre de la casa de Amparo, con algo nuevo debajo: el olor de dos personas que no han dormido del todo.
Sobre la mesa del comedor estaba el cuaderno, cerrado, y al lado la caja de zapatos forrada de papel de librería, con las doce cartas dentro.
Saioa estaba de pie junto a la ventana del patio de luces, con el abrigo gris puesto aunque estábamos dentro, como quien está de paso en su propia vida.
—Ha llamado anoche —dije—. Sale de Burgos de madrugada, ruta hasta Miranda, y de Miranda se acerca. A mediodía está en el portal.
—Mediodía —repitió Eneko, mirando la hora como quien mira un parte—. Bien. La luz de mediodía es la mejor luz para esto. La escalera a oscuras ya la tuvimos una vez.
Saioa no se volvió de la ventana. Hablaba con la espalda quieta y la voz baja de siempre:
—¿Y si lo primero que hace es llamar a la policía? Es lo que haría yo en su lugar. Llega un hermano, hay dos desconocidos en la casa de su hermana muerta, policía. Nosotros fuera en una hora, y el expediente se convierte en lo que es: una usurpación con una escritura falsa. Y de lo otro, nada.
—Si llama a la policía, llamamos nosotros a la verdad —dijo Eneko—.
No hay manera de que este día salga limpio, Saioa.
Lo que hay que cuidar es el orden. Que lo primero que oiga no sea «okupas», sino «su hermana».
—Me miró a mí—. Eso lo hace usted, Carmen.
En el portal, antes de que suba, si puede.
Su hermana no se cayó sola. Ya se lo dijo por teléfono y funcionó: está aquí.
Repítaselo. Y después déjele subir, y que la casa haga lo que hace esta casa.
—Que es oírlo todo —dije.
—Que es amplificarlo todo —dijo él—. Hoy no hay método.
Hoy solo hay gente. —Lo dijo sin la corrección de manual, por primera vez desde que le conocía: lo dijo como se dicen las cosas que llevan mucho tiempo guardadas—.
Yo he hecho esto otras veces, a mi manera, con papeles y con horarios.
Nunca así. Si esto se tuerce, se tuerce como se tuercen las cosas de verdad: delante de todos.
Saioa se volvió por fin. Tenía la mandíbula quieta y los ojos no, que era ya su manera de estar en el mundo, y miró la mesa, el cuaderno, la caja.
—Mi madre llenó esta casa de papeles para que no se la llevara el aire —dijo—. Y hoy se llena de gente. Que se llene.
Y después, ya en la puerta, me sujetó un momento la mirada, y dijo, más bajo:
—Carmen. Si esto acaba donde tiene que acabar, acabará también con usted. Lo de los minutos. Lo ha pensado, ¿verdad?
—Llevo dos años pensándolo —dije—. Hoy se acaba de pensar.
Asintió, una vez, y me abrió la puerta, y yo crucé los tres metros de vuelta con la sensación de haber firmado algo en esa cocina sin papel ni bolígrafo.
Raúl estaba en el recibidor, con el abrigo a medio poner.
—Voy a por tabaco —dijo.
Era mentira y los dos lo sabíamos: no fumaba desde hacía años, o fumaba tan poco que el tabaco era una excusa con sello de estanco.
No dije nada. Se fue, y volvió a los veinte minutos sin tabaco, con las manos en los bolsillos, y se puso a ver la tele con el volumen normal, que en él era ya un síntoma.
Lo anoté todo en el archivo sin carpeta y me senté a esperar como se espera en mi oficio: con los papeles en regla y la hora mirada.
A las once y tres cuartos bajé al portal.
El portal de esta casa en febrero es una nevera con buzones, pero aquella mañana me quedé en él como quien se queda en una sala de espera donde le van a dar un resultado.
Leí el tablón por costumbre: el mapa de las cuotas, la hoja de la limpieza, las normas amarillentas de Amparo.
Y leí, por enésima vez desde el miércoles, el cartel del ascensor.
Colgaba de la puerta de la cabina con cinta aislante, escrito a mano: «Ascensor averiado.
Disculpen las molestias.» La letra me detuvo aquella mañana como no me había detenido el miércoles, porque aquella mañana tenía la cabeza puesta en leerlo todo: letra de escuadra y cartabón, mayúsculas claras, la rúbrica pequeña en la esquina.
La letra de Fermín. Los carteles de esta finca los cuelga la administración —los cuelgo yo— o los cuelga la empresa.
Aquel lo había escrito el presidente, de su puño, con su cinta aislante y su disculpen las molestias.
El presidente había hecho de administrador de la avería.
Lo registré y seguí esperando, y a las doce y diez, un camión pequeño de caja blanca se puso en doble fila delante del portal, con esa falta de permiso que tienen los camiones, y del lado del conductor bajó un hombre.
Julen Agirre era más viejo que su voz de teléfono y más ancho que su recuerdo.
Sesenta y muchos, la barriga de cabina y mesa de bar, un abrigo bueno sobre un jersey de cuello alto, las manos grandes y quietas de quien ha pasado la vida sujetando volantes y palancas.
Miró el portal, miró la fachada, y después me miró a mí, que estaba en el quicio.
—¿Urrutia?
—Don Julen —dije—. Gracias por venir.
—No me las dé todavía —dijo, y entró al portal mirándolo todo como se mira un lugar que a uno le deben explicaciones—. Esto sigue igual. La misma porquería de luz. —Señaló el cartel del ascensor con la barbilla—. ¿Y eso?
—Averiado desde el miércoles —dije—. Cuatro pisos a pie. Lo siento.
—He subido cosas peores —dijo, y era posible que fuera verdad y era seguro que no lo era.
No se movió hacia la escalera. Se quedó quieto, mirándome, con las manos en los bolsillos del abrigo bueno, y entendí que estaba esperando la parte de la conversación que no se sube por una escalera: la explicación.
Su hermana no se cayó sola. Había conducido de madrugada desde Burgos con esa frase en la cabina.