Capítulo 15 — ¿Qué saben? #3
Y se fue a la ducha, y el bajante hizo su ruido largo, y yo me quedé sola en el despacho con la junta de marzo abierta en la pantalla y la certeza fría y entera: mi marido sabía que existía algo que copiar.
Dos años sin preguntarme dónde estaba yo aquella noche, sin preguntarme por qué temblaba mi dedo sobre las tres cifras, sin preguntarme nada, y ahora me avisaba de que las copias quedan.
No se avisa de eso a quien no tiene nada que copiar.
Aquella noche durmió, o fingió, con la respiración de siempre.
Yo estuve despierta hasta tarde, y a las tres y algo —mi hora— oí la cocina: la silla, el vaso, el grifo.
Raúl sentado a oscuras, otra vez, mirando la ventana con la niebla apretada.
No salí. Me quedé en la cama mirando la oscuridad, y pensé que dormíamos turnándonos la vigilia, cada uno en su turno, como dos vigilantes de la misma fábrica quemada.
El jueves por la mañana llamó Fermín. No subió; llamó, que en él era ya una manera de no bajar.
Hablamos del orden del día de la junta —lo cerramos, al menos sobre el papel— y después se quedó callado al otro lado de la línea unos segundos, y preguntó, con la voz de quien cambia de tema por deber: «Oye, Carmen.
Tú que ordenaste los papeles de Amparo. ¿Te quedó alguna libreta suya?
De las de apuntes.» Le dije la verdad administrada, que era mi especialidad desde hacía dos años: que las libretas que hubiera estaban con sus cosas, donde correspondía.
«Ajá», dijo. «Pues eso. Era por saber.» Y colgó con lo del tres por ciento de la limpieza, y yo me quedé con el móvil en la mano, pensando que la semilla había germinado en veinticuatro horas, y que Eneko conocía a los hombres como Fermín mejor que los hombres como Fermín se conocen a sí mismos.
Se lo conté a Eneko por la escalera, en cuatro frases, de puertas para fuera del cuarto B.
«Eso es», dijo él. «Ya no hay marcha atrás. El sábado habla o revienta.»
El jueves llevé a Mikel a Vitoria.
Salimos a las cinco, después de entrenar —entrenó el jueves, sudado y victorioso, con el enfado de Vitoria ya administrado en silencio de adolescente—, y llegamos a casa de mi madre a la hora de la merienda.
Mi madre, que no sabe nada de nada y lo sabe todo de mí, nos recibió con el txangurro comprado y la habitación de siempre hecha, y me miró una vez, una sola, a la altura de la puerta, y no preguntó.
Le dije lo de la junta, lo de la semana infernal.
Me creyó con la cara y no con los ojos, que es como las madres te creen las cosas.
Mikel se instaló con la play y el abrigo de su abuela por encima, y al despedirme me abrazó rápido, como se abrazan los de dieciséis, de refilón, y me dijo «no te lies mucho con los papeles, ama», y yo le dije que se abrigara bien, y era la frase que un desconocido me había enseñado a oír de otro modo, y se la dije igualmente, porque era mi hijo y febrero y la vida seguía.
Volví sola a Torregil con la noche cerrada y la niebla a rachas en la carretera, y en el coche, por primera vez en semanas, lloré.
Sin dramaturgia: dos lágrimas de cansancio, administradas, una por carril.
Mi hijo estaba a salvo a sesenta kilómetros de la escalera.
El resto de la cuenta seguía sin cuadrar, pero esa fila estaba cerrada.
Julen Agirre llamó a las nueve y cuarto de la noche, cuando yo estaba aparcando en la calle de atrás.
—¿Urrutia? —La voz de cabina de camión y mesa de bar, cansada—.
Me ha llegado su segunda carta. Y su mensaje.
—La carta certificada del martes, con acuse; el mensaje de voz del miércoles, dos frases, las que me había costado más escribir en años: «Don Julen, soy la administradora.
Necesito verle el sábado en Torregil. No es por la ocupación.
Es por su hermana. Su hermana no se cayó sola. »—. Explíqueme eso último.
—Por teléfono no —dije, con el motor ya parado y la niebla pegándose al parabrisas—. Venga el sábado. Le abro el piso, le enseño lo que tengo, y decide usted. Pero venga.
Hubo un silencio largo, de línea mala y de hombre que lleva dos años sin querer bajar. Después:
—El sábado estoy ahí —dijo—. Salgo de Burgos de madrugada, tengo ruta hasta Miranda y de Miranda me acerco. A mediodía estoy en ese portal. Y se lo digo claro, Urrutia: voy a ver el piso de mi hermana y a echar a esa gente. Lo demás —lo demás ya veremos lo que es.
—El sábado, pues —dije.
—El sábado —dijo Julen, y colgó sin despedirse, que era su manera de quedarse.
Me quedé un rato en el coche, con las manos en el volante y el cristal empañándose despacio.
Lo tenía todo ya sobre la mesa: la semilla puesta en el bar, el cuaderno esperando en la mesa de Amparo, el móvil en mi bolsillo configurado para dos toques, mi hijo a salvo, mi madre sin saber nada, Fermín a punto de quedarse sin sitio donde poner la verdad, mi marido haciendo guardia de madrugada en su propia cocina, y un camionero de Burgos bajando el sábado a echar de su casa a la única hija que su hermana había tenido.
Todo caminaba hacia el mismo rellano, con fecha y con hora, como a mí me gustan las cosas.
Lo que no sabía —lo que no quise saber mientras subía por la escalera, a oscuras, con el ascensor estropeado y su cartel colgado— era cuántos de nosotros íbamos a seguir de pie cuando la escalera terminara de hablar.