El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 15 — ¿Qué saben? #2
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Capítulo 15 — ¿Qué saben? #2

Lo cuento sin épica, porque no la tuvo: por la mañana, en el despacho, abrí la grabadora del móvil, la probé con mi propia voz leyendo un párrafo de la hoja de cálculo, la escuché, la borré, y configuré el teléfono para que grabar fuera dos toques y nada más.

Después me lo eché al bolsillo de la chaqueta de estar por casa, encendido, y así quedó.

Mi oficio entero es documentar: fechas, asientos, acuses, la hora del recibo y el orden de los papeles.

Había pasado dos años administrando una noche sin dejar un solo rastro nuevo, y aquel martes invertí la costumbre: a partir de ese día, todo lo que pasara en mi casa, en mi rellano, en mi cocina, quedaría grabado.

Si alguien volvía a hablar de horarios con sonrisa, quedaría grabado.

Si mi marido decía una frase de más, quedaría grabado.

No se lo dije a nadie. Las administradoras no anunciamos los archivos; los abrimos.

Aquel martes, además, pasó una cosa que no estaba en ningún plan.

Bajé a por el correo a la una, y en el tramo del segundo me crucé con Saioa, que subía de la compra con el pan bajo el brazo.

Nos paramos las dos, por esa ley vieja de las escaleras que dice que dos personas que ya se han dicho lo que nos habíamos dicho no pueden cruzarse con un buenas tardes.

No hablamos del sábado. Hablamos de Vitoria: me preguntó si el chico iba a ir de verdad, si la abuela estaba al tanto de algo, si el viaje era seguro con la niebla.

Le dije que sí a todo, y que a mi madre no le contaba nada, y que eso era lo que más me costaba de la semana.

Saioa asintió, y después, con la voz todavía más baja, preguntó lo que llevaba días queriendo preguntar, se notaba:

—¿Cómo era ella un martes cualquiera? No en las cartas. En la escalera.

Le dije lo primero que me vino, que era lo verdadero: que Amparo bajaba la basura a las ocho en punto y reñía a quien dejaba el cubo mal cerrado; que pulía la barandilla con aceite de linaza cada primavera y la escalera olía a madera nueva una semana; que daba caramelos de violeta a los niños y normas a los mayores, y que un martes cualquiera, si llovía, dejaba el paraguas escurriendo en el rellano en vez de dentro, para no mojar el suelo de su casa, y el suelo del rellano lo secaba después con una fregona vieja que guardaba solo para eso.

Saioa escuchó con la mandíbula quieta y los ojos no, y cuando acabé dijo «gracias» con la cortesía ya sin ensayar, y subió, y yo bajé, y las dos llevábamos a cuestas a la misma mujer, que era, al fin y al cabo, la forma exacta de aquella alianza.

Lo de Mikel se lo solté en la cena del martes, con el criterio de verdad a medias que era ya mi única moneda corriente: la abuela le echaba de menos, llevaba meses sin verle, y yo tenía una semana infernal con la junta de marzo y las derramas, y qué mejor que el fin de semana largo en Vitoria, con el txangurro de la abuela y sin horarios.

—¿El fin de semana? —Mikel dejó el tenedor—. ¿Este fin de semana? Ama, el sábado hay partido. De liga. Juego de base titular, me lo dijo el entrenador hoy.

—Ya lo sé —dije—. Lo siento. Es este fin de semana.

—¿Y por qué es este? —La indignación limpia de los dieciséis años, todavía convencida de que los adultos se equivocan por accidente—. ¿Qué pasa este fin de semana que no pasa el siguiente?

Porque el sábado esta escalera va a arder, hijo, y no vas a estar en ella. Eso no se lo dije. Le dije lo otro, lo de la abuela, lo de la junta, y Raúl, desde el otro extremo de la mesa, hizo lo que no hacía nunca: entró en una conversación que no era suya, sin que nadie le pasara el balón.

—Vete a Vitoria —dijo, mirando el plato—. El partido ya vendrá otro. Un fin de semana con tu amatxi no le hace daño a nadie. Además, en casa vamos a estar liados.

—¿Liados con qué? —dijo Mikel.

—De papeles —dijo Raúl—. Cosas de la comunidad de tu madre.

Mikel bufó, se llevó el plato al fregadero —su única asignatura doméstica, aprobada con bronca— y se encerró en su cuarto con el portazo medido de los que todavía no se atreven a dar portazos de verdad.

Yo recogí la mesa despacio, y con las manos en la espuma me vino la frase entera, la que había quedado flotando sobre el mantel: mi marido, que no entraba en nada desde hacía semanas, había entrado para sacar a su hijo de la casa.

Lo anoté. En el archivo sin carpeta, que a esas alturas tenía ya más fondos que el oficial.

El miércoles fue el día de Eneko y el bar.

Lo supe por el parte que me dio después, de puertas para dentro del cuarto B, con el cuaderno en la mesa y la luz del patio muriéndose: había bajado al de la Estación a la hora del vermú, Fermín estaba en la barra con el periódico atrasado, y entre el primer vino y el segundo, Eneko había soltado la semilla con la indiferencia de quien comenta un parte de tráfico: que ojalá hubiera conocido él a la anterior administradora, que decían que lo apuntaba todo en un cuaderno, que esa gente vale oro, que lástima que esas libretas se pierdan.

Y Fermín, según Eneko, se quedó quieto un segundo de más con el vaso a medio camino, y dijo «¿cómo que se pierdan?

», y Eneko dijo «se pierden, se heredan, acaban en una caja de un trastero, quién sabe; aunque a veces aparecen», y dejó la frase ahí, a la altura de la barra, sin mirarla.

Fermín no dijo nada más en toda la mañana.

Pagó él los vinos, cosa que nunca hacía, y se fue antes de tiempo, con la boina calada, como quien tiene una cita.

—Mañana o pasado tendrá usted visita —me dijo Eneko—. O subirá él, o me buscará a mí. Cuando se mueva, me avisa.

—Y si no se mueve —dije.

—Se moverá —dijo—. Lleva dos años queriendo moverse. Solo necesita que alguien le deje una puerta entreabierta. —Me miró con la cara sin público—. Usted mejor que nadie sabe de qué hablo, Carmen.

El miércoles por la noche, Raúl rompió su silencio. O lo rompió la casa por él.

Yo estaba en el despacho cerrando el orden del día de la junta —el documento más falso que redacté en todo aquel invierno, una junta de marzo que ninguno de nosotros iba a vivir igual— cuando le oí llegar: no el ascensor, que era su sonido de siempre, sino la escalera.

Pasos de hombre pesado subiendo despacio, parando en cada rellano.

Supe que era él antes de la llave, por la respiración al otro lado de la puerta, esa manera de llegar cansado.

Entró, soltó las botas con su cuidado de casa de alquiler, y no vino a darme el beso de la coronilla de camino a la nevera. Se quedó en la puerta del despacho.

—¿Subiste andando? —dije, y me oí decirlo, y no pude retirarlo.

—Se ha estropeado el ascensor —dijo—. Estaba el cartel. —Se apoyó en el quicio—. He visto hoy a Fermín. En la calle. Me ha preguntado por ti. Que si estabas bien. Así, de la nada.

—Está con lo de la junta —dije.

—La junta —repitió Raúl. Y entonces lo dijo, con la voz baja, sin entrar en el despacho, como quien habla desde el quicio para poder irse rápido—: Carmen. Los del cuarto. Tú pasas tiempo ahí dentro. Te he visto cruzar el rellano dos veces esta semana.

—Son vecinos —dije—. Hay temas de la comunidad.

—No son vecinos —dijo él—. Tú misma lo dijiste. No han comprado nada. —Dio un paso dentro, y la luz de la lámpara le cortó la cara a la mitad—. Lo que no entiendo es qué haces tú sentándote con esa gente. Qué les estás contando.

—No les estoy contando nada —dije.

—¿Seguro?

—Seguro.

Se quedó mirándome. Diecinueve años de matrimonio te enseñan los tonos de una persona como te enseña la escalera los pasos, y el tono que usó a continuación no lo había oído yo nunca, ni en las obras que se tuercen ni en los clientes que no pagan: una voz despacio y por dentro, medida, como se habla junto a una viga que cruje.

—¿Qué saben esos? —dijo.

—¿Qué van a saber? —dije—. Lo que sabe todo el mundo. Que el piso es de una herencia sin hacer. Que pagan la comunidad. Que…

—¿Qué saben? —repitió, y no era una pregunta retórica; era una pregunta de verdad, con hambre—. ¿Qué les has contado tú? ¿De qué habláis ahí dentro?

Y ahí estaba. Lo oí con el cuerpo entero, con la parte de atrás de las rodillas, con el móvil grabando en el bolsillo de mi chaqueta colgada del respaldo de la silla: mi marido no me preguntaba quiénes eran.

Llevaban casi dos meses viviendo a tres metros de su cama, con una escritura falsa y un apellido prestado, y él no había preguntado jamás quiénes eran, de dónde venían, qué querían.

Preguntaba qué sabían. Solo eso. La gente inocente pregunta quién; la gente con una noche escondida pregunta qué se sabe de la noche.

Y la segunda frase era peor: qué les has contado tú.

No «qué les han contado». Qué les has contado tú.

Debajo de esa frase había otra, no dicha, y las dos lo sabíamos: qué hay que contar, Raúl.

Qué es lo que tú crees que yo puedo contar.

—De la comunidad —dije—. De las cuotas. De la junta. ¿De qué quieres que hable con unos vecinos?

Raúl no contestó enseguida. Me miró un momento largo, y en su cara pasó algo que le había visto de perfil durante semanas y nunca de frente: no miedo de mí; miedo al rellano. Después asintió, como quien asienta una tuerca, y dijo:

—Las copias quedan, Carmen. Acuérdate. Las notas no, pero las copias quedan.