Capítulo 15 — ¿Qué saben?
El domingo no pasó nada, y lo ficho como se fichan los días decisivos.
Comida larga, alubias con su sacramento, la sobremesa con la tele bajita y el partido de fondo.
Mikel habló del partido de liga del sábado siguiente —de verdad, no amistoso— con el hambre puesta en la semana entera.
Raúl comentó una jugada que ninguno de los dos habíamos visto.
Yo sonreí en los sitios donde se sonríe.
Y por dentro estuve todo el día sentada en otra mesa, la del comedor de Amparo, con la última línea del cuaderno detrás de los ojos: R.
, veinte treinta, rellano. No quiere subir a casa.
Lo miré durante la sobremesa, a mi marido, con la disimulación de oficio de quien coteja dos documentos sin mover la cabeza.
Lo miré pelar la mandarina del postre, ofrecerle la mitad a Mikel, discutir con el árbitro de la tele como si el árbitro le debiera dinero.
Y no encontré nada: ni al asesino ni al inocente, ni la mano que empujó ni la mano que no.
Encontré al hombre de siempre, que era exactamente el problema, porque durante dos años me había bastado el hombre de siempre para no hacerme la pregunta, y ahora la pregunta ya estaba hecha y el hombre de siempre no la tapaba.
Esa noche me acosté a su lado y estuve oyendo su respiración sin saber qué estaba oyendo: si el sueño de mi marido o la guardia de un desconocido.
El nombre lo dije en voz alta por primera vez el lunes, en el cuarto B, y no se cayó la casa.
Había quedado con ellos a las once, cuando Mikel estuvo en el instituto y Raúl en la obra.
Crucé el rellano con la corrección de siempre —tres metros, la llave de mi casa en el bolsillo, como si fuera a una gestión— y Saioa me abrió antes del segundo golpe de nudillos.
El cuaderno estaba sobre la mesa del comedor, cerrado, con la caja de las cartas al lado.
No había vuelto a mi despacho. Lo habíamos decidido el sábado sin decidirlo: mi casa ya no era un archivo seguro; alguien la había leído una vez y podía volver.
La libreta se quedaba en la casa donde había nacido, que era además la única casa de la finca cuya cerradura no abría nadie más.
Hay ironías que mi oficio no sabe presupuestar.
—R. —dije, sentándome, sin preámbulo, porque los preámbulos eran otra manera de no decirlo—.
En esta casa no hay ninguna erre en el censo.
En mi vida hay uno. Mi marido. Raúl. Reformas Urrutia.
—Lo dije entero, con el apellido y la empresa, como se identifica a un compareciente en una escritura—.
Las facturas son suyas. Yo las grapaba. Eso ya lo saben.
Lo que no saben, lo que no sabe nadie, es lo que tengo en la carpeta de las pruebas desde la semana en que les abrí los libros: la noche del quince de enero él declaró que bajó a fumar al portal a las ocho y media, y Begoña Iraola, que estuvo en su ventana del tercero desde las ocho y media hasta la ambulancia, no vio a ningún fumador en el portal.
Nadie. Ni entrar ni salir. Y la tele de mi casa sonó altísima aquella noche, dos pisos por encima de la ventana de Begoña, con las ventanas cerradas.
Yo no la subí. Mikel no la tocó. —Respiré—.
Y desde aquella noche mi marido no pisa la escalera.
Once años subiendo andando, con la compra, con las herramientas, con el niño de la mano.
Y dos años entrando y saliendo por el ascensor, con el nudillo, como quien esquiva un rellano.
Eneko no escribió nada. Me escuchó con las manos quietas, y supe que cada frase caía en un archivo mejor que el mío, el que no se puede cerrar.
—Eso, dicho en un despacho, no es nada —dijo él al final—.
Un fumador que no salió, una tele alta, un ascensor.
Son tres papeles pequeños. Ya sabe cómo funciona: se necesitan muchos papeles pequeños apuntando al mismo sitio.
Y para el empujón no tenemos ni uno. El fraude está completo: cuaderno más libros azules, eso se lo puede llevar mañana mismo al colegio de administradores o a un fiscal y duele.
Pero su marido no se despeña por unas facturas, Carmen.
Los fraudes de comunidad se pagan con multas y con vergüenza.
Si hizo lo que creemos que hizo, lo hizo para tapar esto otro, y es esto otro lo que no podemos probar.
—Fermín —dije.
—Fermín —repitió Saioa, desde el quicio de la cocina.
—El quince de enero, Amparo le dijo a Fermín que llevaba las cuentas a la junta de marzo, con papeles —dije—.
Él le pidió una semana. Eso está escrito.
Y a las ocho y media de esa misma noche, mi marido estaba en un rellano hablando con ella.
Alguien le contó a Raúl que Amparo sabía.
Solo Fermín lo sabía. —Lo ordené en voz alta, por primera vez, y se ordenó solo, que es como se ordenan las cosas verdaderas—.
Fermín firmó durante años sin mirar, y cuando mirar ya no servía de nada, avisó.
No sé si por miedo o por costumbre o por lo que le tocara de cada factura.
Pero la cita del rellano la puso en marcha él.
Y Fermín vive en el quinto, y la escalera es el oído de la casa.
Si alguien oyó aquella noche lo que no declaró, fue el hombre que lleva dos años diciéndome que no remueva la casa.
Hubo un silencio de mesa de trabajo. Eneko se levantó, fue hasta la ventana del comedor —la que da al patio de luces, la misma luz de siempre— y habló desde allí, sin volverse.
—Llevo dos semanas de bar con Fermín Elosua —dijo—.
Los martes, el vermú, la carta de los vinos de la casa.
Es un hombre que habla, y que habla más cuanto más le duele una cosa.
Ya me contó las horas de aquella noche sin que yo se las pidiera, que es como se cuentan las culpas: primero como chisme, después como penitencia.
—Se volvió—. Esta semana le doy la última cuerda.
Le cuento que ha aparecido un cuaderno. Nada más.
Que ha aparecido, y que en él hay una letra efe con un visto bueno debajo de cada factura.
Y entonces el presidente hará lo que lleva dos años haciendo: nada.
O hará otra cosa. Los hombres como Fermín no confiesan porque se les apriete; confiesan cuando se quedan sin sitio donde poner la verdad.
—¿Y yo? —dije.
—Usted cierra —dijo Eneko—. Cuando yo haya sembrado, usted sube al quinto con el cuaderno y se lo pone delante.
Sola. Vecina a presidente, administradora a firmante.
Yo no puedo estar en esa habitación: conmigo delante, Fermín es un hombre acorralado; con usted, es un hombre ante su conciencia, que es el único tribunal que le da miedo de verdad.
—Y yo no salgo —dijo Saioa.
No era una pregunta. Eneko asintió.
—Tú no sales —dijo—. Si esto acaba mal, acaba en un juzgado, y tú no existes legalmente para nadie en esta historia. Además —la miró un segundo— hay un niño de por medio. Mikel no debería estar en esta casa cuando esto salte.
—Mikel no va a estar —dije, y los dos me miraron, y ahí me di cuenta de que lo había decidido sin decidirlo otra vez, o que lo había decidido la semana anterior, en el portal, cuando un hombre me recordó con una sonrisa qué días entrenaba mi hijo—.
Este fin de semana se va a Vitoria, a casa de mi madre.
Lejos de esta escalera. Eso lo pongo yo encima de la mesa como condición: lo que sea que pase el sábado, mi hijo lo ve por teléfono desde casa de su abuela, o no lo ve. Nada más.
—Es lo primero que teníamos que haber dicho nosotros —dijo Saioa, bajito—. El sábado pasado, cuando usted cruzó el rellano. Que el chico sobra aquí. Que esto es cosa de los que debemos.
La miré. Aquella mujer me había acusado de asesinato un jueves y me defendía a mi hijo un lunes, y las dos cosas le salían del mismo sitio, y ese sitio era la casa entera.
Su madre había apuntado quince años de esta finca para que no se la llevara el aire; la hija llevaba un mes viviendo en ella para que alguien contestara.
Yo era, de las tres personas de aquella mesa, la única que había pasado dos años en la casa sin hacer ninguna de las dos cosas.
—Falta una pieza —dijo Eneko—. El heredero.
Si esto se hace, se hace delante de todos, y el cuarto B tiene un dueño legal en Burgos que ni sabe que existimos como lo que somos.
El sábado que viene es la junta… no. La junta es en marzo.
Da igual: hace falta un motivo para que todos estén a la vez en esta escalera, y el mejor motivo es el de siempre: la propiedad. Que venga Julen.
—Julen no viene —dije—. Llevo dos años escribiéndole. Me llamó el lunes pasado por primera vez, porque le escribí «ocupación» y no «hermana». Me dijo que me ocupara yo, que para eso cobra la comunidad.
—Escríbale otra vez —dijo Eneko—. Certificada, con acuse, como usted sabe. Y después llámelo. Y esta vez no le hable de papeles.
—No —dije—. Esta vez le hablo de su hermana.
Quedamos en lo poco que se puede quedar cuando lo que se prepara no tiene precedente en ningún acta: cada uno en su puesto, nadie solo, nada por escrito fuera de lo que ya estaba escrito.
El cuaderno no saldría del cuarto B hasta el sábado.
Si Fermín se movía antes, yo subiría al quinto sin la libreta, a tanteo; si no se movía, el sábado estaría todo en la misma escalera a la vez: el heredero, la hija, el detective, la administradora, el presidente y mi marido.
Lo dije en voz alta y sonó a convocatoria de junta, y me pregunté qué diría Amparo de que su casa hubiera acabado siendo la sala de espera de todo esto.
Lo que no dijimos ninguno de los tres, y estaba encima de la mesa como el cuaderno, era que ninguno sabíamos qué haría Raúl cuando la escalera hablara.
Eneko lo había dicho el sábado: dos años conviviendo con la única persona que puede probarlo.
La frase me acompañó los tres metros de vuelta a mi casa como se acompaña a alguien hasta su portal.
El martes empecé a grabar.