Capítulo 14 — La hija #3
Y ahí fue donde hice la apuesta. La mayor desde la noche en que entré a robar una libreta: porque entendí, sentada en el comedor de Amparo, que aquellos dos no eran el final de nada.
Eran la primera mesa de lectura que tenía en dos años.
Yo había cargado sola con mi mitad de aquella noche setecientos treinta días, y enfrente había dos personas que cargaban con la otra mitad, y entre las dos mitades había exactamente una cosa que ninguno de los tres había leído entera.
—El cuaderno existe —dije.
Los dos se quedaron muy quietos.
—Lo tengo yo —dije—. Desde aquella noche.
Entré, lo cogí del segundo cajón, y después llamé.
Eso son mis veinticinco minutos: once esperando a que alguien más abriera primero, con mi hijo haciendo fracciones en la cocina, y catorce entre la basura y el teléfono, con una libreta robada caliente bajo la chaqueta y una mujer muriéndose a oscuras en el rellano de la bombilla fundida.
No la empujé. La dejé sola, que no es lo mismo y se parece demasiado.
—Lo dije todo seguido, porque si lo dosificaba no salía—.
Escondí el cuaderno dos años sin leerlo.
Lo escondí para no leerlo. Hace dos semanas lo leí.
Y ahora voy a casa a por él, y lo pongo encima de esta mesa, y después ustedes me dicen quién es R.
Salí del cuarto B sin esperar respuesta, crucé el rellano —tres metros, la frontera de mi propia casa—, entré en el despacho, abrí el cajón con llave del archivador.
Ahí estaban, uno encima de otro, la amenaza sobre el motivo: el papel de imprenta cuidada, sabemos que llamó usted tarde, y debajo la espiral azul oscuro con las esquinas gastadas.
Cogí el cuaderno. Dejé la nota. Volví a cruzar el rellano con la libreta contra el pecho, como dos años atrás, solo que esta vez la llevaba a su casa.
La puse sobre la mesa del comedor de Amparo, entre la caja de las cartas y la carpeta cerrada de Eneko. Nadie la tocó un momento. Después Saioa se sentó, despacio, como quien se sienta a una mesa de operaciones, y la abrió.
Conocía la letra desde la primera línea.
Se le quebró la cara entera, no la voz: leyó con la cara rota y la mandíbula quieta, página a página, y Eneko leía por encima de su hombro con la concentración de quien cobra por ello, y yo leí por tercera vez mi propia desgracia en la letra de otra persona.
Las cuotas, las averías, Begoña y sus plantas, la niña del piano: quince años de finca pequeña en aquella letra.
Después el otoño de dos años atrás, la letra más apretada, la factura doscientos catorce, los bajantes duplicados, F.
firma sin mirar, el tres de diciembre, el nueve de enero, cuarenta mil bajando. Quise contárselo a C. No tuve valor.
Saioa levantó la vista un segundo.
—C. —dijo.
—Yo —dije—. Me lo quería contar a mí primero. No tuvo valor. La empresa lleva el apellido de mi casa.
Siguió leyendo. El trece de enero, la bombilla fundida, qué oscura se queda la escalera. El quince: Fermín pidiendo una semana, y ella sin dar ni un día. Y después la última página, que los tres veíamos ya juntos, las tres cabezas sobre la mesa como sobre una radiografía:
«15 de enero. R., 20:30, rellano. No quiere subir a casa.
Si esto sale mal, al menos que lo sepa S.»
—S. —dijo Saioa, y su dedo tembló encima de la letra sin tocarla—. Soy yo. Me dejó un recado en la última línea. —No lloró. Aquella mañana no lloró; lo administró todo por dentro, y fue lo más parecido a su madre que la vi jamás—. Esto salió mal. Y lo supe.
Nadie habló un rato. El bajante de mi casa había dejado de sonar; la caldera del cuarto B ronroneaba; la luz blanca no se movía. Y entonces Eneko hizo lo que hacen los investigadores cuando el papel se acaba: la pregunta siguiente.
—R. —dijo—. Veinte treinta, rellano. No quiere subir a casa. —Me miró—. ¿Quién es R., Carmen?
No contesté. La respuesta estaba en la habitación desde hacía un rato, con su apellido en las facturas y su furgo nueva y su manera de no pisar la escalera desde aquella noche, y nadie la había pronunciado todavía, y yo descubrí que no podía ser yo la primera.
No por lealtad. Por miedo a la forma que tomaría todo lo demás en cuanto la dijera.
—Vale —dijo Eneko, leyéndome como se lee una escritura, por focos—. No la pronuncie, entonces. Escúcheme a mí.
—No —dije—. Antes me responde usted a una pregunta.
La última que me queda. El jueves de la semana pasada alguien entró en mi casa mientras estaba vacía.
Sin forzar la puerta: mi cerradura tiene treinta años, como la de enfrente, ya sé lo que eso significa para usted.
Registró el armario empotrado del pasillo.
Solo las cajas de Amparo: las mías ni las rozó.
No se llevó nada y lo repuso todo casi bien.
Casi. —Los miré a los dos—. ¿No fuisteis vosotros?
—No —dijo Eneko.
Lo dijo sin una pausa, sin un gramo de la cortesía ensayada de las primeras semanas. Saioa tampoco se movió: aquello no era nuevo para ella, era una regla vieja de los dos.
—Nosotros no hemos entrado nunca en su casa, Carmen —dijo él—.
Se lo puedo jurar por lo poco que me queda sagrado.
Esa era la regla del método, la única innegociable: el cebo no muerde.
Este piso estaba en herencia yacente y entramos sabiendo lo que éramos; su casa tiene dueña viva y despierta, y cruzar esa puerta nos convertía en otra cosa.
—Se inclinó sobre la mesa—. Ahora piense conmigo, que para eso ha traído el cuaderno.
Quien entró allí conocía su casa sin haberla visto nunca.
Sabía que detrás de su puerta hay un pasillo, que en el pasillo hay un armario empotrado, que en ese armario se archiva lo frío.
Nosotros hemos visto su recibidor una vez, dos minutos, el día de la escritura.
Nadie adivina un armario empotrado al final de un pasillo, Carmen. Usted misma lo pensó.
Lo había pensado. Lo había pensado nueve días atrás, de cuclillas en mi propio pasillo, y lo había archivado sin formular, que era mi manera de no saber las cosas.
—Y había más —siguió Eneko, con la voz baja, no por la escalera, sino por mí—.
Ese alguien buscaba esto —señaló el cuaderno— en su casa.
No aquí. Nosotros llevábamos un mes viviendo encima del segundo cajón vacío, preguntándonos dónde habría ido a parar la libreta; el de la semana pasada no se lo preguntaba: sabía que no estaba aquí y sabía dónde mirar.
Sabía más que nosotros. —Me miró—. En su vida, Carmen, ¿cuántas erres caben en esa letra?
Miré a Saioa. Saioa miraba el cuaderno, y en su cara había algo nuevo: la sospecha despegándose de mí como se despega una etiqueta vieja, despacio, con cuidado de no llevarse el papel de debajo.
El mundo entero girando sobre una letra inclinada, y yo sin fuerzas para pararlo y sin fuerzas para empujarlo.
—No lo sé —dije, y era la mentira más grande que dije en todo aquel invierno, y los tres lo sabíamos.
Eneko cerró el cuaderno con dos dedos, como se cierra una cosa sagrada y comprometida. Se quedó mirándome con la corrección de manual convertida por fin en otra cosa, y dijo:
—Piénselo de esta manera, entonces. Si su marido la empujó, lleva dos años conviviendo con la única persona que puede probarlo. ¿Qué cree que hará cuando sepa que usted lo sabe?