Capítulo 14 — La hija #2
—La primera carta la tengo aquí —dijo, y señaló el mueble del recibidor sin moverse—.
Y las once siguientes. Doce cartas en dos meses.
Ella escribía como hablaba, supongo que usted lo sabe mejor que yo: sin una palabra de más, contando las cosas pequeñas.
Que la escalera olía a cera. Que la vecina del tercero regaba los sábados.
Que tenía una ayudante que era ya su mano derecha y a la que no se lo había dicho nunca.
—Me miró—. Usted, Carmen. Está usted en las cartas.
Llevo meses sabiendo de usted por mi madre, que es una manera muy rara de conocer a alguien a quien luego tienes que sospechar.
El comedor se quedó quieto. El calendario de la farmacia colgaba en la cocina con su enero detenido.
—Quedamos en conocernos a finales de enero —siguió Saioa—.
Ella puso la fecha. «Después de Reyes», dijo, «que tengo que arreglar una cosa antes».
No me dijo qué cosa. Yo pedí vacaciones, miré pensiones en Torregil, le compré un regalo idiota, un pañuelo, como si se pudiera conocer a una madre con un pañuelo.
Y el dieciséis por la mañana me llamó la gestora.
—Se calló un momento—. Vine, claro. Vine a conocerla y me encontré con un tanatorio en Burgos, al fondo de la sala, sin derecho ni a un ramo, con un hermano suyo que no sabía que yo existía mirándome como se mira a una desconocida.
Y después con un expediente cerrado: caída accidental, trágica, archivada.
Sin derechos, sin parentesco, sin nadie que me debiera una respuesta.
Pedí ver el atestado como hija y me enseñaron la ley: yo no era hija.
La ley me había borrado de su vida con mucho cuidado, con todas las firmas en regla.
Iker no se movió en todo el relato. Lo anoté: había oído aquella historia muchas veces y le seguía doliendo en algún sitio, o era muy bueno fingiéndolo, y a esas alturas de aquella mañana yo ya no sabía distinguir, o sí, y me daba miedo saberlo.
—¿Por qué no se fue? —pregunté—. Después del tanatorio. ¿Por qué no se volvió a Getxo?
—Por las cartas —dijo Saioa—. Por la última.
Fue al mueble del recibidor —el mueble de su madre, el del segundo cajón— y volvió con una caja de zapatos forrada de papel de librería.
La abrió sobre la mesa del comedor. Dentro, doce sobres ordenados por fecha, con la letra inclinada y compacta que me había enseñado el oficio.
Le temblaron las manos al sacar el último.
No lo disimuló; aquella mañana ya no disimulaba.
—Llegó el veintidós de enero —dijo—. Estaba escrita antes de morir. La leí en el tanatorio, al fondo de la sala, mientras la enterraban a doscientos kilómetros de su escalera. Léala usted también. Usted la conocía. Usted sabrá si suena a despedida.
Me tendió dos hojas. Las tomé como se toma una cosa que pesa más de lo que pesa, y leí el principio, que era cotidiano —el frío, la comunidad, una avería del descalcificador— y después el final, que era esto:
«…llevo semanas con un nudo, hija. Hay dinero de la comunidad que no está donde debería.
Dinero de todos: de la vecina que riega los sábados, de los hermanos del primero, de la niña del piano.
Lo encontré yo, que para eso me pagan mal pagada, y voy a arreglarlo antes de conocerte.
No quiero que me conozcas en medio de esto.
Quiero que me conozcas en orden, no en deuda.
No te asustes: no es peligroso, es feo, que es distinto.
La gente decente se equivoca despacio y a mí me toca señalar la equivocación con el dedo, que es la parte más vieja de mi oficio.
La escalera de esta casa lo oye todo, Saioa. Te lo escribo y me río sola, pero es verdad: treinta años oyendo vidas por el hueco. Algún día alguien lo dirá. Algún día alguien abrirá una puerta a tiempo.
Cuando vengas, sube despacio. Son cuatro pisos. Yo te espero arriba, con café bueno, que ya lo he comprado.»
Debajo, la firma: Amparo. Sin apellido. La primera vez que la leí sin apellido, y era su hija quien me la enseñaba.
Doblé las hojas con cuidado de oficio y las devolví.
Qué oscura se queda la escalera, había apuntado en el cuaderno tres días antes de morir.
Quiero que me conozcas en orden, no en deuda.
Las dos frases eran la misma mujer y la misma semana, y por primera vez supe que Amparo tenía miedo de verdad y planes de verdad, el miedo en una libreta y los planes en una caja de zapatos.
—Ella lo había encontrado —dijo Iker—. Lo de las facturas.
No lo sabíamos entonces; lo supimos al leer los libros en su despacho, y se agradece la corrección, Carmen: muchos administradores habrían puesto pegas.
La obra repetida del portal, los bajantes dos veces, la azotea.
Cuarenta mil euros en tres años, cobrados por Reformas Urrutia, autorizados por el presidente, pagados por la administración.
—Dejó la frase quieta un segundo—. Cuando uno suma eso a los veinticinco minutos, a la libreta desaparecida y a la cartera heredada, el dibujo se hace solo.
Se lo hizo a ella en noviembre. Se lo hizo a nosotros en diciembre.
—Y ahora —dije— cuénteme usted. Quién es, cómo entraron, por qué así.
Iker se recostó en la silla y se miró las manos, que eran unas manos sin anillo y sin historia, y sonrió por primera vez en aquella mañana, una sonrisa sin público.
—Eneko Zubizarreta —dijo—. Detective privado, licencia al día, despacho en Bilbao.
Antes, policía. Catorce años. —Lo dijo sin orgullo y sin vergüenza, como se da una medida—.
Saioa me contrató en otoño. Con sus ahorros, que no eran muchos; le hice precio de familia.
Ella no podía pedir el atestado, no podía pedir la herencia, no podía pedir nada: legalmente era una ciudadana cualquiera con una caja de cartas.
Yo sí podía leer. Leí lo cerrado, hablé con quien aún me habla, y monté el expediente que la policía no montó, porque los accidentes no llevan contabilidad cruzada.
Y el expediente, Carmen, apuntaba aquí. A esta casa. A este rellano. A usted.
—Al menos es honesto —dije.
—Soy profesional —dijo—. Que es la honestidad que puedo pagarme.
—Se inclinó hacia delante—. Lo del piso fue idea mía.
Saioa estuvo dos meses en contra, que conste; es más legal que yo, lo cual en su caso es un cumplido y en el mío un diagnóstico.
Pero no había otra puerta. Una herencia sin aceptar, un heredero que no contesta, un piso cerrado con todas las respuestas dentro: la ley tarda años en abrir esa cerradura, y nosotros no teníamos años, teníamos una sospecha envejeciendo.
Así que entramos nosotros. La escritura la fabriqué yo, con un notario de verdad tomado prestado y un vendedor que nunca iba a venir a desmentirla —jugamos a que Julen Agirre no bajaría nunca, y aquí sigue sin bajar—.
La cerradura la abrí yo, sin romper nada: una cerradura de hace treinta años no es una cerradura, es un saludo.
Y la cambié después, no por nosotros: por equidad.
Si esta casa iba a volver a hablar, nadie iba a entrar en ella sin llave, ni siquiera la administradora con su duplicado.
Nadie. —Me miró—. Pagamos la comunidad al día, no hemos movido un mueble sin fotografiarlo antes, y el día que el heredero aparezca, nos vamos en una hora y le dejo el inventario firmado. No somos okupas, Carmen. Somos cebo.
—Cebo —repetí.
—Cebo —dijo—. Vivir aquí, a la vista, pagando, preguntando poco y oyendo mucho, hasta que la persona que sabía algo se pusiera nerviosa. Es un método viejo y es feo, y tiene esto de malo: que el cebo no elige lo que pica. Picó usted. Durante semanas pensamos que habíamos pescado lo que buscábamos.
—¿Y lo de matrimonio?
—Una mujer sola de veinticuatro años mudándose a la casa de una muerta es una noticia —dijo él—. Un matrimonio es un mueble. Nadie mira un mueble dos veces. Y a ella había que protegerla de algo más que de las miradas. —No desarrolló la frase, y no hizo falta.
—Los horarios de mi hijo —dije—. El martes y el jueves. Que se abrigue bien. Eso quiero oírlo explicado.
Por primera vez en aquella mañana, Iker bajó la vista. Fue Saioa la que contestó, desde el quicio de la cocina, con la voz más baja que nunca:
—Eso fue mío y fue feo. —Lo dijo sin escaparse, mirándome—.
Sabíamos que presionándole a usted por el chico la moveríamos de sitio.
Es lo que se hace cuando el pez no pica: se le toca la madriguera, se le toca la cría.
Yo he recogido el balón de su hijo del suelo, Carmen, y le juro por mi madre —señaló la casa entera con la barbilla— que ese niño no ha estado nunca en peligro por nosotros.
Nunca. Pero usted no podía saberlo, y lo siento.
Lo siento de veras. Es la única pieza de todo esto que no volvería a poner.
Miré a aquella mujer un buen rato. Tenía la mandíbula quieta otra vez, y los ojos no. Creí que era verdad, me lo guardé en la columna de las cosas que una decide creer, y seguí.
—Queda una pregunta —dije—. Qué esperan sacar de aquí. La policía cerró el caso. Usted mismo lo ha dicho: no reabrirá nada. ¿Qué quieren, entonces? ¿Una confesión en el rellano? ¿Venganza?
—Verdad —dijo Saioa—. Solo la verdad, con nombre.
No puedo heredarla, no puedo enterrarla otra vez, no puedo denunciar a nadie con una caja de cartas.
Pero puedo saber. Llevo dos años sin poder saber, Carmen.
Usted, que vive de papeles, entenderá lo que es eso: hay gente a la que le roban el dinero, y a mí me robaron la versión.
Quiero mi versión. Con fecha y con hora, como a usted le gustan.
El comedor se quedó en silencio. Desde la ventana entraba la luz blanca de la helada, y al otro lado de la pared mi casa hacía su sábado: Mikel ya levantado, la ducha, el bajante largo.
Mi vida de todos los días a veinte pasos de la casa de la mujer que yo había encontrado muriéndose hacía dos años y un mes.