El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 17 — La misma escalera #2
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Capítulo 17 — La misma escalera #2

No era una pregunta. Era la pregunta de la semana, la del quicio del despacho, la que me había hecho el miércoles con la voz de junto a una viga que cruje: qué saben, qué les has contado tú. Solo que ahora la hacía delante de todos, y por fin podía contestarse entera.

—Nada que no supieras —dije—. Y todo lo que no preguntabas.

Me saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta. Detuve la grabación con dos toques, delante de todos, y le enseñé la pantalla a mi marido: el contador detenido, una hora y pico de escalera guardada en un aparato de bolsillo.

—Llevo grabando desde antes de mediodía —dije—.

Dos toques. Todo lo de hoy está grabado, Raúl.

Todo lo de esta escalera. Lo de la llamada de Fermín, no; eso lo ha contado él.

Pero todo lo demás. Lo que dijiste, lo que dijo Fermín, lo que dijiste tú de las facturas, que lo devuelves mañana mismo.

—Guardé el móvil—. Ya no hace falta que nadie recuerde mal.

Lo que pasó después pasó muy deprisa, y lo cuento despacio, porque despacio es como se puede contar.

Raúl me miró la mano, la del móvil, y después la cara, y algo se le rompió por dentro con un ruido que no se oyó.

Cruzó el rellano en dos pasos y me agarró la muñeca —la derecha, la misma que Amparo me había agarrado dos años atrás, en la oscuridad, con la fuerza prestada de los que se mueren— y me la llevó contra la barandilla, me la apretó contra la madera fría del pasamanos, el lado de la caída, y me acercó la cara y dijo, con la voz deshecha:

—¿Qué sabes tú? ¿Qué te crees que sabes?

La misma muñeca. La misma barandilla. El mismo lado.

Lo vi todo al mismo tiempo: que mi marido tenía las manos que habían estado en aquel rellano dos años atrás, y que las estaba usando otra vez, delante de todos, en el mismo sitio, sobre la misma mujer de siempre convertida en otra.

No grité. No sé si por valor o por archivo: supe que la casa entera lo estaba viendo, y que verlo era lo único que hacía falta ya.

—Raúl —dijo Saioa.

Una palabra. Su nombre, dicho con la voz baja y clara de siempre, como lo habría dicho su madre, que reñía a quien dejaba el cubo mal cerrado. No fue una súplica ni una orden. Fue la casa nombrándolo.

Eneko no se movió. Lo vi moverse: medio paso, el hombro adelantado, el cuerpo de catorce años de policía arrancando solo.

Y lo vi pararse. Se quedó quieto con un esfuerzo que se le marcó en la mandíbula, las manos abiertas y quietas, porque no era policía, porque allí cualquier mano suya lo estropeaba, porque llevaba dos meses aprendiendo lo que catorce años de uniforme no le habían enseñado: que hay rellanos donde la única mano útil es la que no se echa encima.

Y las puertas. Las puertas se abrieron todas.

No lo decidió nadie. Fue la casa. La del segundo se abrió del todo, y el padre salió al rellano; la del primero, y los dos hermanos con el perro; la de Begoña, que ya estaba fuera y dio un paso más, y la bata de casa era un uniforme; arriba, la puerta del quinto, que ya estaba abierta, y Fermín bajando un peldaño más.

Las luces de los rellanos se fueron encendiendo una tras otra —los sensores, las puertas, las casas encendidas detrás de las puertas—, el hueco entero iluminándose de abajo arriba como se enciende un edificio cuando vuelve la luz.

Dos años de gente oyéndolo todo detrás de las puertas cerradas, y aquella noche ninguna puerta se cerró.

Nadie gritó. Nadie bajó ni subió. Se quedaron todos quietos, mirando, presentes, que era lo que no habían hecho la otra vez.

Raúl los miró. Miró las puertas abiertas, las luces, las caras. Y me soltó.

Me soltó la muñeca despacio, como se suelta una cosa que pesa más de lo que pesa, y se quedó mirando su propia mano como si no la conociera, y después miró la barandilla, el lado de la caída, la niebla detrás del ventanuco del patio de luces. Y bajó.

Bajó el medio tramo hasta el rellano de entre el tercero y el cuarto, solo, con la mano en el pasamanos, parando en cada peldaño, como el miércoles, como quien reza.

Nadie lo siguió. Se sentó en los peldaños, en el sitio exacto, en el terrazo gris donde yo encontré a Amparo dos años atrás, y se miró las manos, y empezó a hablar con la voz plana de las cuentas que por fin cuadran.

—La llamé yo —dijo—. Cuando llamó Fermín.

Le dije que habláramos, que aquello se podía arreglar, que no llevara nada a ninguna junta.

Ella dijo que bien, que habláramos, pero que no subiera a su casa.

—Se rio una vez, sin gracia, sin alegría—.

No quería que yo entrara en su casa. Nunca quiso.

Tenía más ojo que todos nosotros juntos.

Nadie se movió. Saioa había bajado dos peldaños y se había quedado quieta, agarrada al pasamanos. Julen estaba junto a la barandilla con el cuaderno cerrado contra el pecho, como se sujeta una cosa que se ha estado a punto de perder.

—Bajé a las ocho y media —siguió Raúl—. Estaba oscuro ya.

La bombilla llevaba fundida desde el lunes, y ella me lo dijo: qué oscura se queda la escalera.

Lo dijo como quien comenta el tiempo. Esa mujer hablaba de todo como quien comenta el tiempo, y lo apuntaba todo.

—Se calló—. Le dije que lo devolvía. Es verdad, eso se lo dije: que me diera un mes, dos, que lo devolviera todo con intereses, que mi mujer era la administradora, que el chico tenía catorce años, que aquello nos hundía a todos.

Que no era para tanto. Cuarenta mil euros de una comunidad de diez vecinos.

Sí que era para tanto, y yo lo sabía, pero se lo dije igual.

Y ella no me dijo que no con la boca. Me enseñó la libreta.

No la traía; me habló de ella. «Lo tengo todo apuntado, Raúl.

» Las cuentas son las cuentas, me dijo. Esta casa paga las suyas con el dinero de todos.

—Levantó la vista un segundo, hacia mí, hacia el cuarto—.

Eran las palabras de siempre. Las que os decía a ti y a mí en la cena, cuando venía a tomar café. Las cuentas son las cuentas.

Yo no dije nada. Las cuentas son las cuentas. Las decía en mi despacho de la calle Portalada, con el café de las diez, enseñándome el oficio. Mi marido las había oído por última vez en un rellano a oscuras.

—Me di la vuelta para irme —dijo Raúl—. Se lo juro por mi hijo: me di la vuelta.

Ya estaba acabado, yo lo sabía; había que irse a casa y prepararse para lo que viniera, la junta, la denuncia, lo que fuera.

Y ella me agarró del brazo. Del brazo, así —se tocó el antebrazo—.

Para decirme otra cosa, o para que no me fuera sin prometerle algo, no lo sé, no lo supe nunca.

Y yo me zafé. —Lo dijo mirando las manos, como se lee una medida—.

Me zafé. Fue un segundo. Solo quería que me soltara el brazo.

Le di con las dos manos, para zafarme, y el rellano estaba a oscuras, y el borde estaba donde estaba, y ella pesaba lo que pesaba una mujer de sesenta y cuatro años.

—Paró—. No hubo empujón de película. Hubo un zafarse.

Y un ruido. Y una tele que subí yo, en mi casa, un minuto después, para no oír el silencio.

—¿Por qué no llamó usted? —dijo Saioa. No gritó. La pregunta le salió baja y clara, como le salía todo, y era la única pregunta de la noche que tenía derecho a salir desnuda—. Estaba viva. La encontraron viva. ¿Por qué no llamó usted a nadie, si fue un segundo, si fue sin querer?

Raúl la miró. Tardó en contestar, y cuando contestó no lo hizo a ella: lo dijo a los peldaños, al terrazo.

—Porque una vez que no llamas —dijo—, ya no hay llamada buena.

Al minuto siguiente es tarde. A los cinco, es cárcel.

A los diez, es tu mujer la que baja con la basura.

—Se llevó las manos a la cara, una vez, y las bajó—.

Eso es lo que nadie te dice de estas cosas: que no son un momento.

Son todos los minutos que vienen detrás del momento, uno detrás de otro, y cada uno lo hace peor, y en ninguno te paras.

Dos años. Setecientas treinta noches. Ya no sabía si esperaba que me detuvieran o que me dejaran en paz.

A veces —miró a Eneko, por primera vez sin odio— a veces bajaba al portal por la mañana y miraba a los lados, y cuando no había ningún coche raro, respiraba. Así se vive. Por si acaso hoy no.

La escalera no hizo ningún ruido. Eso lo recuerdo igual que la otra vez, la del jueves en que Saioa dijo quién era: la casa entera, que lo amplificaba todo, en silencio, como si también ella necesitara archivarlo.

—No miré abajo —dijo Raúl—. Eso es lo que no he podido perdonarme, y miren que hay cosas.

No miré. Oí que se movía, oí algo, y no miré, y subí, y cerré mi puerta despacio para que la casa no me contara, y subí la tele.

Y al rato salió mi mujer a tirar la basura.

—Me miró. Por primera vez en toda la noche me miró de verdad, como se mira una cuenta que llevaba dos años sin cuadrar—.

Y tú bajaste, Carmen. Y la encontraste. Y llamaste tarde.

—No era acusación; era el asiento final, el que lo cerraba todo—.

Yo lo sabía. Sabía que habías llamado tarde, que la bolsa estuvo en el suelo todo aquel rato, que algo no cuadraba en tu versión.

Y no pregunté. Tú tampoco preguntaste nunca.

—Se dejó ir contra la pared, con la espalda contra el zócalo de madera, un metro del sitio donde ella se había muerto—.

Dos años. Tú sin preguntarme dónde estaba yo, yo sin preguntarte qué hiciste tú.

Eso era la casa, Carmen. Eso era nuestro matrimonio desde aquella noche: dos personas no preguntándose, con la tele alta y las mandarinas por la mitad.

Y ahí, sentado en los peldaños, sin nadie que lo defendiera ni lo acusara ya, mi marido hizo la cuenta entera, y yo hice la mía.