El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 13 — La acusación
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Capítulo 13 — La acusación

Dormí tres horas mal contadas, de esas que no reparan nada.

A las siete y veinte la caldera del cuarto B hizo sus dos golpes secos y su ronroneo, y la casa arrancó el martes como si la noche no hubiera pasado por mi felpudo.

Me quedé en la cama un momento, con los ojos abiertos y la frase entera en la oscuridad —sabemos que llamó usted tarde—, y después me levanté y hice lo que sé hacer: me vestí, puse el café, desperté a mi hijo, y administré la mañana de mi familia con las manos firmes.

El papel seguía en el cajón con llave del archivador, encima del cuaderno.

Lo comprobé antes de desayunar, con la llavecita en la mano, como quien cuenta la caja antes de abrir: ahí estaba, doblado en cuatro, una línea de letra de imprenta, cuidada, sin temblor.

Lo volví a cerrar. No lo enseñé en casa.

Raúl desayunó su tostada leyendo los mensajes de la obra en el móvil, Mikel se bebió la leche a medio vestir, y ninguno de los dos notó nada, porque en esta casa llevaba yo años entrenada para que no notaran nada, y aquella mañana el entrenamiento me pesó como una factura sin pagar.

Mikel entrenaba. Martes. Lo supe con el cuerpo entero desde que se levantó: a las seis bajaría solo al polideportivo, con las zapatillas colgando por los cordones, por la niebla y la noche cerrada de febrero, y en algún punto entre mi portal y el pabellón podía estar cualquiera.

Podía estar él. Que se abrigue bien. A las cinco y media me puse el abrigo encima de la ropa de casa.

—Te acompaño al portal —dije—. Tengo que echar una carta.

—No tienes ninguna carta —dijo Mikel, sin maldad, con la precisión insultante de los dieciséis años—. Llevas el bolso cerrado.

—Tengo una carta imaginaria —dije—. Baja.

Bajamos juntos por la escalera, él tres peldaños por zancada, yo con la mano en la barandilla.

En el portal no había nadie. Le vi cruzar la calle hacia la esquina, alto y desgarbado y ajeno, con la mochila al hombro, y me quedé en el quicio hasta que la esquina se lo quitó de encima: la niebla de Torregil traga rápido y devuelve poco.

Al subir, en el tramo del segundo, me crucé con Iker, que bajaba con el paso tranquilo de quien no ha dicho nunca nada.

Nos dimos las buenas tardes. Ninguno de los dos se paró.

Me aguantó la mirada un latido más de lo que dura una mirada de rellano, y sonrió con la sonrisa correcta, y en esa sonrisa, por primera vez, no busqué la amenaza: busqué la hora.

Sabemos que llamó usted tarde. Un hombre que sabe eso no lo dice para asustar.

Lo dice para lo otro, para lo que viene después del susto.

Raúl volvió a las ocho y cuarto, oliendo a frío y a cemento, y soltó las botas en el recibidor con el cuidado de los últimos tiempos, ese cuidado de casa de alquiler.

Cenamos los tres. Mikel contó que el entrenador le había dado minutos con los cadetes del primer equipo y que el sábado había partido de liga, de verdad, no amistoso; Raúl dijo «eso está muy bien» sin levantar la vista del plato, y yo dije lo que se dice, y la cena siguió por los cauces de siempre con la frase del felpudo enterrada debajo de la mesa como una tubería rota, de esas que nadie nota hasta que sale el agua.

Aquella noche Raúl peló dos mandarinas con el postre y me ofreció la mitad de una, por primera vez en semanas, y yo la acepté, y nos comimos la fruta en silencio viendo la tele como dos personas que se han puesto de acuerdo en no preguntarse nada, y pensé que hasta la fruta se había vuelto un documento: se ofrecía o no, se aceptaba o no, y todo quedaba registrado en un archivo que ninguno de los dos quería abrir.

Se durmió a las once y media con la respiración honda de las siete horas exactas.

O la fingió. Yo me quedé despierta oyéndole respirar, y a las tres y algo —mi hora, la de todas las noches desde enero— me levanté y fui a la cocina, y no puse la radio.

La Sony de botones gordos siguió apagada encima de la encimera.

No quería voces de desconocidos aquella noche; tenía suficiente con las de mi propia casa.

Calenté la leche que no quería, me la tomé de pie a oscuras, y al volver al dormitorio me detuve en el pasillo, junto al armario empotrado, y estuve un rato quieta delante de sus puertas cerradas, pensando que dentro había una caja vacía con etiqueta falsa y que al otro lado del rellano había dos personas que sabían lo de la bolsa.

La casa lo transmitía todo. Yo llevaba dos años administrando lo que la casa transmitía.

Aquella noche, ya en el despacho, con la casa dormida, hice la auditoría que llevaba tres días posponiendo. La hice a oscuras, sin encender más que la lámpara de la mesa, como se revisa un expediente propio: qué pueden saber. Qué consta. Qué papel existe con mi nombre.

Constaba la llamada. Las llamadas al uno uno dos quedan grabadas y cronometradas: veintiuna horas catorce minutos, quince de enero de dos mil veinticinco.

Eso no se negocia con nadie; eso es un asiento con fecha.

Constaba el parte policial: la encontré al salir a tirar la basura, llamé enseguida.

Y constaba —lo supe ahora, lo supe entonces, lo había sabido siempre sin querer saberlo— la bolsa.

Yo dejé la bolsa de la basura en el suelo del rellano cuando me arrodillé junto a Amparo, y no volví a por ella hasta que se la llevó la policía, que la levantó del suelo con esa delicadeza aséptica de los guantes, y la fotografió, porque las escenas se fotografían enteras aunque se cierren como accidente.

Una bolsa de basura orgánica, cerrada, junto a una mujer caída.

Cualquiera que leyera aquel atestado con oficio haría la cuenta que yo no quise hacer jamás: si salí a tirarla, la basura era de las nueve, la hora de siempre; y si la basura era de las nueve y la llamada es de las nueve y catorce, la señora Urrutia estuvo catorce minutos con una moribunda y un móvil en el bolsillo antes de marcar tres cifras.

Catorce minutos en mi propia versión. Veinticinco en la verdad.

Y constaba lo que oyó la casa. La discusión la oyeron todos: Begoña desde el tercero, los del segundo, los del primero según dijeron después, con sus matices y sus horarios.

La única persona de la finca que declaró no haber oído nada fui yo.

Estábamos con los deberes del niño y la radio de la cocina puesta.

La radio que no se encendió en toda la noche.

Lo leí ahora con los ojos de un desconocido con lápiz, y era el asiento más llamativo de todo el expediente: la administradora, la de los papeles, la que vivía a un tramo de escalera del rellano, sorda. Justo ella.

Lo que no constaba era el resto. No constaba que entré en el cuarto B; no me vio nadie, salvo el polvo.

No constaba el cuaderno, que no existía para nadie más que para mí y para quien lo hubiera buscado.

No constaba nada que un juez pudiera firmar.

Lo anoté todo en una hoja, con la letra de oficio, dos columnas: lo que consta, lo que no.

La columna de la izquierda bastaba para arruinarme la vida sin necesidad de la derecha.

Rasgué la hoja y la bajé al contenedor gris a las doce de la noche, con la bata debajo del abrigo, y al volver miré la puerta del cuarto B desde mi mirilla un rato largo, sin luz, y por primera vez no me pregunté qué querían: me pregunté cuánto les quedaba por decir.

El miércoles me llamó Fermín.

Fue a las diez, a la hora de su segundo café. Quería cerrar el orden del día de la junta de marzo —la derrama de la azotea, el tres por ciento de la limpieza— y hablamos de eso diez minutos, dos profesionales. Después, ya despedidos, con la conversación colgando del hilo de las despedidas, dijo:

—Ah. El otro día estuve charlando con el vecino del cuarto. El marido. En el bar de la Estación.

Me quedé quieta con el móvil en la oreja.

—¿En el bar?

—Suelo bajar los martes al vermú, ya lo sabes —dijo Fermín—. Pues ahí estaba él, con el periódico. Hombre educado, eso hay que decirlo. Me convidó a un vino. Hablamos de la casa, de lo vieja que es, de la escalera. Es de los que escuchan, Carmen. Me tuvo un rato largo contándole cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas de la casa. La reforma del ascensor, los años que llevo de presidente. —Una pausa pequeña, del tamaño de una taza—. Y de aquella noche, también. Ya sabes que yo no me callo. Las horas, lo que se oyó, a qué hora vino la ambulancia. El chico del bar nos puso la segunda ronda y ni la vimos.

El frío me subió por la espalda peldaño a peldaño.

—¿Le contaste las horas?

—Las que sabe todo el mundo, Carmen —dijo Fermín, con un principio de mosqueo—. La discusión a las ocho y media, el ruido después, la sirena a las nueve y cuarto pasadas. No hay secreto en eso. Lo oyó media casa y lo declaró la otra media. ¿Por qué esa cara?

No me veía la cara. Fermín decía lo de la cara por costumbre: hasta por el hilo te supone gestos, después de quince años.

—Por nada —dije—. Es que ese hombre colecciona preguntas. Me extraña que coleccione horas.

—Todos coleccionamos algo —dijo Fermín, filosófico, de vermú—. Tú coleccionas carpetas. —Y se despidió con lo de la junta, y colgó, y yo me quedé en el despacho con el móvil en la mano, mirando la ventana con la niebla apretada.