El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 12 — Mendiguren #3
65%

Capítulo 12 — Mendiguren #3

Yo me quedé quieta en el portal. Martes y jueves.

Lo sabía desde el primer día, desde el «el chico entrena a las seis» del sábado de niebla; lo nuevo no era que lo supiera: era la manera de decirlo.

Hasta entonces, el horario de mi hijo en boca de aquel hombre había sido una exhibición: mire lo que sé.

Aquel lunes era otra cosa. Era un recordatorio.

Que se abrigue bien. Se dice así, con esa entonación, cuando lo que se quiere decir es: yo sé cuándo sale su hijo de casa, señora Urrutia, y usted sabe que lo sé.

Se dice así cuando hay una conversación debajo de la conversación, y la de debajo tiene dedos.

Subí por la escalera —la escalera, siempre ya la escalera— despacio, y en el descanso de entre el tercero y el cuarto me detuve, y por una vez no pensé en Amparo: pensé en Mikel, en su metro ochenta y su hambre sin fondo y su manera de bajar al polideportivo con las zapatillas colgando, solo, dos tardes a la semana, con la niebla y la noche cerrada de febrero.

Y pensé que yo era una mujer que escondía libretas y posponía llamadas, y que había líneas que no se cruzaban con libretas ni con llamadas, y que aquel hombre acababa de enseñarme una, sonriendo, en mi propio portal.

Cenamos. Mikel contó el entrenamiento del día siguiente como quien cuenta un examen; Raúl contó la obra; yo puse la mesa y quité la mesa y no dije nada de nada, ni de Burgos, ni del banco, ni del portal.

En la mesa de esta casa los temas los cierra quien ofrece la fruta, y aquel lunes la fruta se quedó en la nevera.

La casa se fue apagando por orden: primero el chico, después la tele, después nosotros. Me acosté a las doce con el sueño de temporada acechando y me dormí de puro cansancio, y dormí hasta que la casa me despertó, que es como me despierto desde enero: no por un ruido, sino por la forma de un ruido.

Pasos. En el rellano. Los nuestros, el cuarto.

Eran —lo supe con el cuerpo antes que con la oreja, en la oscuridad, con Raúl respirando al lado— las dos y pico de la madrugada.

Los pasos venían de la escalera, no del ascensor: pasos medidos, sin prisa, de alguien que conoce cada peldaño y lo pisa donde no cruje. Subieron el último tramo. Se pararon.

Se pararon delante de mi puerta.

Lo supe como se sabe todo en esta casa: por el hueco, por la presión, por la manera en que un rellano cambia cuando hay alguien de pie en él.

Quieto. Ni el timbre, ni los nudillos, ni la cerradura.

Alguien de pie delante de mi puerta a las dos y pico de la madrugada, tan cerca que la puerta era solo una formalidad de madera entre su respiración y la mía.

No miré por la mirilla. No pude, o no quise; estuve quieta en la cama con los ojos abiertos, contando nada, y la cuenta duró lo que dura una respiración larga, dos, tres.

Después los pasos se fueron. No hacia el ascensor: hacia la escalera, hacia abajo o hacia arriba, la casa me los llevó en vilo y los perdió, que es lo que hace esta casa con lo que no quiere que se sepa.

Esperé diez minutos. Después me levanté, por la costumbre vieja de madre y por la nueva de administradora asediada, y fui al recibidor con la bata y los pies descalzos.

Mirilla: el rellano vacío, la luz del sensor ya apagada.

Abrí un palmo, con la cadena puesta —la cadena, que no la ponía desde que Mikel era pequeño— y miré al suelo.

Sobre el felpudo había un papel. Un folio doblado en cuatro, blanco, con el peso justo de la nada.

Lo recogí con dos dedos, como se descuelga una cosa que pesa más de lo que pesa, y lo abrí debajo de la luz del recibidor, que encendí sin miedo ya, porque el miedo se me había acabado el viernes y lo que quedaba era otra cosa más fría y más útil.

Una línea. Letra de imprenta, cuidada, sin temblor, de la misma mano que había protegido mi ascensor con cartones y sujetado mi puerta con sonrisas:

«Sabemos que llamó usted tarde.»

La leí tres veces. Después cerré la puerta, puse el pestillo y la cadena, y me quedé de pie en mi recibidor, junto al armario de las llaves que ya no abrían nada de enfrente, con el papel en la mano y la casa entera dormida alrededor: Mikel en su cuarto, Raúl en su respiración de siempre, la nevera, la calefacción, el silencio bien cableado del cuarto B a tres metros.

Llamó usted tarde.

No decían escrito, ni papeles, ni herencia, ni Mendiguren.

Decían la hora. Decían el minuto. Decían que sabían lo único que no sabía nadie, lo que no constaba en ningún informe, lo que yo misma no me había dicho en voz alta hasta hacía seis días: que entre la caída y mi llamada hubo veinticinco minutos, y que en esos veinticinco minutos yo elegí, y que lo que una elige a oscuras en una escalera, tarde o temprano, alguien lo trae de vuelta por escrito.

Habían elegido la casa dos años, el piso, la semana, la cita del martes. Y ahora habían elegido la hora de la verdad: la mía.

Guardé la nota en el cajón con llave, encima del cuaderno, la amenaza sobre el motivo, cada cosa en su sitio, que es lo único que sabía hacer todavía. Después volví a la cama y me quedé mirando la oscuridad hasta que clareó, y en toda la noche no me dije ni una vez que todo iba a salir bien.

Porque no iba a salir bien. Por primera vez en dos años, eso era lo único que cuadraba.