Capítulo 12 — Mendiguren #2
El sábado por la tarde hice la otra cosa. La cosa valiente, la llamé después, y me costó reconocer lo que decía de mí que me costara tanto.
Fui a Correos. La oficina de la calle Portalada abre los sábados hasta la una, y a las doce y cuarto estaba yo delante del mostrador con un sobre y una carta de dos párrafos, la misma carta que había redactado tres semanas atrás y guardado con la fecha en el nombre del archivo, corregida y endurecida.
Don Julen Agirre, camionero, Burgos. La administradora de la finca le comunica que constan personas residiendo en la vivienda de su hermana fallecida sin título inscrito ni derecho alguno; que la escritura que exhiben no corresponde a ningún asiento del Registro de la Propiedad; le requiere que confirme o desconozca; le recuerda que la finca sigue a nombre de Doña Amparo Lasarte y que la herencia continúa sin aceptar.
Certificada, con acuse de recibo. La funcionaria la pesó, le puso el etiquetado, me dio el resguardo, y yo salí a la calle con el resguardo en la cartera y una sensación desconocida en el estómago, que tardé un rato en nombrar: alivio.
Había soltado un papel que no podía retirar.
Después de dos años administrando lo que callaba, había mandado algo por escrito, con fecha y con acuse, y lo que se manda por escrito existe ya para siempre, aunque el destinatario lo conteste con silencio.
No lo contestó con silencio. Me llamó el lunes.
Antes, el domingo. Lo cuento porque el domingo fue el último día normal de esta historia, y los últimos días normales hay que ficharlos como se fichan las últimas cuentas de una empresa antes del concurso.
Hice la comida larga: alubias con su sacramento, la sobremesa con la tele bajita y el partido de fondo.
Mikel se fue a las cinco a casa de un compañero a repasar el examen del lunes —matemáticas otra vez, las fracciones nunca acaban—, y Raúl y yo nos quedamos solos en el salón con el café y la segunda parte.
Fue entonces cuando lo hizo, otra vez, con la voz de quien comenta el tiempo: «¿Y esos?
¿Han vuelto a decir algo?» Le dije que no, que desde el martes ni una palabra.
«Pues mejor», dijo, y a los veinte minutos, con los ojos en el partido: «¿No habrán pedido copias de nada?
Las copias quedan. Las notas no.» Lo miré de perfil.
Las copias quedan. Mi marido, el hombre al que los papeles le daban urticaria, el que en diecinueve años no había distinguido un acta de una factura, acababa de soltar una máxima de archivo en mitad de un partido, con la cara de no estar hablando de nada.
Le contesté que no habían pedido copias, que solo notas a lápiz.
«Qué raro», dijo. Y no dijo más, y yo no dije más, y el partido siguió, y la tarde se cerró como se cierran las puertas de esta casa: entornada, con dos dedos de luz debajo.
Lo anoté aquella noche en la hoja de «Comprobaciones», con la letra de oficio y sin adjetivos: «Raúl pregunta dos veces por la consulta de los libros.
Sabe la diferencia entre una copia y una nota.
» Después me quedé mirando la hoja, y la cerré, porque había carpetas que ya se abrían solas, como el cajón con el carril suelto, y aquella era la que menos ganas tenía yo de cerrar con etiqueta.
Fue a las doce y media, con el móvil encima de la mesa del despacho y yo haciendo como que trabajaba en la junta de marzo.
Número desconocido, prefijo de Burgos. Descolgué con el corazón en su sitio, que es donde lo tengo entrenado, y una voz de hombre cansado, de cabina de camión y de mesa de bar, dijo mi apellido a modo de saludo:
—¿Urrutia? Julen Agirre. Me ha llegado su carta.
—Gracias por llamar —dije, y era sincera: dos años de cartas certificadas y buzones llenos, y aquel hombre me estaba llamando a los tres días de un sobre.
La palabra que lo había movido no era «hermana».
Era «ocupación». Lo anoté, y me dio pena de Amparo incluso allí, en mitad de mi propio expediente.
—A ver —dijo él—. Yo no he vendido nada. Que conste. Ni he firmado nada, ni he estado en León en mi vida, ni sé quiénes son esos dos.
—La escritura que exhiben es falsa —dije—. Lo tengo comprobado con el registro.
—Pues eso ya me lo imaginaba yo, no me fastidia —dijo, y se rio sin gracia, una tos—.
Vender. Si yo no he vendido ni las motos que tuve.
Mire, Urrutia: el piso ese es una cruz desde que mi hermana se empeñó en quedarse sola ahí dentro, y lo que yo quiero de Torregil es nada.
Usted me dice que hay dos colados con papeles falsos; pues denuncie.
Llame a la policía, ponga un abogado, lo que se hace.
—El perjudicado es el heredero —dije—. La denuncia por la usurpación le corresponde a usted. Yo puedo acompañar todo lo mío, la nota simple, la escritura falsa, el cambio de cerradura, pero la voluntad la tiene que poner usted.
Hubo un silencio de línea mala. Después:
—Ocúpese usted, que para eso cobra la comunidad.
—No es así como funciona, don Julen —dije, despacio, con la paciencia de oficio gastándoseme—. Yo administro la escalera y los gastos. La casa es de su familia. Si usted no mueve un papel, esa gente se queda dentro todo el invierno, y la primavera.
—Pues que pasen el invierno —dijo, y no lo dijo con maldad, que es lo peor: lo dijo con la voz de un hombre que habla de una avería en una casa donde no vive—.
Yo ahora no puedo con esto. Ya bajaré. Cuando pueda, bajaré y lo veo.
Si pagan la comunidad, que es lo suyo, tampoco les va a pasar nada por esperar a que yo vaya, ¿no?
Ya lo arreglaré, que ahora no puedo con esto.
La misma frase de hacía dos años, la de los doce minutos en el salón de su hermana muerta con las manos en los bolsillos.
Solo que ahora ni siquiera hacía falta bajar: ahora la dejaba a mí, por teléfono, con el encargo hecho y la conciencia en trámite.
Colgamos con un «ya le iré contando» por su parte y un «quedo a la espera» por la mía, dos fórmulas de no hacer nada, perfectamente emparejadas.
Me quedé con el móvil en la mano un buen rato.
Había dado el paso valiente, el que llevaba tres semanas pospuesto, y el paso valiente me había traído la respuesta más útil y más inútil del mundo: la verdad confirmada —no hubo venta, no hubo León, no hubo firma— y ninguna ayuda.
La puerta del cuarto B seguía sin nadie despierto al otro lado.
Ellos lo sabían antes de llegar, me había dicho yo misma hacía semanas: eligieron una herencia dormida y un heredero sordo.
Aquel lunes lo supe de su propia boca: podían haber llamado a Burgos antes de comprar el primer cartón, y habrían oído exactamente esto.
Ocúpese usted. Que pasen el invierno. Un hombre que no quería ni los papeles de su hermana era la garantía de una casa entera, y los del cuarto B lo habían tasado como se tasa una viga: resistencia nula, carga cero, no molesta.
Lo guardé todo por escrito, en la carpeta de la compraventa, fecha y hora y número desde el que llamó.
Es lo que hago. Después me quedé mirando el cajón con llave del archivador, donde dormía el cuaderno, y pensé en la otra conversación del fin de semana, en la de la basura orgánica y los buzones.
Mendiguren es mi apellido. Dicho así, a la cara, sin pestañear.
Y la línea de Amparo esperando en la mesa: al menos que lo sepa S.
Dos hechos que no se podían archivar juntos, y sin embargo ahí estaban, en la misma casa, en la misma semana, en la misma mujer de abrigo gris.
Por la tarde, al volver de llevarle a Fermín el borrador del orden del día de la junta —el orden del día me servía de pasaporte por toda la casa, aquellas semanas—, me crucé en el portal con Iker, que entraba con el periódico bajo el brazo, del quiosco de la esquina, como un vecino más de una casa cualquiera.
Me sujetó la puerta, como siempre. Sonrió, como siempre.
—Buenas tardes, Carmen. Menudo lunes. —Y en el cruce, con el frío entrando a rachas por detrás de él, añadió, con el tono de quien comenta el tiempo—: Mikel entrena martes y jueves, ¿verdad? Con este frío, que se abrigue bien. Los catarros de febrero son traicioneros.
Subió. Dos peldaños, tres, con el periódico bajo el brazo y el paso tranquilo de quien no ha dicho nada.