El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 12 — Mendiguren
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Capítulo 12 — Mendiguren

El viernes, el buzón de la administración trajo el correo de los viernes —publicidad, un aviso de la empresa de ascensores, dos facturas de suministros— y, entre la factura del agua y un catálogo de cerrajería, una carta del banco.

La carta del banco era de las gordas, de las que traen papel con renglones, y la abrí en el despacho, con la helada limpia detrás de la ventana y la casa entera haciendo su mañana de viernes al otro lado de la pared: la caldera del cuarto B a las siete y veinte, la niña del piano al colegio, los hermanos del primero calentando motores para el día.

Era la confirmación de una orden de domiciliación.

El banco, con su prosa de máquina, informaba a la comunidad de propietarios de la calle de los Tintes, número doce, de que se había dado de alta una nueva cuenta para el cargo de los recibos comunitarios correspondientes al cuarto B, y adjuntaba la copia de la orden firmada, conforme a la normativa, para su custodia en el archivo de la comunidad.

Trámite aburrido. Trámite de los míos, de los que llegaban cada mes a alguna de mis treinta y tantas comunidades: alguien cambia de banco, alguien domicilia, alguien firma.

Yo mismo les había dicho, el día que subieron la escritura, que el recibo lo giraba el banco a quien constara como titular.

Habían hecho sus deberes. Habían domiciliado la cuota del piso que no habían comprado, puntual, impecable, por escrito.

Leí el titular de la cuenta dos veces. Después tres.

Saioa Mendiguren Uribe.

No Sagasta. Mendiguren Uribe. Dos apellidos vascos de los de siempre, de los de las lápidas del cementerio de cualquier pueblo de aquí, de los de las puertas de los caseríos; y el nombre, Saioa, el mismo, con su equis mudable de los nombres de esta tierra, que se escribe igual y se dice suave.

La escritura que me trajeron en la carpeta burdeos decía «Doña Saioa Sagasta», y yo misma la había corregido al pasar los ojos —Idoia no, Saioa— como se corrige un dato menor.

El banco decía Mendiguren Uribe. Los bancos no se equivocan con los titulares; los bancos tienen el carné, la firma, el rastro.

Los bancos son el registro civil de los pagos, y este decía que la mujer del cuarto B, la que pagaba, la que existía para el dinero, no se apellidaba como se apellidaba para mí.

Puse las dos cosas una al lado de la otra, como se cotejan dos facturas: la copia simple de la escritura, que ya era falsa de suyo, y la orden de domiciliación, que era verdadera hasta el fondo.

Sagasta en un papel falso. Mendiguren en un papel de verdad.

Una mujer con dos apellidos según quién mirara, y el mismo abrigo gris, y la misma manera de no llenar el espacio.

Y entonces, sin pedir permiso, la letra.

S.

La vi encima de la mesa aunque el cuaderno estaba en el cajón con llave del archivador, donde lo había metido el jueves por la noche, después de lo del armario del pasillo.

Si esto sale mal, al menos que lo sepa S.

La última línea de Amparo, escrita el quince de enero de dos años atrás, con la letra apretada de sus últimas semanas.

S. Llevaba seis días dándole vueltas a esa letra como se le da vueltas a un céntimo que no cuadra, y de pronto tenía delante una ese con nombre propio, con cara, con voz baja, que vivía a tres metros de mi cama entre los muebles de la muerta.

No cuadraba. Lo dije en voz alta, sola en el despacho, porque las cosas que no cuadran hay que oírlas: la línea del cuaderno era de hacía dos años, y Saioa Sagasta-Mendiguren había llegado a esta casa hacía un mes.

Amparo no podía escribir sobre alguien a quien no conocía, y menos con esa frase, con ese tono de testamento, al menos que lo sepa.

Era imposible, y lo imposible se archiva.

Pero la letra no se dejaba archivar: se quedaba en la mesa, al lado del bolígrafo, esperando.

La mitad de una forma. El perfil de una cosa que no acababa de entrar en el foco, como las humedades, que se saben antes de verse.

Trabajé hasta mediodía con la derrama de la Estación, y trabajé mal, y lo archivé también: veinte años de oficio y estaba cuadrando una columna con la mitad de la cabeza, y la otra mitad diciendo Mendiguren, Mendiguren, con la voz baja de ella, esa que no subía nunca.

El viernes por la tarde, con la carta del banco ya fichada en la carpeta de la compraventa, volví al armario del pasillo. De día, con la luz entera y la casa vacía, que es como hay que mirar los sitios donde una ha tenido miedo de noche.

Lo miré como se mira una escena después del parte: sin prisa, midiendo.

Y lo que había intuido el jueves entre sombras se confirmó con una precisión que me heló más que el hallazgo mismo: el que había estado allí no había tocado mis cosas.

Las cajas de arriba, las de las comunidades cedidas, los contratos viejos, mi vida de oficio entera apilada por años: intactas, con su película de polvo uniforme, esa escritura en negativo que solo saben leer los que pagan la limpieza.

Lo movido era de Amparo. Las carpetas verdes, las actas por años, la última caja, la de abajo, la que pesaba lo suyo.

Quien fuera había ido directo a los papeles de una muerta, en un armario de pasillo que no se anuncia en ningún plano, en una casa donde nadie entra sin que la casa lo cuente.

Y ahí se me atascaba la cuenta, y se me atasca todavía al escribirla: para buscar en aquel armario había que saber que existía.

No basta con abrir una cerradura vieja con paciencia; hay que saber que detrás de la puerta de aquel piso hay un pasillo, y que en el pasillo hay un armario empotrado, y que en el armario se archiva lo frío.

Los del cuarto B habían visto mi recibidor una vez, el día de la escritura: el cuenco de las llaves, el paragüero, las fotos del pasillo que se adivinaban.

Se adivinaban. Nadie adivina un armario empotrado al final de un pasillo.

Nadie, salvo que alguien se lo haya contado.

Se lo pregunté a Mikel de refilón, el viernes a la hora de la merienda, con la entonación de quien pregunta por un cargador: si había sacado él algo del armario del pasillo, unas zapatillas viejas, lo que fuera.

Me miró con la cara de los dieciséis años ante las preguntas raras de las madres: «¿El armario de las cajas?

Ni lo abro, ahí hay telarañas.» Cierto: lo de las telarañas era exagerado y lo del desinterés era exacto.

A Raúl no se lo pregunté. Lo decidí delante de la nevera, con la puerta abierta y la luz dándome en la cara, y lo decidí sin argumentos, por la vía rápida del cuerpo: no se lo pregunté porque llevaba una semana midiéndole las preguntas, y las preguntas que se le miden a alguien son ya respuestas que una no quiere oír.

Lo archivé sin formular, que era mi técnica de siempre, y cada día funcionaba peor.

El sábado la paré en el portal.

No fue un encuentro; fue una espera. Bajé a las diez menos cuarto con la bolsa de la basura orgánica —martes, jueves y sábado, lo sabía hasta ella— y me quedé junto a los buzones haciendo tiempo con el correo, y a las diez menos cinco, con la puntualidad de una administración, la puerta del cuarto B se oyó arriba y sus pasos bajaron, ligeros, sin tacón.

Ella sola. Iker no estaba; se había quedado arriba o había salido antes, no lo supe entonces.

—Saioa —dije, y fue la primera vez que la llamé por su nombre, y lo hice a propósito, para verle la cara al nombre.

No parpadeó. Se detuvo a dos peldaños del final, con la bolsa del pan, y me miró con esa valoración tranquila, de inventario, que era de Amparo y que yo no volví a pensar en Amparo, no aquella mañana, me lo prohibí.

—Me ha llegado del banco la orden de domiciliación de la cuota —dije, con mi voz de ventanilla, la que no sube ni baja—. Para el libro de cuentas necesito el titular correcto. En la escritura consta un apellido y en la cuenta del banco consta otro. Mendiguren.

Lo dije entero, sin rodeos, que era la única ventaja que me quedaba: la de la administradora que solo pide un dato.

—Mendiguren es mi apellido —dijo ella. Sin pausa, sin un gramo de más ni de menos—. Sagasta es el de Iker. Para lo del piso nos dio por usar el suyo; era más corto para las inmobiliarias. Una tontería.

—No hubo inmobiliaria —dije.

Y ahí estaba otra vez, la misma frase que le solté a su marido en el rellano del segundo, y ella la recibió igual que él: sin mover un músculo fuera de sitio.

—Costumbre de la palabra —dijo—. Se nos quedó de otros años. ¿Le supone algún problema el recibo, Carmen? Porque si le supone un problema, mañana mismo lo cambio.

Y me aguantó la mirada un instante de más, igual que él el primer día, y sonrió un milímetro, y esperó.

Había contestado todo sin contestar nada: había admitido el apellido —lo que ya no podía negar—, lo había envuelto en una costumbre absurda que ningún notario de este país ha visto jamás, y me había devuelto la pelota con la cuota, con lo mío, con la administración.

Era buena. Lo registré sin adjetivos: era muy buena.

O llevaba mucho tiempo ensayada, que es la otra manera de ser buena.

—El recibo no es problema —dije—. El recibo llega.

—Pues eso —dijo Saioa, y bajó los dos últimos peldaños, y se fue a por el pan con su paso de no querer ser oída, y yo me quedé junto a los buzones con la basura orgánica en la mano y la certeza incómoda de que acababa de enseñarle una carta y ella no había enseñado ninguna.

Era una conversación pequeña. Lo escribo porque las conversaciones pequeñas son las que después pesan: a partir de aquel sábado, entre Saioa y yo ya no había niebla.

Yo sabía que su nombre no era su nombre, y ella sabía que yo lo sabía, y las dos seguíamos diciéndonos buenos días con la medida justa.

Los juegos se juegan así, con el tablero tapado y las dos jugadoras mirándose las manos.