Capítulo 11 — Lo que no vio Begoña #3
Por la tarde Raúl volvió temprano, a las seis, cosa rara en temporada de pladur, y lo oí llegar como se oye todo en esta casa: el zumbido viejo del motor, la parada, las puertas.
El ascensor. Y delante de la nevera, pelando una mandarina que no me ofreció —primera vez en no sé cuántos años; lo anoté, que es lo que hago—, me encontré haciendo la cuenta que llevaba semanas sin querer hacer, y esta vez la hice entera.
¿Desde cuándo no subía Raúl por la escalera?
Las rodillas, decía. Veintitantos años de obra, el historial médico con botas.
La excusa era vieja, eso era verdad; la excusa tenía años.
Pero la costumbre absoluta, el nunca, el botón pulsado con el nudillo hasta para bajar dos tramos, el hombre que en once años de casa yo había visto subir andando mil veces —con la compra, con las herramientas, con Mikel de la mano cuando Mikel era pequeño y contaba los peldaños— convertido en un hombre que no pisaba la escalera ni por equivocación: eso no era viejo.
Eso tenía fecha. La busqué con la honestidad con que busco los asientos, hacia atrás, mes a mes, año a año, y la encontré donde llevaba encontrándola todo aquella semana: en el quince de enero de dos años atrás.
Desde aquella noche, Raúl no sube por la escalera.
Desde aquella noche mi marido entra y sale de esta casa por una caja de madera con rejilla que no pasa por ningún rellano, como pasa yo los aniversarios, como se pasan los sitios donde una vez se dejó algo que no se quiere recoger.
Dos ascensores en la misma casa. El suyo y el mío. Dos personas esquivando la misma escalera, cada uno con su excusa, durmiendo en la misma cama.
No me dije la frase. Otra vez no. Pero la frase llevaba ya tres días rondando la casa, y las frases, como las averías de esta finca, acaban entrando por los bordes aunque una cierre la puerta.
El jueves por la noche encontré lo del archivo.
Fue por un motivo de oficio, de los de verdad: necesitaba el contrato antiguo de la limpieza, el de hace cuatro años, para la comparativa de la junta de marzo, y estaba en el armario empotrado del pasillo, en la caja de los contratos viejos, una caja arriba de la última de Amparo.
Abrí el armario con la luz del pasillo a medio dar, como se abre siempre, y supe que alguien había estado dentro antes de tocar nada, igual que se sabe en una casa que ha entrado aire: por el orden.
Las cajas estaban reordenadas con un cuidado casi bueno.
Casi. La de los contratos estaba encima de la de las comunidades cedidas y no debajo, como la dejé yo; las carpetas verdes de Amparo estaban giradas noventa grados, con el lomo hacia dentro, cuando yo las apilo siempre con el lomo hacia fuera, para leerlas de un vistazo; y en el suelo del armario, el polvo de esta casa, que no miente porque nadie lo etiqueta, dibujaba la huella de una caja movida y vuelta a poner un palmo más a la izquierda.
Me quedé de cuclillas en mi propio pasillo, como dos semanas atrás, con la luz a medio dar.
Revisé todo, despacio, con el corazón en su sitio y las manos de oficio.
No faltaba nada. No sobraba nada. Las carpetas estaban completas, los contratos completos, los recibos del dos mil nueve completos; la carpeta que envolvía el sitio donde había estado enterrado el cuaderno seguía allí, con su etiqueta falsa de mi puño y letra, «Recibos suministros 2008–2009», y dentro no había nada porque el cuaderno llevaba dos semanas debajo de las carpetas de la derrama de la Estación, en mi despacho, a salvo por puro azar de mi propia tardanza.
Quien había estado ahí había buscado en el sitio correcto.
Había buscado con cuidado, había repuesto con cuidado, y se había ido con las manos vacías.
La puerta de casa no estaba forzada. La miré después, de cerca, con la linterna del móvil: ni una marca nueva, ni un arañazo fresco en la cerradura de hace treinta años, la misma clase de cerradura que la del cuarto B, la que un hombre con paciencia y una caja de herramientas había conseguido abrir sin llave.
Eso lo pensé con la nuca fría, mirando mi propia puerta desde dentro: la misma cerradura. La misma edad. El mismo metal vencible.
Mikel estaba en su cuarto. Raúl no había vuelto de la obra. La casa estaba vacía y entera y mía, y alguien había estado dentro, entre mis papeles, buscando una cosa concreta en el sitio donde esa cosa debía estar.
Cerré el armario. Comprobé los pestillos de la puerta, uno por uno, como se comprueba un saldo.
Y me quedé en el recibidor, a oscuras, mirando el armario de las llaves con su llavecita dorada que nunca giramos, y pensando que en esta casa ya no sabía yo qué era mío y qué era de todos: la escalera oía, las paredes chivaban, los papeles se movían solos, y al otro lado de treinta centímetros de ladrillo había dos personas que sabían mi nombre, el horario de mi hijo, y ahora, quizá, también el contenido de mi pasillo.
Lo que no sabían —lo que nadie sabía, salvo el polvo— era que lo que buscaban había estado dos años allí, a un palmo de sus manos de visita, enterrado bajo una etiqueta falsa.
Y que ya no estaba.