El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 11 — Lo que no vio Begoña #2
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Capítulo 11 — Lo que no vio Begoña #2

Y no me dije la frase. Esto lo quiero dejar constancia: en la cocina de Begoña, con las tazas de borde dorado y la niebla en el cristal, la frase entera pasó por delante de mí —si no bajó a fumar, dónde estaba mi marido a las ocho y media de aquella noche— y yo la dejé pasar como se deja pasar a un desconocido en el rellano: con un buenas tardes y sin abrirle la puerta.

No la formulé. La archivé sin formular, que es la manera más limpia de no saber una cosa: no negarla, que eso ya es discutirla; no formularla.

Amparo se pasó semanas sin formular lo suyo, y lo apuntaba todo.

Yo llevaba dos años sin formular lo mío, y no apuntaba nada.

—Y otra cosa —dijo Begoña de pronto, con la cuchara quieta en la taza, mirando la mesa—. Que no sé si te lo conté, con todo lo del seguro y las visitas. Es una tontería de las mías.

—Cuéntamela igualmente.

—Aquella noche, mientras estaba yo en la ventana…

se oía la tele de vuestra casa. La del cuarto.

Altísima. Se oía hasta aquí abajo, hija, con las ventanas cerradas y dos pisos de por medio.

Me acuerdo porque pensé: mira los Urrutia, viendo el concurso a todo volumen, qué contentos.

Y después pensé: qué raro, si la Carmen no es de tele alta.

Tú no eres de tele alta, Carmen. Once años llevas encima de mí y jamás me ha llegado ni un anuncio.

Aquella noche me llegaba hasta la música del concurso, la trompeta esa que ponen cuando aciertan.

Y luego la sirena. Tele, sirena, y la calle vacía delante.

Esa es mi noche entera, por si te sirve para el seguro.

Se rio de su propia coletilla. Yo sonreí con la medida justa, que es un músculo que a esas alturas ya me funcionaba solo.

La tele altísima. La del cuarto. No la del cuarto B, no: la del cuarto A, la mía, dos pisos por encima de la ventana de Begoña, con las ventanas cerradas.

Yo no la subí. Estaba en la cocina con las fracciones de Mikel y las voces de la escalera, y cuando salí con la basura la tele seguía en el salón, alta, y no me paré a pensar quién la había subido porque una no se para a pensar en el volumen de su propia tele en medio de aquello.

Mikel no la tocó; Mikel estaba conmigo y después en su cuarto con los auriculares.

Quedaba una persona en casa aquella noche.

Una. Y esa persona había declarado que bajó a fumar a un portal donde nadie fumó, y que después estuvo viendo la tele, y la tele se oía desde dos pisos más abajo, como se sube el volumen de una cosa cuando se quiere que no se oiga otra.

No me dije tampoco esa frase. La ordené en columna y le puse encima otras tres: las teles viejas suben solas el volumen cuando se calientan —mentira, la nuestra no—; Begoña podía confundir el cuarto A con el cuarto B —mentira, once años de acústica no se confunden—; Raúl podía haber subido la tele por nerviosismo, por las voces de la escalera, porque discutían y él quiso no oír —eso era casi verdad, era tan casi verdad que daba miedo, porque querer no oír una discusión es una manera de conocerla—.

Pagué mi café con conversación, que es la moneda de Begoña, y me levanté para irme, y en la puerta me sujetó el marco con la mano, porque a Begoña las frases se le quedan siempre a medio decir un peldaño más allá.

—La nueva del cuarto —dijo—. Sigo dándole vueltas, Carmen. Ya sé que no es de la mercería. Es de más cerca. Es de esta casa, te lo digo yo. De esta casa o de la tele, que últimamente es lo mismo. Ya caeré, ya.

Subí los dos tramos a mi piso con la mano en la barandilla y el corazón trabajando de más, y en el descanso de entre el tercero y el cuarto me detuve.

No un segundo, como la otra vez: me detuve del todo.

Terrazo gris, zócalo de madera, la bombilla que ahora funciona porque la cambió la empresa de la limpieza, dos años después.

Qué oscura se queda la escalera, había apuntado Amparo el lunes de su muerte, con la letra con que me enseñó el oficio.

Me quedé quieta en el sitio exacto donde la encontré, y dejé que el cuerpo dijera lo suyo: la parte de atrás de las rodillas, la mano cerrada en la barandilla, el alivio vergonzoso de seguir subiendo.

Setecientos treinta días de ascensor. Y ella esperando debajo de mi rellano a que alguien bajara con valor, y la que bajó fui yo, con la basura en una mano y el otro plan en la otra.

Seguí subiendo. Era mi penitencia nueva, y no se la debía a nadie que pudiera cobrarla, que es la peor clase de deuda.

A Fermín lo fui a ver el miércoles por la tarde, con la excusa del orden del día de la junta ordinaria de marzo, que había que ir cerrando.

Me recibió en su cocina, con la boina en la mano y el café recién hecho, y durante veinte minutos fuimos dos profesionales: el tres por ciento de la limpieza, la derrama de la azotea que no urge pero conviene, la certificación de la caldera del quinto.

Después, con la segunda taza, le conté lo del martes: que habían venido, que habían leído, que no habían pedido copias.

—¿Y qué tal lo llevaron? —preguntó—. ¿Se molestaron por algo?

—No dijeron nada. Leyeron y tomaron notas.

—Notas —repitió Fermín, y miró la mesa de fórmica como si fuera el plano de una pieza—. ¿Y a ti qué te pareció que buscaban?

—No lo sé —dije, y era casi verdad—. Se pararon en las obras.

Asintió despacio, una vez, y se sirvió café que ya tenía servido, y dijo la frase que me traje de aquella tarde:

—¿Esos del cuarto han preguntado por… por la escalera?

Lo dijo con un corte en medio, con una coma de más, y no me miró al decirlo: miró el pasillo, las fotos del taller, su vida ordenada en marcos.

—¿Por la escalera? —dije—. Han preguntado por todo. Horarios, llaves, la limpieza. ¿Por qué lo dices?

—Por nada —dijo Fermín—. Por saber si les interesa la casa entera o solo el piso.

Era una explicación, y era coja, y los dos lo sabíamos, y ninguno lo dijo.

La escalera, había dicho, con el corte delante, como quien empieza a decir otra cosa y la cambia en el último peldaño.

Pensé en «F. firma sin mirar», en la letra apretada de Amparo, en «me ha pedido una semana; no le doy ni un día», y miré a aquel hombre de sesenta y ocho años que llevaba quince firmando mis actas, y no encontré en su cara ni la avaricia ni el miedo que el cuaderno reclamaba: encontré la cara de siempre, la de la junta, la del bastón que no necesita.

La gente no lleva las cuentas en la cara.

Eso me lo enseñó mi propia casa, que las llevaba yo en el armario del pasillo con etiqueta falsa, y tampoco se me notaba.

—No remueva la casa, Carmen —dijo al despedirme, en el quicio, bajito, como se dice una cosa que ya se ha dicho y no ha hecho efecto—. Ya sé que no es lo que quieres oír. Te lo digo igualmente.

El jueves amaneció con helada limpia, sin niebla, uno de esos días de febrero en que Torregil parece recién fregado.

Hice mi trabajo de verdad por la mañana —dos certificados, la aseguradora de la calle Portalada por fin aflojando la humedad— y a la una subí de la compra por la escalera, que era ya mi manera fija de pagar mi penitencia.

Y a la altura del descanso de entre el tercero y el cuarto me la encontré.

Saioa estaba de pie en el rellano, sola, con el abrigo gris y las manos fuera de los bolsillos.

Tenía la palma derecha plana contra la pared —la pared de enfrente de la barandilla, la pared desnuda donde no hay nada— y los ojos cerrados.

No me oyó llegar, o no quiso oírme. Estaba quieta de una manera que no era descanso ni era espera: era otra cosa, una cosa con peso, y yo me paré dos peldaños más abajo con las bolsas de la compra y no supe si subir o bajarme.

El silencio duró lo que dura una respiración larga.

Después ella abrió los ojos, retiró la mano de la pared despacio, con cuidado, como quien retira la mano de una mesa de examen, y me vio.

—Carmen —dijo, en voz baja, sin subirla un ápice. Ni un sobresalto. Ni una disculpa.

—¿Se encuentra bien? —dije, que era la pregunta de cajón y la única que no me delataba.

—Sí —dijo ella—. Es que esta escalera… —y se calló, y miró la pared donde había tenido la mano, y acabó la frase con otra—: …retiene el frío. Estas casas viejas. Hay que conocerlas despacio.

Bajó por delante de mí, escalón a escalón, sin tacón, con su paso de no querer ser oída, y se perdió en el tramo del tercero hacia la calle.

Yo me quedé en el rellano con las bolsas, y al cabo de un momento —no lo decidí; lo encontré decidido— puse la palma de mi mano donde ella había puesto la suya.

La pared estaba fría. Solo fría. No dijo nada, ni a ella ni a mí, y sin embargo me subí a casa con la certeza incómoda de que aquella mujer no estaba aprendiendo la casa: estaba saludándola, como había saludado a la puerta el primer día: la palma plana, el mismo gesto, la casa tratada como se trata a alguien.