Capítulo 11 — Lo que no vio Begoña
Llegaron a las diez en punto, que era de esperar, y se fueron a las doce menos diez, que también. Puntuales como una administración, pensé por enésima vez, y la frase ya no me hizo gracia: las administraciones son así de puntuales porque cobran por minuto y no regalan nada.
Les había preparado el despacho como se prepara una sala de lectura: los tres libros azules en orden de año, las actas al otro lado de la mesa, una silla más subida del cuarto de Mikel, papel y bolígrafo que no necesitaron porque trajeron el suyo —una libreta de bolsillo, la de él, y un lápiz—.
Agua para los dos, que no tocaron. Yo me senté en mi silla de siempre con la hoja de cálculo de la remesa de febrero abierta en la pantalla, haciendo mi trabajo de verdad delante de ellos, que era la condición que yo misma había puesto y la única trinchera que me quedaba: mi presencia.
Conforme a la práctica habitual. Los originales no salen del archivo.
Leyeron. Eso es lo que pasó durante una hora y cincuenta minutos: dos personas leyendo tres años de mi comunidad con la concentración de quien cobra por ello, en silencio, a dos metros de mí.
Él cogió los libros de cuentas, del más viejo al más nuevo.
Ella cogió las actas. No cruzaron una palabra en toda la mañana, ni una mirada que yo pillara; trabajaban como trabajan las parejas de verdad en los campos y en los barcos, pensé, y después pensé que no sabía en qué columna meter esa observación.
Iker pasaba las páginas con una regularidad de metrónomo, y de vez en cuando el metrónomo se paraba, y el lápiz bajaba a la libreta, y yo sabía —sin mirar, por los tiempos, como se sabe todo en esta casa— en qué clase de página se había parado.
Las obras. El portal, dos veces. Los bajantes, dos veces.
La azotea. Mi casa entera, pasada por el tamiz de un desconocido con lápiz.
—Estas obras —dijo él hacia la mitad, sin levantar la vista— las adjudica la junta, ¿no? Con presupuestos.
—Con tres presupuestos, si la derrama pasa de cierto importe —dije—. Los tres constan en acta.
—Qué orden —dijo, cortés, y pasó de página, y el lápiz bajó otra vez.
Saioa leía las actas despacio, más despacio que él las cuentas, y una sola vez en toda la mañana hizo algo que no era leer: se quedó quieta sobre una página, con la mano abierta encima, la palma plana sobre el papel, como se deja la mano sobre una mesa para saber si tiembla la casa.
Cinco segundos. La página era el acta de la junta de dos mil veinticuatro, la última que firmó Amparo como administradora; yo sabía qué página era sin verla, por el grosor de donde se había detenido el libro.
Después siguió pasando hojas, con la cara de siempre, y yo archivé aquellos cinco segundos en el archivo sin carpeta, que ya no cerraba.
No pidieron copias. Eso fue lo último que anoté, cuando ya esperaban el ascensor con las gracias dichas y la corrección intacta: no pidieron ni una fotocopia, pagando como pagan, pudiendo como podían.
Tomaron notas a lápiz y se llevaron lo que se llevaron en la cabeza.
La gente que pide copias quiere enseñarlas a alguien.
La gente que no las pide quiere no dejarlas.
En el recibidor, con la puerta ya abierta, Saioa se volvió un momento. No hacia mí: hacia la mesa, hacia los libros azules.
—Las actas las firman todos —dijo, con la voz baja de siempre—. Pero los pagos… ¿quién autoriza los pagos, en una comunidad así?
—El presidente autoriza y la administración paga —dije—. Es lo normal.
—Ya —dijo ella.
Una palabra. La misma palabra con que su marido recogía las monedas ajenas.
Y salieron, y el ascensor se los llevó, y yo me quedé con la puerta en la mano pensando que en toda la mañana era la única pregunta que le había oído hacer a ella, y que no era una pregunta de vecina curiosa: era una pregunta de organigrama.
Quién autoriza. Quién paga. Quién firma.
La gente que pregunta eso no quiere saber cómo funciona una comunidad; quiere saber dónde agarrarla.
El martes por la noche, Raúl preguntó.
Lo hizo con la cena ya empezada y la tele bajita, con la voz de quien pregunta por la lluvia: qué tal los libros, si habían encontrado lo que buscaban.
Usó esas palabras: lo que buscaban. Le dije que habían leído y tomado notas, que era su derecho, que no había pasado nada.
«Pues eso», dijo, y volvió al plato, y a los diez minutos, con el postre, volvió a él: «¿Y qué más da lo que lean?
Son papeles de la comunidad. Las cuentas de esta casa las pagamos entre todos.
» Asentí. Era la frase razonable, la frase de Fermín casi, y venía del mismo hombre que diez días antes se había plantado en el portal a exigirles la documentación con las manos temblando.
Lo anoté: mi marido había pasado de «que traigan los papeles en regla» a «qué más da lo que lean» en una semana, y los dos tonos le salían con la misma cara.
Los hombres cambian de criterio como cambian de camisa, me había dicho yo misma una vez.
Lo que no dije entonces es que hay que mirar quién les tiende la camisa.
Aquella madrugada el sueño se me rompió a las tres, como se me rompe desde enero, y Raúl no estaba en la cama.
Lo encontré en la cocina, a oscuras, sentado a la mesa con un vaso de agua, mirando la ventana con la niebla apretada.
No me oyó llegar. En diecinueve años de matrimonio, mi marido era un hombre de siete horas exactas, de respiración honda, de no enterarse de nada entre las doce y las siete; yo le había construido chistes encima, y costumbre, y una manera de medir las noches.
Aquella madrugada estaba despierto a las tres y cuarto, a oscuras, y al verme en el quicio dijo «se me ha atragantado el sueño» con una sonrisa a medio hacer, y se acabó el agua, y volvió a la cama, y a los diez minutos respiraba hondo, o lo fingía, que nunca lo supe, porque hay respiraciones que se aprenden.
Me quedé mirando el techo hasta las cinco.
A la mañana siguiente se levantó a su hora, desayunó su tostada, se fue a la obra de la Ondárroa silbando por lo bajo.
Nadie habría dicho nada. Yo no dije nada. Lo archivé.
El miércoles bajé a lo de Begoña.
Llevaba la excusa más floja de mi vida: recoger la hoja de la limpieza que se me había olvidado en su tele dos semanas atrás, un papel que ya no servía ni para el archivo, porque la empresa había mandado otra versión.
Begoña la tenía donde la dejé, junto a la foto de Patxi, y me la devolvió con la ceremonia de quien devuelve un documento de estado, y me sentó a la mesa del hule de flores, y sirvió el café en las tazas de borde dorado, y yo hice lo que había bajado a hacer, que era algo que no se me había dado nunca: interrogar a Begoña sin que Begoña se enterara.
No fue difícil. Fue triste, de lo poco difícil que fue: una conversación de sobremesa sobre la junta de marzo, sobre la niña del piano, sobre el frío, y de pronto, dicho con la entonación de quien pregunta por la lluvia:
—Aquella noche, Begoña. Lo que me contaste de la ventana. ¿Estuviste todo el rato, o te moviste de la ventana en algún momento?
—Todo el rato —dijo, sin necesitar pensarlo, que es como se contestan las cosas de verdad—.
Desde las ocho y media, que acabó el concurso de las nueve, hasta que vino la ambulancia.
Con la manta. Ni al baño fui, fíjate. La calle me tenía hipnotizada, de lo vacía que estaba. Ya te lo dije: ni un alma.
—¿Y en el portal? —dije—. Nadie saliendo a fumar, nadie con el perro…
—Nadie —dijo Begoña—. Ni un fumador en el portal, que casi siempre hay alguno, el del primero con su cigarro de después de cenar.
Aquella noche el portal estuvo solo una hora larga.
Se lo dije al policía joven, tal cual: la calle vacía.
¿Y sabes lo que me contestó? «Mejor, menos gente de por medio.
» Así, como quien habla de un parte de avería.
Tenía veintipocos años, el chico. A los veintipocos todo es un parte.
Ni un fumador en el portal. De las ocho y media hasta la ambulancia.
Sonrií, asentí, le di la vuelta a la taza, y por dentro la administradora hizo lo suyo, que es cotejar: mi marido declaró, en mi propio recibidor, delante de mí, que aquella noche había bajado a fumar al portal hacia las ocho y media.
Y la única persona de Torregil que miraba el portal a las ocho y media de aquella noche, a tres metros de altura, con una hora larga por delante y ojo de dependienta para lo que se mueve en una calle, no vio a ningún fumador.
Dos papeles que no se pueden archivar juntos. Uno de los dos sobra.
Hice lo que sé hacer: me puse del lado de la explicación razonable.
La carpeta de las explicaciones razonables trabajó a pleno rendimiento toda la sobremesa.
Raúl pudo haber bajado antes de las ocho y media, a las ocho y veinte, y haber redondeado al declarar; la gente redondea.
O Begoña pudo haberse despistado cinco minutos, la tele, la manta, la edad; todo el mundo se despista.
O Raúl fumó en la ventana de la cocina y lo contó como «bajar al portal», porque los hombres convierten cualquier ventana en portal cuando cuentan sus noches.
Tres explicaciones. Las tres cabían. Las tres juntas olían a lo que huelen las cuentas que cuadran a la primera: a que alguien las ha cuadrado.