Capítulo 13 — La acusación #2
Las horas. Las tenían todas: de Begoña por la declaración, de la policía por el atestado, si es que el atestado lo habían visto —ya no dudaba de que lo habían leído—, y ahora de Fermín por la vía más vieja de este país: el bar, el vino, el hombre que escucha.
El presidente de mi comunidad, quince años firmando mis actas, le había entregado a un desconocido la cronología entera de la muerte de Amparo entre dos rondas, sin saber que estaba afilando un cuchillo para otros.
No se lo podía reprochar. Se lo reproché durante un minuto entero, con la ventana delante, y después archivé el reproche, porque el mismo silencio que me había protegido a mí dos años era el que había dejado a Fermín hablando con desconocidos: en esta casa nadie le había contado nunca a nadie qué horas eran peligrosas.
El miércoles por la tarde bajé a ver a Begoña.
No llevé excusa de papel esta vez; bajé con las manos vacías, y Begoña, que distingue visitas aunque la visita baje en zapatillas, me miró las manos vacías y no dijo nada, que en ella era toda una delicadeza.
Hablamos de la junta de marzo, de la rodilla de la Mari Jose, del frío.
Pagué mi café con conversación. Solo al final, ya en la puerta, le pregunté con la entonación de quien pregunta por la lluvia si el vecino del cuarto le había dado conversación alguna vez a ella, larga.
—¿El educado? —dijo Begoña—. Me aguantó la puerta dos veces y una vez me ayudó con el carrito en el portal.
Pero hablar, hablar, no. Conmigo no habla, Carmen.
Me mira mucho, eso sí. —Se quedó pensando un momento, con la mano en el marco—.
Fíjate qué cosa: es un hombre que pregunta a quien no sabe y no pregunta a quien sabe.
Del tiempo y de la limpieza, eso me pregunta.
Nada de la casa. Y yo de esta casa podría darle curso entero.
Subí a casa con aquello dándome vueltas.
Pregunta a quien no sabe; no pregunta a quien sabe.
A Begoña, que era el archivo vivo de la finca, no le preguntaba nada de la finca: porque lo que Begoña sabía ya lo tenía, de otro modo, o porque lo que buscaba no estaba en la memoria de Begoña sino en la mía.
Cenamos. Raúl habló de la obra de la Ondárroa, Mikel enseñó un vídeo, y la casa hizo su noche de miércoles con la puntualidad de una cuota.
Nadie nombró el cuarto B. En la mesa de esta casa los temas los cierra quien ofrece la fruta, y aquella noche la fruta la ofrecí yo, y la ofrecí para no hablar, que es un uso de la fruta que no le había visto en diecinueve años.
El jueves trajo helada y un cielo limpio, de esos días de febrero en que Torregil parece recién fregado.
Trabajé por la mañana con la mitad de la cabeza —dos certificados, un correo de la aseguradora— y a la una bajé a la compra.
Mikel entrenaba a las seis; pensé en volver a inventarme una carta.
Pensé también que no podía pasear a mi hijo dos tardes por semana hasta que cumpliera la mayoría de edad, y que ninguna de mis cuentas cuadraba ya.
Le acompañé al portal con la excusa del yogur, que estaba en la nevera, y él lo sabía, y no dijo nada, que es como los hijos te perdonan sin enterarse del todo.
Le vi cruzar la calle, y esta vez no me quedé en el quicio: subí enseguida, porque no quería cruzarme con nadie, y me encerré en el despacho con la junta de marzo hasta que la luz empezó a irse.
A las siete y media de la tarde subía yo del buzón de la administración —un aviso de la empresa de ascensores, nada que no esperara— cuando los vi.
Estaban en mi rellano. Los dos. Él apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos del anorak negro, ella de pie junto a la puerta del cuarto B, con el abrigo gris y las manos a la vista.
No estaban esperando el ascensor: el ascensor estaba abajo, quieto.
Estaban esperándome a mí, en el rellano del cuarto, un tramo por encima del sitio exacto donde Amparo se cayó.
La luz del sensor se apagó mientras yo subía el último tramo y ninguno de los tres se movió para encenderla; nos quedamos en la penumbra que da el ventanuco del patio de luces, con la helada detrás del cristal.
—Buenas tardes, Carmen —dijo él.
—Buenas tardes —dije, y dejé la llave en la mano, a la vista, porque cruzar el rellano hacia mi puerta habría sido darles la espalda, y no iba a darles la espalda.
—Vamos a ahorrarle la parte incómoda —dijo Iker, sin moverse de la barandilla, con la voz baja de la casa, la que no pasa del rellano—. Usted y nosotros llevamos seis semanas hablando de otra cosa. Hoy vamos a hablar de esto.
—Hable —dije.
—El quince de enero de dos mil veinticinco —dijo él—, miércoles, esta escalera oyó una discusión a partir de las ocho y media.
Dos voces, bajas, duras. La oyó la del tercero, la oyeron los del segundo, la oyó media casa.
A las nueve menos once se oyó un golpe. Después, nada.
A las nueve y catorce, usted llamó al uno uno dos.
—Lo dijo de memoria, sin libreta, con la cadencia de quien ha rehecho esa cuenta muchas veces—.
Entre el golpe y su llamada hay veinticinco minutos, señora Urrutia.
Yo he medido esa escalera. Subir y bajarla entera son tres minutos. ¿Qué hizo con los otros veintidós?
—Encontré a una mujer en el suelo —dije, y mi voz salió con la frialdad de ventanilla, por suerte o por oficio—. Me arrodillé. La sostuve. Llamé.
—Llamó a los catorce minutos de haber salido de su casa —dijo él—, si salió a su hora, que es la de todos los días.
La bolsa de la basura quedó en el suelo del rellano, junto a ella.
Consta. Los agentes la fotografiaron. ¿Sabe lo que pensé yo cuando lo leí?
Que una bolsa cerrada no espera catorce minutos.
La tira uno y vuelve. Usted no volvió. Usted se quedó.
—Estaba con una moribunda —dije.
—Sí —dijo él, y por primera vez no sonrió—.
Estaba con una moribunda y no llamaba. Eso es lo que tiene su versión de buena, Carmen: que en su propia versión usted ya es una mujer que se queda catorce minutos mirando morir a una vecina sin marcar tres números.
Y aun así la prefiere a la verdad. Imagine lo que esconde la verdad.
La penumbra del rellano era casi completa ya. Al otro lado del hueco, dos pisos más abajo, se oía el piano de la niña, la misma pieza, el mismo compás atrancado de siempre, y tuve el pensamiento absurdo de que la casa seguía haciendo su tarde mientras la desarmaban a una en su propio rellano.
—Declara usted que no oyó la discusión —siguió él—.
La única de la casa. Con la radio puesta, dijo.
Los deberes del niño. —Hizo una pausa—. Yo he hablado con gente de esta escalera, Carmen.
Aquí todos oyen todo. Usted misma me lo dijo un día, en el rellano del segundo: en esta casa nadie duerme encima de nada.
Y la administradora no oyó lo que oyó el perro de los del primero.
—La gente oye distinto —dije—. La gente declara distinto. Todo lo que me está diciendo lo leyó en un atestado que está cerrado y que no le correspondía leer. Si tiene algo que alegar, ahí tiene la comisaría. Las acusaciones se firman.
—Las acusaciones se firman —repitió él, despacio, como quien la pesa antes de pagar con ella—.
Qué bien dicho. Fíjese que llevo seis semanas esperando que usted firme una.
Cualquiera. La de la escritura falsa, por ejemplo: la nota simple que dice que nosotros no hemos comprado nada.
Usted vio la escritura el miércoles; una administradora con su oficio la pide esa misma noche, por internet, y el lunes dieciocho la tenía en su carpeta.
No hace falta adivinarlo: es lo que habría hecho yo.
Y usted no ha ido a firmar esa acusación.
Una administradora con veinte años de oficio, un delito documental a tres metros de su hijo, y el dedo le tiembla sobre la pantalla. ¿Por qué será?
No contesté. No tenía nada que no fuera mío.
—Se lo digo yo —dijo él, despacio—. Porque una declaración tiene tramos, señora Urrutia, y usted sabe qué rellano hay en medio. Lo sabe desde hace dos años.
La frase me atravesó con una precisión que me dejó sin aire, porque era casi mía: la había pensado yo, en este mismo despacho, en la madrugada en que no denuncié.
La declaración es una escalera. Y aquel hombre me la estaba devolviendo cambiada de manos, afinada, como si me la hubiera leído por la pared, que era exactamente como funcionaba esta casa.
—¿Qué es lo que quieren? —dije—. Díganlo de una vez.
—Quiero que me explique los veinticinco minutos —dijo él—. Y quiero que me explique el cuaderno.
Hubo un silencio. El piano de abajo encontró por fin el compás y siguió.
—Qué cuaderno —dije.
—El de Amparo —dijo él—. El donde lo apuntaba todo.
Lo que no se apunta, se lo lleva el aire: pregunte al presidente, que lo cuenta en los bares.
Ese cuaderno no está entre sus cosas. Nosotros vivimos entre sus cosas, Carmen; las conocemos cajón a cajón.
En el mueble del recibidor, en el segundo cajón, hay un censo de llaves, dos sellos y un hueco.
El polvo dibuja el hueco: un cuaderno de espiral, de este tamaño —levantó las manos y lo midió en el aire—, estuvo ahí años y salió de ahí sin que la familia se llevara nada, porque la familia no se llevó nada.
Doce minutos estuvo el hermano en el piso, usted lo sabe mejor que yo.
La puerta de ese piso apareció entornada aquella noche; consta también.
Y la única persona que entró en el cuarto B entre la caída y la ambulancia fue la que la encontró. Usted.
—Usted la encontró —dijo Saioa.
Era la primera vez que hablaba. Tenía la voz baja y clara de siempre, pero aquella noche la oí por primera vez sin costura, sin administración, y era peor: era una voz con el frío dentro.