Capítulo 9 — Los libros de la comunidad #3
El armario del pasillo es el archivo frío de mi oficio: lo que ya no urge pero todavía no prescribe.
Huele a cartón viejo y a la cola de las etiquetas; las cajas de arriba tienen el polvo rubio de los años buenos y las de abajo el polvo gris de aquel febrero.
Lo abro dos veces al año, para la declaración y para la limpieza de primavera, y siempre de prisa, con la luz del pasillo a medio dar y las cajas apiladas por orden de muerte: arriba las comunidades que Amparo me fue pasando en vida, abajo las que me cayeron encima aquel febrero.
Reconocí la última caja sin leer la etiqueta, por el peso y por el polvo, que en esta casa no miente: nadie la había tocado desde que la cerré yo.
La bajé al suelo con el cuidado con que se bajan las cosas que uno enterró.
El archivo de Amparo lo había ordenado yo misma en febrero de dos años atrás, con el duelo administrado en horarios: carpetas verdes aquí, certificados allá, las actas por años, las facturas por comunidades.
Caja a caja, etiqueta a etiqueta. Y en la última caja, la de más abajo, la que pesaba lo suyo, estaban las libretas de apuntes que nunca abrí.
Todas menos una, que no estaba con las demás.
Estaba al fondo, debajo de las carpetas del año dos mil nueve, con una etiqueta falsa pegada por encima de la verdadera. La etiqueta decía «Recibos suministros 2008–2009», con mi propia letra. Debajo, la tapa era de cuaderno de espiral, azul oscuro, gastado en las esquinas.
Su cuaderno. El de «lo que no se apunta, se lo lleva el aire».
Quince años de esta casa en aquella libreta, había dicho Fermín, sin saber que la libreta no se había ido con la familia ni con la funeraria de Burgos: estaba en mi pasillo, a veinte pasos de mi cama, desde febrero de hacía dos años.
Lo puse allí yo. Lo envolví en una carpeta del año dos mil nueve, le pegué encima una etiqueta falsa de mi puño y letra, apilé encima un año entero de recibos de suministros, y cerré la caja, y no lo volví a abrir.
Ni una vez. Ni por curiosidad, ni por duelo, ni por oficio, que son las tres llaves que abren los archivos ajenos.
Hay libros que se heredan y libros que se entierran; yo había enterrado aquel en la única tumba que tenía a mano: mi propio archivo.
Lo saqué. Pesaba menos de lo que pesaba.
Al sacarlo, de la carpeta del dos mil nueve se escapó una factura vieja de la luz, amarillenta, y la recogí del suelo del pasillo como se recoge una moneda, y me quedé un momento de cuclillas, con el cuaderno en una mano y la factura en la otra, haciendo memoria de aquel febrero: las cajas, las etiquetas, las semanas de ordenar el papel de una muerta con el horario de los vivos.
Raúl me había traído dos cafés aquella semana.
Se había asomado a la puerta del despacho y me había ofrecido ayuda con los papeles de Amparo, dos veces, con dos cafés.
Yo había dicho que no, que era cosa de oficio, y había archivado el gesto en la carpeta de los gestos bonitos.
Aquella noche, de cuclillas en mi pasillo, la carpeta de los gestos bonitos y la caja del cuaderno resultaron estar archivadas juntas, y no recuerdo haberlo decidido.
Me lo llevé al despacho y lo puse sobre la mesa, al lado de los libros azules de la comunidad, los dos azules juntos, el oficial y el otro, y me senté delante con las manos quietas sobre las rodillas como quien espera turno en una ventanilla.
No lo abrí. Aquella noche no. Toqué la espiral con dos dedos, como se toca una cerradura antes de meter la llave, y retiré la mano.
Sabía lo que había dentro sin necesidad de leerlo: lo sabía desde antes de esconderlo, que es la manera más pura de saber una cosa, la que no admite discusión.
Dentro estaba la escritura menuda de Amparo, inclinada y compacta, apuntándolo todo: quién pagaba tarde, quién prometía, qué factura se repetía, qué firma no miraba.
Dentro estaban tres años de esta casa vistos por la única persona que los había mirado de verdad.
Y dentro estaba, tenía que estar, lo que Amparo había encontrado en los libros azules que ahora dormían sobre mi mesa, porque Amparo no era ninguna tonta y llevaba quince años leyendo aquellas cuentas, y lo que yo había visto aquella tarde con una hora de lectura, ella lo había visto con quince años.
Lo que no sabía —lo que no había querido saber en dos años— era qué había hecho Amparo con lo que vio. A quién se lo había dicho. Qué había decidido. Qué le había costado.
Miré el reloj. Las dos y cuarto de la madrugada del viernes al sábado, con la niebla pegada a la ventana del despacho y mi marido durmiendo a quince pasos.
El martes a las diez, dos personas que no eran nadie vendrían a sentarse a esta mesa a leer los libros azules, que ya no eran míos sino de quien preguntara con derecho.
La cuenta atrás había empezado: tres días.
Y esta noche, esta noche que me quedaba, era la última en que el cuaderno de Amparo y yo podíamos seguir sin mirarnos.
Lo había escondido para no leerlo. Y ahora necesitaba leerlo para saber qué esconder.