Capítulo 10 — Veinticinco minutos
El cuaderno pasó lo que quedaba de aquella madrugada encima de mi mesa, al lado de los libros azules, y yo pasé lo que quedaba de aquella madrugada en la cama, despierta, contando la respiración de Raúl como se cuentan los peldaños de una escalera que una no quiere bajar.
A las siete y veinte, la caldera del cuarto B hizo sus dos golpes secos y su ronroneo, y la casa empezó su sábado.
Niebla otra vez en los cristales. Febrero había venido con el mismo repertorio que enero, que en Torregil es el repertorio de siempre.
No lo abrí el sábado por la mañana. Consta, porque lo constato todo: lo tuve delante desde las nueve, junto al salvapantallas, mientras hacía la remesa de febrero y contestaba dos correos de la calle Ercilla, y no lo abrí.
Raúl desayunó tarde, con el periódico del viernes que nadie había leído, y habló de la obra de la calle Ondárroa y de un cliente que quería rebajar el presupuesto del baño después de firmado, que es la queja más vieja de su oficio.
Mikel se lo llevó todo por delante —el pan, la leche, la mitad de la fruta— y a las doce se encerró en su cuarto con los deberes y los auriculares.
La casa hizo su sábado con la puntualidad de una cuota domiciliada, y yo la administré desde dentro como una cosa más de la finca, y a nadie se le habría ocurrido, viéndome fregar la encimera, que a veinte pasos había un objeto esperándome que llevaba dos años enterrado por mi propia mano.
Hay que decirlo ya, de una vez, porque este capítulo no admite otra manera: yo sabía lo que había dentro del cuaderno antes de abrirlo.
No leído: sabido. Se sabe distinto de lo leído, peor, sin página a la que volver ni línea que citar.
Nadie me lo había contado. Lo supe como se saben las humedades de una casa: por la pared, por el olor, por veinte años de oficio pegando sellos en facturas que una no audita porque son de casa.
Lo que no supe nunca —lo que solo el cuaderno podía darme— era la letra de Amparo encima.
Su manera de haberlo mirado. Lo que había decidido. Lo que le había costado.
Raúl se fue a las cinco a echar la tarde con los de la obra, que es su liturgia de los sábados de invierno: el bar de la carretera, la quiniela, dos vinos.
Mikel bajó a las seis al polideportivo, con las zapatillas colgando por los cordones y el partido de las siete por delante.
A las seis y diez la casa se quedó en ese silencio bien cableado que solo conocen las personas que viven encima de una máquina vieja: la nevera, la calefacción, el hueco de la escalera trayendo y llevando la vida de los demás.
Me hice un café que no quería, cerré la puerta del despacho —la puerta cerrada, la de antes, la de la concentración— y me senté delante del cuaderno como quien se sienta delante de una ventanilla donde va a firmar algo que no se puede desfirmar.
Lo abrí por la primera página, porque soy así, porque el orden es lo único que me ha defendido siempre de todo.
La letra de Amparo me dio en la cara desde la primera línea.
Inclinada, compacta, de etiquetadora, la letra con la que me había enseñado el oficio y con la que seguían escritas las etiquetas del armario de mi recibidor.
El cuaderno empezaba años atrás —no voy a decir que lo leí entero aquella noche, porque no lo leí entero; lo leí como se lee una radiografía, por focos, y los focos me llevaban donde quería llevarme la libreta— y al principio era lo que Fermín recordaba: la casa entera apuntada.
«2ºA — cuota de enero: paga el doce. Promete.
» «Los hermanos del primero, otra vez el extractor.
Avisar a la empresa con calma, que se enfadan.
» «B. del 3º riega los sábados; la galería gotea al 2ºB; decírselo con cariño, que ella cree que las plantas no pesan.
» Quince años de una finca pequeña escritos por la única persona que la había querido con bolígrafo.
Había que reírse, y me reí una vez, sola, con la taza fría en la mano, y la risa se me quedó a medio camino porque al reírme oí su voz, y su voz llevaba dos años en el nicho de Burgos.
Reformas Urrutia aparecía por primera vez sin subrayados, como aparecen las cosas honestas: «Portal: tres presupuestos.
El de R.U., el mejor y con garantía por escrito.
A favor: conocen la casa. En contra: es el marido de C.
, y habrá quien mire mal. Lo llevo a la junta con los tres y que decida la junta.
» Lo leí dos veces. Amparo había dudado de mi marido por las razones contrarias a las mías: ella por que no pareciera favoritismo, yo por no mirar.
La junta aprobó, la obra se hizo, el portal quedó bien.
El cuaderno lo contaba con la frialdad de quien no sabe que está escribiendo el principio de otra cosa.
Las cosas cambiaban de tono hacia el otoño de dos años atrás.
Se notaba antes en la letra que en las frases: más apretada, menos inclinada, las etiquetas de las anotaciones al margen multiplicándose.
Y entonces llegó la página. La voy a copiar entera, porque la tengo delante y porque copiar es lo único que sé hacer con ella sin romperme:
«Factura 214, Reformas Urrutia — portal, otra vez. La obra de enero ya se cobró en noviembre. F. firma sin mirar.
…
Bajantes del patio de luces: factura de marzo y factura de octubre, mismo importe, dos conceptos distintos. Una sola obra. Lo he comprobado dos veces contra el libro y contra mi memoria de la escalera, que para eso la tengo. Ojalá me equivocara.
…
3 de diciembre. He sumado. No escribo la suma, que si la escribo ya es verdad del todo. Hablé con F. Dice que serán duplicidades del banco. No lo son. No miró los papeles. No quiso.
…
9 de enero. Cuarenta mil, bajando. Tres años. Lo he vuelto a sumar de noche, por si el día me engañaba. No me engañaba.
Quise contárselo a C. primero. No tuve valor. La empresa lleva el apellido de su casa. Que me perdone: las cuentas son las cuentas, y esta casa paga las suyas con el dinero de todos.
13 de enero, lunes. Bombilla del tramo tercero-cuarto fundida desde esta mañana. Avisar al lampista. Qué oscura se queda la escalera.
15 de enero. F. otra vez. Le he dicho que lo llevo a la junta de marzo, con papeles. Se ha quedado blanco. Me ha pedido una semana. No le doy ni un día: una semana es lo que tarda una cosa así en arreglarse por debajo.
15 de enero. R., 20:30, rellano. No quiere subir a casa.
Si esto sale mal, al menos que lo sepa S.»
Debajo no había nada más. El resto del cuaderno, páginas en blanco, la espiral azul oscuro terminando en nada, como terminan las casas cuando nadie hereda.
Hice lo que me había enseñado la propia Amparo: cotejar.
Abrí el libro azul de las cuentas de dos mil veintitrés, el oficial, el que el martes iban a leer dos desconocidos en esta misma mesa, y busqué la factura doscientos catorce.
Ahí estaba. Portal, repintado, noviembre.
Y diez hojas antes, la de enero: portal, pintura, casi la misma memoria de obra, casi el mismo importe, palabra por palabra en los conceptos, como se copia un examen cambiando solo el nombre.
El visto bueno de Fermín, con su letra de escuadra y cartabón, en las dos.
El sello de la administración, en las dos.
El sello que yo le entintaba a Amparo muchas mañanas, con el café de las diez en la otra mano, sin mirar, porque una no mira lo que firma su jefa y paga su casa.
Puse la factura oficial al lado de la anotación del cuaderno, papel contra papel, y por primera vez en veinte años de oficio vi mi propia mano administrativa —mis grapas, mis apuntes de pago, mi letra de etiquetadora— con los ojos con que la iban a ver ellos.
Y lo que vi no fue una administradora. Fue un registro de pagos con mi casa dentro.
Me quedé mirando la última línea mucho rato. Después miré la hora en la pantalla del ordenador, por pura costumbre de oficio, como si la hora de aquella noche de hacía dos años pudiera cambiar mientras yo no miraba. No cambiaba. R., veinte treinta, rellano. No quiere subir a casa.
Y entonces, por primera vez en dos años, me conté la noche entera. Ordenada, con su fecha y sus minutos, como consta en los papeles y como no ha constado nunca en ningún papel. La escribo aquí, en pasado, porque en presente no hay manera de sostenerla.
El quince de enero de dos mil veinticinco era miércoles.
Los miércoles Mikel tenía matemáticas, y aquella noche estábamos en la cocina con un problema de fracciones que a él no le salía y a mí me salía demasiado despacio para ser de ayuda.
Raúl había cenado en casa y se había ido al salón; la tele estaba puesta, un concurso, y eso lo recuerdo porque el concurso llegaba a la cocina a rachas, con su música de feria.
Serían las ocho y media cuando empecé a oír la escalera.
No gritos. Nunca fueron gritos. Voces bajas y duras en el hueco, de esas que suben sin palabras enteras, dos voces —una de mujer, otra de hombre— administrándose la rabia para que no se oyera.
La casa entera lo oyó; eso lo supe después, y lo supe por los demás.
Yo lo oí desde la cocina, con el bolígrafo en la mano y el problema de fracciones delante, y hice lo que hizo todo el mundo: esperar.
Esperar a que fuera otra cosa, esperar a que se callara, esperar a que alguien más abriera primero, como se espera a que otro firme el documento incómodo.
Mikel levantó la vista una vez —«¿se pelean los del primero?
»— y yo dije «sigue con el problema», que es lo que se dice en esta casa desde que el mundo es mundo.
La televisión seguía su feria en el salón.
Raúl no apareció. Eso también lo apunté aquella noche y lo archivé sin mirarlo: la escalera llevaba minutos hablando y mi marido no se había asomado, y Raúl es de los que se asoman, de los que abren la puerta un palmo a ver quién sube.