El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 9 — Los libros de la comunidad #2
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Capítulo 9 — Los libros de la comunidad #2

El jueves por la mañana subí al quinto a informar al presidente, porque las solicitudes de consulta de libros son de las cosas que se comunican, aunque uno sepa de antemano lo que va a oír.

Fermín me recibió en su cocina, con la boina en la mano y el café recién hecho, y escuchó la noticia con las manos quietas sobre las rodillas, mirando la mesa de fórmica como si fuera el plano de una pieza.

—Los libros —repitió—. Quieren ver los libros.

—Los de actas y los de cuentas. Del veintidós al veinticuatro.

—¿Qué años?

—Del veintidós al veinticuatro —repetí—. Los tres últimos de Amparo.

Hubo un silencio pequeño, del tamaño de una taza. Fermín se sirvió café que ya tenía servido, que es lo que hace la gente cuando necesita las manos para pensar, y dijo, con la calma de quien tapa una olla:

—Pues que los vean. Son papeles de la comunidad. No hay nada en esos libros que no esté en las actas, y las actas las firma todo el mundo en junta. Que los vean y se entretengan.

—Eso digo yo —dije—. Pero he preferido subir a decírtelo.

—Has hecho bien —dijo. Y después, mirando el pasillo, a las fotos del taller—: ¿Para cuándo se los vas a dar?

—La semana que viene. Les citaré en el despacho.

—No tienes por qué traerlos a tu casa —dijo, un poco más rápido de lo suyo—. Los libros se ven aquí, si acaso. O en el portal. O les das copia de lo que pidan y listo, que las copias se pagan. No les des los originales a domicilio, Carmen. Los originales no salen del archivo.

Me quedé mirándolo. Era un consejo razonable —era, de hecho, buen oficio—, y aun así me sonó a lo que había sonado todo en Fermín desde hacía dos semanas: no a proteger los libros, sino a proteger otra cosa con la forma de los libros.

El veintidós, el veintitrés, el veinticuatro.

Los tres años que él había firmado con su letra de escuadra y cartabón, visto bueno tras visto bueno, en la mesa donde ahora estábamos los dos.

—Tienes razón —dije—. Los originales, en el despacho y delante de mí.

—Eso —dijo Fermín, y me sirvió más café sin preguntar, y hablamos de la junta ordinaria de marzo y del tres por ciento de la limpieza, y bajé a casa pensando que el presidente de mi comunidad acababa de darme un consejo de archivo con la voz de un hombre que mira el pasillo.

El jueves por la tarde trajo lo de Mikel.

Volvió de entrenar a las nueve menos cuarto, con el frío pegado a la chaqueta y la cena por delante, y lo contó de pasada, entre tenedor y tenedor, con la economía de los dieciséis años:

—Por cierto. La vecina del cuarto es maja de verdad.

El paño de secar se me quedó quieto en la mano.

—¿Por qué lo dices?

—Porque se me ha roto la correa de la bolsa al salir del portal.

Se me ha ido todo al suelo, las zapatillas, el balón, el botellín, todo rodando.

Y ella venía de la compra y se ha agachado a ayudarme.

Sin conocerme de nada. Ha recogido el balón antes de que cayera a la calle, con una mano, así, sin mirar casi. Como los bases buenos.

Se rio de su propio elogio. Yo no me reí.

—Mikel —dije, y la voz me salió más alta de lo previsto—. No quiero que tengas trato con esa gente. Ni con ella ni con él. Si te hablan, educado y corto, y te vas. No les des conversación.

Mikel dejó el tenedor. Me miró con esa alarma instantánea que tienen para detectar los tonos, y después con la otra cara de los dieciséis años, la de la indignación limpia:

—¿Pero por qué? ¿Qué ha hecho? ¿Recogerme el balón?

—Porque no sabemos quiénes son.

—Son los vecinos, ama. Llevan un mes. Les caíste bien el primer día, lo dijiste. Y ahora resulta que no puedo ni decirles gracias cuando me recogen las cosas. ¿No eras tú la que decía que en esta casa la gente se saluda?

Raúl miraba el plato. No entró; últimamente no entraba en nada que tuviera el cuarto B dentro, como si el cuarto B fuera una obra ajena con la grúa mal fondeada.

Mikel se llevó el plato al fregadero —su única asignatura doméstica, aprobada con nota aquella noche, que es como los hijos te dan las facturas más caras— y se encerró en su cuarto con el portazo medido de los que todavía no se atreven a dar portazos de verdad.

Me quedé en la cocina, fregando lo que ya estaba fregado.

Tenía razón Mikel, y por eso me dolía: mi advertencia no tenía ni una sola razón dable en voz alta.

No podía decirle «esa mujer vive en una casa que no compró, con papeles falsos, y llora de madrugada tapada, y su marido toma nota de quién entra y sale de nuestro portal».

No podía decirle «esa mujer se recoge el pelo como una muerta».

No podía decirle nada, porque todo lo que yo sabía de los del cuarto B lo sabía por la mitad del tablero que no se puede enseñar: la mitad que, si la enseñaba, arrastraba mi propia noche detrás.

De modo que le había dado a mi hijo una orden sin motivo, que es la manera más rápida que conozco de fabricar un desobediente.

El viernes contesté a la carta.

La contesté con toda la corrección de mi oficio, que es la única armadura que tengo: dos párrafos, impecables, sin una coma de más.

Acuso recibo de su solicitud; en cumplimiento de la legislación vigente, los libros de actas y de cuentas de los ejercicios solicitados quedan a su disposición para su consulta en este despacho, en horario concertado; les propongo el martes nueve de febrero a las diez de la mañana; la documentación original no sale del archivo, la consulta se realiza en mi presencia, conforme a la práctica habitual.

Firmé: Carmen Urrutia, administradora. Lo imprimí, lo metí en un sobre con membrete, y a las seis de la tarde bajé por la escalera —la escalera, que era ya mi manera fija de no decirme cosas— y lo eché en la casilla del cuarto B.

La respuesta estaba debajo de mi puerta a las siete menos diez.

La oí, claro: unos pasos ligeros en el rellano, los de ella, y el roce fino de un papel contra el suelo de mi recibidor.

Esperé a que la puerta de enfrente se cerrara con su golpe sordo antes de agacharme.

Una hoja doblada en dos, sin sobre, con una letra de hombre, compacta y rápida: «Perfecto.

El martes a las diez estaremos. Gracias.

I. S.» Doce palabras contando las iniciales.

Las conté. Las miré un rato, con la hoja en la mano y la luz del recibidor apagada a mi espalda, y pensé que había tardado cincuenta minutos en contestar a una propuesta de cita, y que la gente normal tarda más; la gente normal consulta, comenta, se lo piensa en la cena.

Los del cuarto B llevaban la carta esperada desde el miércoles, y la respuesta escrita desde antes de recibir mi propuesta.

Me habían dado la fecha como se devuelve un saque: al mismo sitio de donde venía, un poco más rápido.

Cenamos. Mikel seguía con el portazo medido en la mirada, Raúl con la obra de la Ondárroa y el pladur. No dije nada de la carta ni de la cita del martes. En la mesa de esta casa hay temas que los cierra quien ofrece la fruta, y aquel viernes nadie ofreció fruta.

Aquella noche no dormí hasta tarde. Raúl se acostó a las once y media, con la respiración honda de las siete horas exactas, y yo me quedé en el despacho con los libros azules en fila y la carta en cuatro dobleces.

Los abrí otra vez, al final, porque hay lecturas que se hacen con el estómago: la doble pintura del portal, los bajantes duplicados, la barandilla de la azotea.

Cuarenta mil euros en tres años, más o menos, si se sumaba solo lo que ya no podía no ver.

Cuarenta mil euros de esta comunidad, de las cuotas de Begoña y de los hermanos del primero y de la familia de la niña del piano.

Firmados por Fermín, sellados por la administración, cobrados por Reformas Urrutia.

Y Amparo lo apuntaba todo.

Cerré los libros. Me quedé un rato a oscuras, oyendo la casa: la nevera, la calefacción, el silencio bien cableado del cuarto B.

Después fui al armario empotrado del pasillo, donde el archivo de Amparo esperaba desde hacía dos años en sus cajas, clasificado por fuera y no por dentro, como se heredan los papeles de los muertos.