Capítulo 9 — Los libros de la comunidad
La carta llegó el miércoles tres de febrero, en el buzón de la administración, en un sobre blanco sin remate y con mi nombre impreso de imprenta: «Doña Carmen Urrutia, administradora de la comunidad de propietarios de la calle de los Tintes, número doce».
Ni a mano, ni por correo: echada de buzón, como se echan los recibos.
La abrí en el portal, de pie, y la leí dos veces antes de subir, porque las cartas malas hay que leerlas en frío, y el portal de esta casa en febrero es una nevera con buzones.
Era una solicitud formal, firmada por los dos —Iker Sagasta, Saioa Sagasta, con dos firmas distintas y un mismo bolígrafo, lo noté hasta en eso—, redactada con la limpieza de quien ha copiado el modelo de algún sitio bueno.
En su condición de propietarios del cuarto B, y «en uso del derecho que les reconoce la legislación vigente en materia de propiedad horizontal», solicitaban consultar la documentación de la comunidad: los libros de actas y los libros de cuentas de los ejercicios dos mil veintidós, dos mil veintitrés y dos mil veinticuatro.
Con carácter previo a la junta ordinaria del ejercicio en curso.
Quedaban a mi disposición. Saludaban atentamente.
Tres años. Los tres años de Amparo al frente, los tres últimos años cerrados.
Subí a casa despacio, por la escalera, con la carta doblada en la mano, y en el despacho hice lo que hago con todo lo que entra en este despacho: lo fiché.
Fecha de recepción, medio, remitentes, solicitud.
Después abrí la legislación que conozco de memoria y la leí igualmente, por si la memoria me jugaba la mala pasada de la esperanza.
No me la jugó. El administrador custodia la documentación de la comunidad a disposición de los titulares.
Los libros de actas y de cuentas no son míos ni del presidente: son de la comunidad, que es una manera administrativa de decir que son de quien pregunta con derecho.
Un propietario puede consultarlos. No necesita motivo, no necesita permiso, no necesita más que ser propietario.
Y ahí estaba la costura, cosida a mano, hecha a mi medida.
Porque ellos no eran propietarios. Yo lo sabía desde el lunes de la nota simple: el cuarto B seguía a nombre de una mujer muerta, herencia yacente, sin un solo asiento en diciembre.
La carta que tenía en la mano era, en realidad, un papel firmado por dos personas que no eran nadie en esta comunidad, pidiendo libros que no les correspondían.
Una administradora con oficio contestaría: adjúnteme acreditación de titularidad, traiga el justificante registral, y hablamos.
Era la respuesta correcta. Era la respuesta de manual, la única posible, y era exactamente la puerta que ellos habían dejado abierta para que yo la empujara.
Porque pedirles la titularidad era decirles que sabía.
Y decirles que sabía era decidir, ese mismo miércoles, qué hacía yo con lo que sabía: ir a la policía con la escritura falsa, con la nota simple, con la cerradura cambiada —y con la escalera de preguntas que venía detrás, con sus tramos y sus rellanos, la escalera que mi cuerpo llevaba dos años negándose a bajar.
Ellos lo sabían. No sé cómo lo sabían, pero lo sabían, igual que sabían mi nombre el primer día y el horario de mi hijo y el armario de mi recibidor: habían contado con ello.
La solicitud no era ignorancia de que yo tenía la nota simple.
Era el conocimiento de que la tenía. Me estaban pidiendo los libros con una mano y enseñándome, con la otra, el precio de negarme: la conversación sobre la titularidad, a la cara, con fecha y con testigos.
Hice la cuenta entera, sentada en mi despacho con la carta encima de la mesa, como se cuadran las columnas que no quieren cuadrar.
Si me negaba, la titularidad. Si pedía acreditación, la titularidad.
Si consultaba con Fermín, Fermín me diría que no removiese la casa, y además —esto lo vi despacio y me dio frío— Fermín era una de las firmas de esos libros.
Si cedía, les entregaba tres años de cuentas de la comunidad.
Tres años de actas, de recibos, de facturas.
Tres años con las obras de la casa dentro.
Las obras de la casa. Reformas Urrutia.
No lo pensé de golpe; vino como vienen las averías de esta finca, primero el ruido y después la certeza.
Saqué del archivador los libros de cuentas —los libros de verdad, los de la comunidad, encuadernados en azul por Amparo, con sus etiquetas de etiquetadora: «Cuentas 2022», «Cuentas 2023», «Cuentas 2024»— y los puse encima de la mesa, y me senté a leer mi propia casa como la iba a leer un desconocido.
La comunidad de la calle de los Tintes, doce, es una comunidad pequeña y aburrida: cuotas, limpieza, ascensor, seguro, alguna derrama.
Y obras. Las comunidades viejas tienen obras como los inviernos tienen niebla: el portal, la azotea, los bajantes, la pintura de la escalera.
Y las obras de esta comunidad, desde hacía años, tenían una costumbre que yo no había visto nunca porque no había mirado nunca: las hacía casi siempre la misma empresa.
Reformas Urrutia. El portal, dos mil veintidós.
Los bajantes del patio de luces, dos mil veintitrés.
La pintura de tramos, dos mil veintitrés otra vez.
La reparación de la barandilla de la azotea, dos mil veinticuatro.
Mi marido.
Estaba todo en regla. Eso era lo insoportable: estaba todo en regla.
Presupuesto, factura, visto bueno del presidente, pago por transferencia, apunte en el acta de la junta.
Amparo no era ninguna tonta y Fermín llevaba quince años firmando actas; una obra bien presupuestada a la empresa de un vecino no es un escándalo, es la vida de las comunidades pequeñas, donde todo el mundo es cuñado de alguien.
Cualquier auditor lo miraría y pasaría de página.
Pero yo no era cualquier auditor. Yo era la ayudante que había grapado aquellas facturas.
Y releyendo con los ojos del desconocido —con los ojos de un matrimonio falso que se ha mudado a la casa de una muerta para hacer preguntas— vi lo que unos ojos así iban a ver: que el portal se pintó en dos mil veintidós y se volvió a «repintar» en noviembre de dos mil veintitrés, dos partidas con casi un año de diferencia y la misma memoria de obra casi palabra por palabra; que los bajantes se facturaron dos veces con dos conceptos distintos y el mismo importe redondo; que cada factura llevaba el visto bueno de Fermín y el sello de la administración, y que la administración, en dos mil veintitrés y dos mil veinticuatro, era Amparo Lasarte con el sello que yo le entintaba muchas mañanas.
Mi mano estaba en aquellos libros. No mi firma —mi mano: las grapas, los sellos, las anotaciones de pago.
Cada factura de Reformas Urrutia que había pasado por la comunidad había pasado por la mesa donde ahora yo estaba sentada, y yo las había archivado sin mirarlas, porque eran de Raúl, porque eran de casa, porque una no audita a su marido entre factura y factura.
Lo había sabido siempre, de la manera en que se saben las cosas que no se miran.
Aquel miércoles dejé de poder no mirarlo: tres años de libros, legibles, en regla, esperando en mi archivador a que dos desconocidos los pidieran con una carta bien redactada.
Y la pregunta que me hice no fue qué iban a encontrar.
La pregunta fue otra, y era peor: si Amparo lo apuntaba todo —lo que no se apunta, se lo lleva el aire—, ¿dónde estaba apuntado esto?
Los libros de actas los repasé después, con menos estómago todavía.
Las actas de Amparo eran lo suyo: secas, completas, sin una opinión, las cuentas de cada año aprobadas por unanimidad y las derramas votadas con dos ausencias de costumbre.
En el acta de la junta de dos mil veintitrés, la del portal y los bajantes, constaba mi propio apunte administrativo al margen —«se acompaña presupuesto y factura»— con la letra de la etiquetadora de mi despacho.
Y constaba, como consta en todas las comunidades pequeñas, que la administración gestionaba los pagos y el presidente los autorizaba.
Leído desde fuera, leído por alguien que hubiera venido a esta casa a buscar una mano culpable, aquellos tres años no contaban la historia de una empresa que cobraba de más: contaban la historia de una administración que pagaba sin mirar, junta tras junta, factura tras factura.
Y la administración, desde hacía dos años, era yo.
Yo había heredado la cartera, los clientes, el despacho, el sello.
Había heredado hasta la firma de los libros que aquel miércoles me ardían en la mesa.
No encontré nada nuevo en aquellas páginas; encontré algo peor: encontré cómo se leían.
Lo supe antes de acabar de hacerme la pregunta. Lo llevaba sabiendo dos años.
No contesté a la carta aquel día. La tarde me dio para lo que me dan a mí las tardes malas: trabajar encima.
Cuadré la remesa de febrero, mandé dos requerimientos de la derrama de la Estación, contesté a la aseguradora de la calle Portalada.
Mikel no entrenaba los miércoles —los miércoles eran de instituto hasta tarde y deberes—, así que trabajé con la casa llena y la puerta entreabierta, oyéndole pasar del cuarto a la cocina y de la cocina al cuarto con esa economía de movimiento de los dieciséis años, que solo abren la nevera y la vida.
Le oí merendar de pie, el pan partido por la mitad contra la encimera, y después la música subiéndole por los auriculares hasta que el cuarto se la tragó.
A las ocho cenamos los tres, y Raúl contó que la obra de la calle Ondárroa entraba en pladur, y yo sonreí en los sitios donde se sonríe, con tres libros azules esperando en el despacho y una carta blanca doblada en cuatro.