Capítulo 8 — Demasiadas preguntas #3
La madrugada del lunes al martes me encontró como me encuentran todas las de enero: despierta a las tres, con la casa dormida y Raúl respirando hondo a las siete horas exactas.
Fui a la cocina, puse la leche que no quería, y encendí la Sony de botones gordos.
A las tres y diez empezaba «La franja de las tres», con su cinta vieja de cabecera y su música de sintetizador barato.
«A esta hora la ciudad dice la verdad. No la del telediario: la otra. »
La primera llamada fue de un hombre que dijo llamarse Eusebio, sesenta y pico, «de un pueblo de la ribera, no le digo cuál». Voz de campo, despacio, con las pausas de los que no están acostumbrados a que nadie les escuche.
—Verá, Ismael. Yo vi una cosa. En mi propia escalera, que conste. Hace tiempo ya. Y no se lo he contado a nadie, y me está comiendo.
—Cuénteme la parte que pueda contarse —dijo Cuvi, con su voz grave y cansada, de hombre que dejó de impresionar a nadie hace años.
—Vi a dos personas discutiendo. Una de ellas acabó mal, no le digo más.
Y yo lo vi desde mi puerta, por la rendija, y no hice nada.
No abrí. Después vinieron los de siempre a preguntar, los uniformes, y yo dije que no había visto nada.
Y mire, esa es mi pregunta, que me quita el sueño: si usted ve una cosa en su propia casa, en su propio rellano, una cosa que no debería haber visto…
¿tiene obligación de decirla? ¿Legal, digo? No, no legal. De otra manera.
—¿De qué manera, Eusebio?
—De la manera esa de poder dormir.
Hubo un silencio de radio, que es un silencio con estática, y después Cuvi dijo:
—Le voy a contestar con lo único que tengo, que es la experiencia de este micrófono.
La gente que me llama a las tres de la mañana nunca me llama por lo que dijo.
Me llama por lo que calló. Lo dicho se gasta y se acaba; lo callado es un alquiler, Eusebio: lo paga todos los meses, y el piso nunca es suyo.
¿Que si tiene obligación? Obligación, la legal, se la dirá un abogado.
La otra ya la tiene: la está cumpliendo ahora mismo, despierto, hablando con un desconocido.
La pregunta no es si debe decirlo. La pregunta es cuántos años más quiere seguir pagando el alquiler.
—¿Y si decirlo me cuesta la casa? —dijo el hombre.
—Entonces —dijo Cuvi— la casa ya no era suya, Eusebio. Ya la tenía alquilada al silencio. Siguiente llamada.
Apagué la radio.
Lo hice con el dedo en el botón antes de que sonara la música, de golpe, y la cocina se quedó con la nevera y la calefacción y la niebla apretada contra la ventana.
Me tomé la leche de pie, a oscuras, sin pensar en nada, que es una manera de pensar en todo.
Un alquiler. Lo paga todos los meses y el piso nunca es suyo.
Bonito de radio de madrugada, me dije, como me dije la otra vez; y como la otra vez, la frase se quedó adherida, y no me sirvió de nada apagar el aparato, porque el aparato no era la radio.
El martes bajé a las diez a por el correo, y en el portal, junto a la puerta de la calle, me crucé con Iker, que entraba con el periódico bajo el brazo.
Venía de comprarlo, del quiosco de la esquina, como un vecino más de una casa cualquiera.
Me sujetó la puerta para dejarme salir, y en el cruce, con la niebla entrando a rachas por detrás de él, sonrió con la sonrisa correcta de siempre y me dijo, como quien se despide del tiempo:
—Por cierto, Carmen. Lo del sábado. No me tenga en cuenta la curiosidad. Es que me dio que pensar, lo que me contó. Qué suerte que estuviera usted en casa aquella noche.
Y subió. Dos peldaños, tres, con el periódico bajo el brazo y el paso tranquilo de quien no ha dicho nada.
Yo me quedé en el portal con el correo en la mano, y el frío entrando por la puerta que él me había sujetado, y la frase haciendo lo que hacían siempre sus frases: quedarse pegada.
Qué suerte que estuviera usted en casa. Se dice así cuando alguien encuentra a tiempo a alguien que se desangra.
Se dice así, también, cuando alguien está exactamente donde tiene que estar para contar la versión que se contó.
La primera lectura era de cortesía. La segunda era de expediente.
Y lo peor —lo archivé ahí mismo, de pie, con el recibo de la luz en la mano— es que no era una insinuación nueva: era mi propia noche devuelta por la boca de un desconocido, ordenada, limpia, con su fecha y su hora, como una factura que llega dos años después con recargo.
En el buzón no había nada. En el tablón, el mapa de las cuotas, la hoja de la limpieza, las normas amarillentas de Amparo.
En la cuenta de la comunidad, cuando la consulté una hora después desde el despacho, el recibo de febrero del cuarto B ya estaba domiciliado y previsto para el día veinte, puntual, como el de enero. Todo en regla. Todo pagando.
Todo, menos la pregunta que aquel hombre había dejado clavada en mi rellano, a tres metros de mi puerta, con una sonrisa correcta: quién llegó primero, qué dijo antes de morir, y qué suerte, qué suerte, que estuviera usted en casa aquella noche.