Capítulo 8 — Demasiadas preguntas #2
Y no llamé, como no llamé el lunes de la nota simple, como no mandé la carta a Burgos que tengo guardada con la fecha en el nombre del archivo.
Aquel domingo, por fin, me miré el gesto de frente, con la calma de la sobremesa y el móvil encima de la mesa: estaba aprendiendo a posponer las llamadas que llevaban a sitios con preguntas.
No todas; llamaba cada día a aseguradoras y a bancos y a presidentes morosos, llamadas con preguntas de sobra.
Posponía unas muy concretas: las que, tirando del hilo, terminaban en un comisaría, en un atestado —esa palabra, ahora la tenía también yo—, en una noche de hace dos años con su luz fundida y su peldaño gastado.
León no era un trámite pendiente. León era un rellano que no quería pisar, y mi cuerpo lo sabía desde hacía semanas, y mi oficio lo estaba descubriendo con retraso, como descubre todo lo mío el oficio: por escrito, tarde.
No llamé. Guardé el móvil, y archivé la no llamada en el archivo sin carpeta, que engordaba más que la derrama de la Estación.
Por la noche, la casa me regaló el dato contrario, el que no me quitaba el sueño sino que me lo administraba: a la una y media oí la puerta del cuarto B, una vez, suave, y los pasos firmes subiendo el medio tramo hasta la ventana que da a la calle.
La guardia de la libreta. Esta vez no abrí mi puerta ni un palmo; me quedé en la cama, a oscuras, contando los minutos por la respiración de Raúl.
La calefacción traqueteó una vez, el bajante tosió, y la casa volvió a su silencio cableado.
A los veinte minutos, los pasos bajaron y la puerta se cerró con su golpe sordo, administrado.
Domingo, una y media, veinte minutos. Lo anoté en la oscuridad, sin luz, con la letra mental de oficio: el hombre de enfrente hacía la guardia de mi portal con la regularidad de un recibo domiciliado, y nadie que hace guardias regulares está improvisando.
El lunes, a las siete y cuarto de la tarde, Raúl protagonizó la escena que me traje a la cama.
Yo venía de la calle Ercilla —el acta, al fin, firmada— y llegué al portal justo cuando los del cuarto B volvían de su paseo de después de comer, él con el anorak, ella con el abrigo gris, los dos con esa manera de pareja que trabaja.
Raúl estaba dentro, junto a los buzones, con su correo en la mano: había bajado a por la carta del seguro del coche, supe después.
Y en vez de hacer lo que hace todo el mundo en un portal —apartarse, buenas tardes, qué frío—, se plantó.
Planteándose, Raúl ocupa media escalera. Cuarenta y cinco años, uno ochenta, las manos de veintitantos años de obra. No levantó la voz; la voz no la levanta nunca, que es lo que la hace pesar.
—Buenas tardes —dijo—. Quería comentarles una cosa.
—Estamos a su disposición —dijo Iker, encantado, con la sonrisa correcta ya puesta antes de que hiciera falta.
—La documentación del piso —dijo Raúl—. Mi mujer es la administradora, ustedes ya lo saben. Quiero que le traigan los papeles en regla. La escritura original, el justificante del registro. Lo que haga falta.
Iker inclinó la cabeza, cortés, atento.
—Ya le llevamos la copia simple, en su momento. Si necesita algo más, encantados de…
—La copia no —dijo Raúl—. Lo demás. Ustedes saben a qué me refiero.
Hubo una pausa. Yo estaba en el quicio de la puerta, con el frío de la calle todavía en el abrigo, y vi la escena entera como se ven las escenas de otros: Raúl plantado, Iker sonriendo, Saioa un paso detrás de su marido de papel, mirando no a Raúl sino a las manos de Raúl.
Las manos le temblaban. A un palmo de distancia lo veía yo, y Saioa también lo vio: lo vi en que dejó de mirarlas y miró a Raúl a la cara, como quien confirma un dato.
—Entiendo que es usted vecino —dijo Iker, despacio, sin perder la sonrisa—. Y entiendo que quiere proteger a su mujer, es de agradecer. Pero la documentación de mi casa se la enseño a la administradora, si la administradora me la pide, que para eso está. ¿No le parece?
—Lo que me parece —dijo Raúl— es que en esta casa hay cosas que llevan dos años quietas y a ustedes les ha dado por removerlas. Y no me parece bien.
—¿A qué cosas se refiere?
—A las de dentro —dijo Raúl—. Al piso. A todo.
Otra pausa, y esta vez fue Saioa la que habló, con su voz de siempre, baja y sin prisa, la primera vez que la oía dirigirse a mi marido:
—Las cosas de dentro están como estaban, señor Urrutia. No hemos tirado ni un papel. Puede subir a verlo cuando quiera.
Fue una oferta inocente, o imposible, o las dos cosas.
Raúl no la cogió. Se quedó mirándola un segundo de más —la miraba como se mira una pared que no está donde debería— y después se dio la vuelta y pulsó el botón del ascensor con el nudillo, y los tres nos quedamos esperando la máquina vieja en el silencio más largo que recuerdo en aquel portal.
Subimos juntos, los cuatro, en la cabina forrada todavía con restos de cinta de pintor de la mudanza, sin una palabra.
En el cuarto, cada cual a su puerta. Las dos cerraduras sonaron casi a la vez.
En casa, con la puerta cerrada, le pregunté a Raúl qué había sido eso.
—Lo que tenía que ser —dijo, colgando el abrigo con el cuidado de los últimos años, como si la casa fuera de alquiler—. Alguien tiene que decirles que aquí no nos comemos los papeles falsos con patatas. Tú no ibas a decírselo.
—Fermín dijo que no removiéramos.
—Fermín es presidente —dijo Raúl—. Yo soy vecino.
Y se fue a la ducha, y el bajante hizo su ruido largo, y yo me quedé en la cocina con la cena a medio empezar, dándole la vuelta.
Diecinueve años de matrimonio te enseñan los tonos de una persona como te enseña la escalera los pasos: el Raúl del portal no era el Raúl de «no te metas, es un lío de Julen».
Diez días atrás, en la mesa del domingo, me había dicho que dejara la puerta de enfrente en paz, que la gente liosa cuanto más lejos mejor.
Y ahora bajaba él solo al portal a remover, a exigir papeles que no eran suyos, a decirle a dos desconocidos que en esta casa había cosas quietas que no había que tocar.
Los hombres cambian de criterio como cambian de camisa, me dije, y la carpeta de las explicaciones razonables trabajó un rato más.
Pero el cuerpo ya había archivado lo suyo: las manos de mi marido, temblando junto a los buzones, y Saioa confirmando el dato.
En la cena, Mikel trajo la noticia como quien trae el pan:
—¿Es verdad que te has peleado con los del cuarto, aita?
—No me he peleado —dijo Raúl, sin levantar la vista del plato—. Les he pedido los papeles. Que es lo normal.
—Se ha comentado en el portal —dijo Mikel—. La Begoña. Me ha parado al volver de clase y me ha preguntado que si había guerra con los nuevos.
—La Begoña ve demasiada tele —dijo Raúl, y con eso zanjó el asunto, que es como zanja él todo lo que no mide con metro.
Yo no dije nada. Cené, y recogí, y puse el lavavajillas, y solo después, ya con la casa recogida, me vino la frase entera, la que había estado oyendo por capas desde el portal: en esta casa hay cosas que llevan dos años quietas y a ustedes les ha dado por removerlas.
Mi marido no había hablado de escrituras ni de herencias ni de falsedad documental, que era mi idioma y debiera haber sido el suyo aquella tarde si era mío.
Mi marido había hablado de cosas quietas.
De lo que lleva dos años quieto y no debe removerse.
No era el lenguaje de un vecino escamado; era el lenguaje de Fermín, el no remueva la casa, dicho por la boca de mi propia casa.
Dos coplas iguales en el mismo mes son ya una orquesta, me había dicho yo misma una semana atrás, y la orquesta aquella noche tocaba en mi portal y yo seguía sin saber quién la pagaba.