El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 8 — Demasiadas preguntas
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Capítulo 8 — Demasiadas preguntas

El sábado treinta de enero, a las once de la mañana, la escalera me entregó a Iker Sagasta como quien entrega un paquete certificado: en persona, en el rellano del segundo, con acuse de recibo.

Yo subía de la compra con dos bolsas y él bajaba, solo, con el anorak negro y las manos en los bolsillos, y en la penumbra del segundo tramo nos dimos los buenos días de manual y nos cruzamos, y yo di tres peldaños más antes de oír que se paraba.

Se paró sin darse la vuelta primero —esa media pausa de quien decide si la conversación merece la espalda— y después se giró, cómodo, apoyando el hombro en la barandilla.

—Carmen. Aproveche, que la tengo. Una curiosidad de recién llegado, no me la tenga en cuenta.

—Dígame.

—La casa tiene historia —dijo, sonriendo, como quien comenta que la casa tiene goteras—.

Quiero decir: todo el mundo la mira distinto.

La vecina del tercero me sujeta la puerta y me mira como si le debiera dinero.

El presidente me saluda y se queda pensando.

Y usted… bueno, usted es la administradora, usted mira las casas con rayos equis, no me extraña.

Pero hay algo en esta escalera, ¿no? Algo que se nota.

La gente baja la voz al pasar por el tercer tramo.

El frío del pasillo me subía por las mangas.

Las bolsas pesaban lo suyo. Y yo noté, con la nitidez con que se notan las cosas importantes, que aquello no era una charla de rellano: era una pregunta con zapatillas de charla.

Los del cuarto B llevaban veintiún días en la casa y aquel hombre acababa de decirme que sabía dónde bajaba la voz todo el mundo.

—La escalera es vieja —dije—. La gente baja la voz por costumbre.

—Por costumbre —repitió él, con gusto, como quien cata una palabra—. Puede ser. Aunque yo diría que es por la señora. La que se cayó. Dos años, ¿no? Justo ahora, en enero.

No me lo preguntaba. Me lo estaba ofreciendo, para ver qué hacía yo con ello. Hay preguntas que se contestan y preguntas que se administran; aquella era de las segundas.

—La anterior propietaria del cuarto B —dije—. Un accidente. Se precipitó por el tramo de abajo. La policía lo cerró como lo que era.

—Claro, claro —dijo—. Un accidente. Es lo más corriente, ¿verdad? Escaleras viejas, luces fundidas. Perdone la curiosidad malsana, es que uno duerme encima de estas cosas y la cabeza da vueltas. ¿Usted estaba en casa aquella noche?

—Sí —dije.

—¿Y quién llegó primero? Quiero decir: quién la encontró.

—La encontré yo —dije, y la frase salió con la soltura exacta de lo ensayado, dos años de rodaje detrás, ni un titubeo de más ni de menos—. Salí a tirar la basura y la encontré en el rellano. Llamé a emergencias. Murió de camino al hospital.

—Qué horror —dijo él, con la compasión de manual, la medida justa—. Y usted la administraba todo después. Doble peso, encima. ¿Llegó a decir algo? Antes de morir, digo. La gente dice cosas, en esos momentos.

Mi mano derecha, la de la bolsa del pan, estaba sudando contra el asa de plástico. Lo noté con la frialdad del oficio: el cuerpo llevaba su propia contabilidad de aquella conversación y no me consultaba.

—No —dije—. No dijo nada. Estaba inconsciente.

—Ya —dijo Iker—. Naturalmente.

Asintió dos veces, despacio, como quien asienta una tuerca —el gesto de Fermín, pensé, y lo aparté—, y miró el peldaño entre los dos, y luego a mí.

—Es que en el atestado ponía… —empezó, y se interrumpió con una sonrisa pequeña, de disculpa—. En el informe, quiero decir. En el informe que me contó la inmobiliaria. Que había sido rápido, que no sufrió.

—No hubo inmobiliaria —dije.

—Ya —dijo él, sin cambiar de tono, sin un solo músculo de la cara moviéndose fuera de sitio—. La notaría, quiero decir. O el heredero. Uno pregunta estas cosas antes de comprar, ¿no le parece? Para no dormir encima de un disgusto, al menos sin saberlo.

Hubo un silencio de rellano, de esos que en esta casa amplifica el hueco entero.

Yo tenía la garganta seca y las bolsas pesaban el doble.

Atestado. La palabra había salido de su boca con la soltura de una herramienta de uso diario, y él la había recogido con la misma soltura, como se recoge una moneda que se le ha caído a otro.

Nadie dice «atestado» por decir «informe».

Se dice «parte», se dice «informe», se dice «los papeles».

Atestado se dice cuando se han leído atestados.

—En esta casa nadie duerme encima de nada —dije—. Los rellanos son comunes.

Se rio, de verdad esta vez, un resoplido breve.

—Eso es muy bueno. Lo apuntaré. Oiga, ya que la tengo: las llaves. Usted guarda las llaves de todos los pisos, ¿verdad? En ese armario del recibidor. Si hay una fuga, qué cómodo. Me parece un sistema estupendo.

—Guardo las de las zonas comunes y los duplicados de los pisos vacíos —dije, despacio—. Lo pone en el tablón.

—Eso, eso he querido decir —dijo—. Las zonas comunes. Bueno, Carmen, no la entretengo más. Que pase buen sábado.

Siguió bajando, silbando por lo bajo, y yo subí los dos tramos que me quedaban con las bolsas y la contabilidad entera del cuerpo disparada. En mi recibidor dejé la compra en el suelo y me quedé quieta, ordenando.

Antes de ordenar nada, lo documenté. Es lo que hago: llevo veinte años sabiendo que la memoria sin papel es opinión, y aquella mañana necesitaba que aquello no fuera opinión.

Abrí en el despacho la hoja de «Comprobaciones» de la carpeta de la compraventa y escribí la fecha y la hora, y debajo, en cuatro líneas secas: «Pregunta por quién llegó primero.

Pregunta por si habló antes de morir. Dice: atestado.

Se corrige. Sabe que guardo llaves de pisos.

» Lo escribí con la letra de oficio, sin adjetivos, y al terminar me di cuenta de lo que tenía delante: no era ya una lista de rarezas.

Era una lista de preguntas profesionales hechas por un aficionado al teatro de la curiosidad.

La cerré, y la carpeta hizo el ruido seco que hacen las carpetas cuando empiezan a pesar.

De todo aquello, lo que pesaba era lo último.

En el tablón pone que guardo las llaves de los trasteros y del cuarto de contadores; yo misma se lo había dicho el primer día, con esas palabras.

«Las llaves de todos los pisos» era otra frase.

Era la frase de alguien que había visto el armario de mi recibidor —Saioa lo había mirado, el día de la escritura, con su atención de inventario— o la frase de alguien que, simplemente, sabía cómo funcionaba esta casa antes de pisarla.

Si hay una fuga, qué cómodo. Dos años de silencio me habían dejado aquel armario convertido en costumbre, en una cosa que no significaba nada, y él lo había vuelto a cargar de significado en una mañana.

Raúl estaba en el salón, con el partido de la mañana y el bocadillo de los sábados. Le conté el encuentro como se cuentan las cosas a los maridos: a medias. Las preguntas sobre Amparo, sí. Lo de la palabra rara, lo del armario, no.

—¿Te ha preguntado por la muerta? —dijo Raúl, con el tenedor a medio camino—. ¿A ti? ¿En la escalera?

—De pasada.

—De pasada —repitió. Dejó el tenedor en el plato, que en él es como dejar caer un martillo—. A mí eso no me parece de pasada, Carmen. A mí eso me parece un morbo de tres pares de narices. ¿Qué clase de gente le pregunta a una vecina por cómo se murió la anterior inquilina?

—Gente que compra una casa con historia —dije, y me oí defendiéndolos, y no me gustó.

—No compraron nada —dijo Raúl, y la frase quedó ahí, en medio del salón, con el partido de fondo—. Tú misma lo dijiste. No han comprado nada.

El domingo fue un día gris de fin de mes: niebla, la comida larga, Mikel con los deberes y los auriculares, Raúl con la siesta del sofá y el ruido de la furgo que ya no hacía.

Hice la colada de los domingos y la tendí en el tendedero del baño, porque la galería era una nevera, y planché dos camisas de Raúl con el programa de coches de fondo, que es lo que pone él las tardes de domingo.

Yo trabajé en la remesa de febrero y en la derrama de la avenida de la Estación, y a ratos me pillaba escuchando la casa: la caldera a las siete y veinte, la puerta a las diez menos cinco, los dos pares de pasos.

El cuarto B cumplió el domingo con la misma puntualidad con que se cumple una cuota.

Por la tarde, una sola voz de mujer al teléfono al otro lado de la pared, bajita, administrada; no alcancé ni una palabra entera, solo el tono, y el tono era de quien informa.

Se informa con un tono distinto del de contar.

Veinte años de teléfono de oficio te dejan ese oído, aunque no te deje otra cosa.

Aquella tarde, además, estuve a punto de llamar a León.

Llevaba dos semanas a punto de llamar a León, para ser exactos, y aquel domingo la idea volvió con su horario de siempre, el de las cosas que no se hacen: a la hora muerta de la sobremesa, cuando el trabajo de verdad está cerrado y el otro trabajo abre solo.

Una llamada de dos minutos. Notaría de la calle Ancha, don César María Aliaga Gamboa: buenos días, soy administradora de fincas en Torregil, me ha llegado una copia simple de una escritura autorizada ante usted el dieciocho de diciembre, ¿podría confirmarme el número de protocolo?

Dos minutos y una pregunta de cortesía profesional.

Tenía el teléfono apuntado desde el banco de la plaza, el día de la nota simple. Tenía incluso la frase redactada.