El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 7 — La que esperaba a alguien #3
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Capítulo 7 — La que esperaba a alguien #3

Aquel miércoles, además, hice una cosa que no tenía ordenada en ninguna lista: bajé del archivador la carpeta de esta comunidad del otoño de dos años atrás, el último trimestre que Amparo firmó como administradora antes de que yo cogiera los papeles.

No sabía qué buscaba. Lo que encontré fue lo de siempre, y precisamente por eso me quedé mirándolo: el último trimestre de Amparo era el más limpio que le había visto en quince años.

Las cuotas cuadradas al céntimo antes de día veinte, las actas mecanografiadas y firmadas con una semana de adelanto, los recibos grapados por fecha y no por proveedor, que era su costumbre de prisa, no de orden.

Hasta el etiquetado era nuevo: había reetiquetado las subcarpetas del archivo con la etiquetadora, con esa letra inclinada y compacta, como si le hubiera dado por dejarlo todo legible para otra persona.

Una administradora ordena así su archivo cuando se jubila, o cuando se va de viaje largo, o cuando piensa que va a venir a mirarlo alguien que no conoce la casa.

Amparo no se jubilaba —ya lo había hecho a medias— ni se iba de viaje.

Había dejado el trimestre como se deja una habitación para una visita: limpio, cuadrado, presentable.

Lo anoté al lado del café colombiano y los pasteles de hojaldre, y la columna empezaba a tener una forma que no me gustaba.

El jueves vino el informe del seguro.

Había pedido a la aseguradora una copia del expediente de la comunidad —le había dado a Fermín la razón que me quedaba: había que mirar la póliza, la responsabilidad, lo que cubría un piso ocupado sin título—, y la aseguradora, por una vez, cumplió rápido.

El expediente llegó en un pdf de cuarenta páginas, y allí, en la página veintitantos, estaba mi propio informe de hace dos años: el que escribí la semana de la muerte de Amparo, para la reclamación de los daños del rellano.

Mi letra de oficio, mi frialdad de oficio: «La caída se produjo en el rellano de entre la tercera y la cuarta planta.

La luz del tramo se encontraba fundida desde el lunes anterior.

El peldaño de madera del tercer escalón presenta desgaste.

» Todo documentado. Todo para que la aseguradora pagara la pintura del rellano, que pagó.

Lo releí entero, sentada en mi despacho, dos años después.

Es un texto que no dice nada y lo dice todo, como todos los informes: yo había escrito «la caída se produjo» con la pasiva impersonal de los seguros, que es la pasiva que usan los papeles para no decir quién estaba mirando.

La caída se produjo. La luz se encontraba fundida.

El peldaño presentaba desgaste. Y debajo, mi firma: Carmen Urrutia, administradora.

Ese informe me había valido un «tienes buena mano para dejar las cosas escritas» de Fermín.

Lo cerré y lo guardé en la carpeta, y me quedé un rato mirando el archivador, pensando que llevo veinte años dejando las cosas escritas para que no haya que decirlas, y que hay una diferencia fina entre documentar una casa y cerrarla.

El viernes amaneció con la niebla otra vez, la tercera temporada, y con una caja en el portal: la empresa de la limpieza había traído el material nuevo del contrato reforzado.

Bajé a recepcionarlo —eso sí era oficio, y me vino bien— y en el portal me crucé con Saioa, que volvía de la compra con su bolsa del pan y su manera de no llenar el espacio.

Se apartó contra los buzones para dejarme pasar con la caja, con la cortesía ensayada de siempre.

Y al pasar, a un palmo, vi lo que Begoña no había sabido nombrar: no era la cara, era una cosa de la cara.

El gesto no estaba; no se recogió el mechón, no hizo nada.

Fue peor. Fue la manera de mirarme un segundo de más, con la cabeza apenas inclinada, midiendo, como medía Amparo a la gente que le traía un problema: no desconfianza, no simpatía, una valoración tranquila de lo que tienes delante.

Amparo miraba así a los morosos y a los notarios.

Yo le había visto mirar así durante quince años, y nunca se lo habría sabido describir a nadie, porque son cosas que no constan en ningún registro.

—Buenos días, Carmen —dijo.

—Buenos días —dije, y subí con mi caja de bayetas, y la escalera me trajo sus pasos saliendo otra vez a la calle, ligeros, sin tacón, de alguien que no quiere que la oigan llegar.

En el despacho dejé la caja en el suelo y no trabajé. Me quedé mirando la ventana con la niebla apretada, ordenando la semana como se ordena una hoja de cálculo, y al final de la hoja había una sola fila que no se dejaba cuadrar.

Amparo Lasarte, en las últimas semanas de su vida, había estado contenta rara.

Compraba café caro y pasteles de hojaldre.

Miraba el buzón tres veces al día. Esperaba a alguien —a alguien que vendría preguntando por ella, a alguien a quien había que decirle «sube, no te quedes en la calle»— y ese alguien no llegó.

No llegó en noviembre, ni en diciembre, ni el quince de enero, ni en los dos años siguientes.

Y ahora, dos años después, una mujer joven vivía en su casa, entre sus muebles, con su manera de mirar y su manera de recogerse el pelo, y lloraba tapada en la madrugada de su aniversario.

Los datos no mienten; la gente sí, y por eso existen los datos.

La frase de Amparo me vino entera, en su voz, y por primera vez en quince años se la discutí: hay datos que no están en ningún papel, Amparo.

Hay datos que bajan tres veces al día a mirar un buzón y no dejan registro.

Hay visitas que no llegan y pesan más que todas las que llegaron.

Aquella tarde, al pasar junto al armario del recibidor, miré de refilón la etiqueta amarillenta del cuarto B y pensé en la frase que Begoña me había traído de diciembre de dos años atrás, la broma que no era broma: si algún día viene alguien preguntando por mí, dile dónde vivo.

Alguien había venido al fin. No a preguntar: a quedarse. Y no le había hecho falta que nadie le dijera dónde.