Capítulo 7 — La que esperaba a alguien #2
—La discusión, sí. Voces bajas. Y luego nada, y luego tu sirena. Pero no es eso lo que no te he contado. Es una tontería, que por eso no la he contado.
Begoña se sentó otra vez, y apoyó los codos en el hule, y habló mirando su taza.
—Yo aquella noche estaba en la ventana. El salón da a la calle, ya lo sabes, y yo me había quedado viendo el concurso ese de las nueve, el de las preguntas, y después me quedé ahí sentada con la manta, sin hacer caso a la tele, mirando la calle.
Porque la calle desde el tercero es lo que tiene, hija, que es mejor que la tele.
Total, que estuve ahí desde las ocho y media hasta que vino la ambulancia, que serían las nueve y cuarto, una hora larga.
Y la calle estaba limpia como una patena.
Vacía. Con la niebla esa que había, y el frío, no había ni Dios.
Ni un fumador en el portal, fíjate, que tú sabes que casi siempre hay alguno, el del primero con su cigarro de después de cenar, o el chaval del bar.
Aquella noche, nada. El portal solo. Una hora larga mirando una calle vacía, que eso también te digo: es de las cosas más tristes que he visto, y no sabía yo por qué me estaba triste.
—Y no viste entrar a nadie —dije. Lo dije con la voz de oficio, la que no sube ni baja, la que he usado veinte años para que las preguntas parezcan trámites.
—A nadie. Ni entrar ni salir. Se lo dije al policía aquel, al joven: la calle vacía. Y él me dice «¿y por dentro?», y yo le digo «por dentro, la discusión, que la oímos todos». Y ahí se acabó. Nadie me ha vuelto a preguntar. Bueno, tú ahora.
—Te pregunto porque llevo la comunidad —dije, y la frase sonó a lo que era, una placa nueva sobre una cerradura vieja—. El seguro, esas cosas. Los plazos.
—El seguro —repitió Begoña, sin creérselo ni dejarme mal, que es un arte que solo tienen las dependientas viejas—. Pues muy bien. Mira tú el seguro, y yo miro la calle, que es mi seguro.
Se rio de su frase, y yo me reí por acompañarla, y el momento pasó.
Pero el dato quedó archivado con fecha y hora, en tinta: el quince de enero de dos mil veinticinco, de las ocho y media a las nueve y cuarto, Begoña Iraola estuvo en su ventana, a tres metros de altura sobre la puerta de la calle, y la calle estuvo vacía.
Nadie entró. Nadie salió. Nadie fumó en el portal.
Una hora larga. Lo archivé sin saber aún qué columna le correspondía, que es lo que hago con los datos que me dan frío: se archivan primero y se entienden después.
La conversación resbaló entonces por el cauce de siempre, que en Begoña es un río que lo lleva todo.
La niña del piano y su compás atrancado; los hermanos del primero y su manera de ver el fútbol como si el otro estuviera en otra ciudad; la obra de la calle Ondárroa, que según el marido de la Mari Jose «va a durar hasta el verano»; y la ciudad, la ciudad entera, que Begoña administraba desde la galería con más eficacia que yo con mis treinta carpetas.
Que el horno de la esquina lo ha comprado una cadena y el pan ya no es el pan.
Que la peluquería cierra los lunes. Que la casa de Los Alisos, la de los Etchegaray, la de detrás del polígono, lleva un mes en la inmobiliaria y ya ha tenido dos visitas, que en esa urbanización eso es un acontecimiento; y que el marido está imputado, que eso lo sabe hasta el horno de la esquina.
Todo con el mismo peso, que es como pesa el mundo en las cocinas: una desgracia y un horno ocupan la misma frase, y no por frialdad, sino porque la vida no conoce las columnas.
Me despedí a las doce, con la hoja de la limpieza olvidada encima de la tele, junto a Patxi, que era donde tenía que estar. En la puerta, Begoña me sujetó el marco con la mano y me soltó la última, porque a Begoña las frases se le quedan siempre a medio decir un peldaño más allá.
—Ah. Una cosa, que se me olvidaba, con lo del seguro y lo de la Amparo. La nueva del cuarto. La chica.
—¿Qué pasa con ella?
—Que la he visto bien el otro día, en el portal, con la luz de la mañana, que es la luz que no perdona. Y no sé, Carmen. Se me parece a alguien y no caigo en quién. Me tiene dando vueltas desde el sábado.
—¿A alguien del barrio?
—No lo sé. Eso es lo que me trae loca, que no lo sé. No es la cara, es… una cosa de la cara. Una manera. Ya caeré. A mí estas cosas no se me escapan: treinta y cuatro años de mercería, yo a una cara le caigo siempre. Será de alguna cliente de antes. De alguna de la mercería. Ya caeré.
Bajé los tres tramos a mi piso con la mano en la barandilla que Amparo pulía con aceite de linaza, y en el descanso de entre el tercero y el cuarto —bajé por la escalera, que era mi manera nueva de no decirme cosas, y mi cuerpo lo supo antes que yo— me detuve un segundo, sin quedarme.
Un segundo. El tiempo justo para notar que me había detenido y seguir.
Se me parece a alguien y no caigo en quién. No es la cara. Es una manera.
Una manera de qué, me pregunté en mi despacho, con la puerta cerrada y el trabajo esperando.
Una manera de recogerse el mechón con el dorso de los dedos, dos pasadas, una corta y otra lenta, y la mano quieta contra la oreja.
Lo pensé y lo volví a desmontar, como llevaba haciendo desde el lunes: un gesto es un gesto, las costumbres se contagian, la cabeza ve lo que necesita ver.
Pero Begoña no tiene mi despacho ni mis carpetas; Begoña no había visto el gesto en la escalera, no que yo supiera.
Begoña tenía una cara vista con la luz de la mañana y treinta y cuatro años de caerle a las caras, y le estaba dando vueltas.
El miércoles trabajé con la puerta entreabierta, que seguía siendo mi manera nueva de trabajar, y la casa hizo su día: la caldera a las siete y veinte, la niña del piano a las cinco, los del primero gritándole al árbitro como si el árbitro debiera dinero.
El cuarto B salió a las diez menos cinco y volvió a la una y media, puntual como una administración.
Por la tarde oí a ella sola en el rellano —pasos apenas—, y después, a través de la pared, una música bajita, de antes, y la voz tarareando otra vez.
Las casas falsas no tararean, me repetí, y la frase seguía sin encontrar columna.