Capítulo 7 — La que esperaba a alguien
Me sorprendí bajando al tercero aquel martes con la hoja de la limpieza en la mano, que es una excusa que no se sostiene: la hoja de la limpieza se clava en el tablón, no se lleva de visita.
Pero Begoña recibe cualquier papel como se recibe a un cartero, con la puerta abierta y la cafetera ya en la hornalla, y yo necesitaba lo que Begoña tiene y no figura en ningún archivo: la memoria de esta casa sin etiquetas.
Veintitantos años de escalera guardados en una cabeza que nunca aprendió a callarse.
Bajé, además, con la madrugada encima. La noche del lunes había visto a Iker Sagasta de pie en la ventana del tramo de subida al quinto, con su libreta de bolsillo y su lápiz, haciendo inventario de mi portal durante veinte minutos: el taxi, el neón del bar, el hermano del primero con el perro viejo.
Veinte minutos de anotaciones sobre una casa en la que llevaba dos semanas.
Me había acostado con aquello en la nuca y me había levantado con ello intacto, y por la mañana, al subir de tirar la basura, me detuve en la ventana del tramo —la única ventana de la escalera que da a la calle de los Tintes— y miré lo que él miraba: el portal desde arriba, los buzones de frente, la esquina con el buzón amarillo, el bar.
Desde ahí se ve quién entra y quién sale, y a qué hora, y con quién.
Desde ahí, con paciencia y un invierno por delante, se aprende la vida entera de una finca.
Apagué la luz del sensor, que había quedado encendida, y seguí subiendo, y a la altura de mi rellano ya había decidido que necesitaba hablar con alguien que llevara más tiempo que yo mirando esta casa.
Solo había una persona así, y vivía en el tercero B.
Llevaba días queriendo bajar y no bajando, y sé decir ahora por qué: porque Begoña no es un testigo que se pueda interrogar con disimulo.
Begoña es un grifo. Uno no va a Begoña con una pregunta; uno va a Begoña y se pone debajo.
Y yo tenía miedo de lo que pudiera caer, que es una frase fea para una administradora, pero es la exacta.
Begoña Iraola, sesenta y un años, viuda de Patxi desde hacía seis, dependienta jubilada de la mercería de la calle Portalada, donde estuvo treinta y cuatro años cortando cintas y sabiendo de todos.
Vive en el tercero B, un piso abajo y una puerta al lado de la mía, en un piso que huele a café y a cera de muebles, con la galería llena de plantas que riega los sábados a las once arrastrando la regadera, y una foto de Patxi en la tele que saluda a todo el que entra.
Me abrió en bata de casa, que en ella es un uniforme de confianza: la bata significa que eres de las que pueden ver el piso sin recoger.
—Carmen, hija. Anda, pasa. Qué bien, porque estaba yo hablando sola, que es el principio de todo.
Le di la hoja de la limpieza. La miró tres segundos, dijo «pues que suban el tres por ciento, a ver si friegan el segundo tramo de una vez», y la dejó encima de la tele, junto a Patxi, que es donde Begoña archiva la administración pública y la privada.
Después me sentó a la mesa de la cocina —una mesa de fórmica con hule de flores, igual que la de Fermín, que en esta casa las cocinas gobiernan todas— y sirvió el café en las tazas buenas, las de borde dorado, porque Begoña distingue visitas aunque la visita baje en zapatillas.
El café olía a recién molido, y en la hornalla de al lado un pote pequeño hacía su borborito: Begoña cocina «por si acaso», decía siempre, que una nunca sabe quién sube.
En la tele, Patxi sonreía de permanente, recortado contra un salón que ya no existía.
—Tú no bajas nunca a media mañana —dijo, sentándose enfrente con las manos alrededor de la taza—. Así que cuenta.
—No bajo nunca a media mañana —admití—. Quería preguntarte por Amparo.
Lo dije y oí lo raro que sonaba: dos años después, la administradora bajando a preguntar por la administradora anterior, como quien revisa una gestión.
Begoña no lo encontró raro. Begoña encontró natural que se preguntara por los muertos un martes cualquiera; era de las pocas personas de la casa que nombraba a Amparo sin bajar la voz.
—Pues pregunta —dijo—. Que de la Amparo yo tengo archivo entero.
—Estabas con ella al final. Los últimos meses. ¿La notaste… distinta?
Begoña no contestó enseguida, que en ella era tan raro como una fuga en un piso muerto. Se llevó la taza a los labios, miró por encima del borde hacia la ventana de la cocina —la niebla de siempre, apretada contra el cristal— y dijo:
—Distinta. Anda que no lo he pensado yo veces. Distinta, sí. Pero no como se pone la gente antes de morirse, que eso lo he visto yo en la mercería, que te entra una señora a por cinta de raso y a los dos meses la entierran. La Amparo no estaba triste, Carmen. Estaba rara contenta. Contenta rara.
—Contenta rara —repetí.
—Como quien espera visita —dijo Begoña, y soltó la frase con la naturalidad de quien la tiene hecha desde hace dos años—.
Eso es. Mira: la Amparo era de café solo y de no gastar.
Y aquellas semanas me bajaba con café de colombiano, del caro, «pruébalo, Begoña, que ahora tomo de este».
Y se reía sola. La pillabas en el rellano con una sonrisa tonta, pensando en vete tú a saber.
Una vez la vi comprando unos pasteles en la pastelería de la esquina, los de hojaldre, que yo jamás le vi comprar un pastel en quince años.
«¿Vienen los sobrinos?», le digo. «No», me dice. Y se ríe. Pues eso.
Anoté todo en el archivo sin carpeta, con la taza caliente entre las manos y el cuidado de quien no quiere que se note que está anotando.
—¿Desde cuándo la notaste así?
—Pues… desde el otoño. Noviembre, por ahí. Me acuerdo porque fue cuando cambió lo del buzón.
—¿Lo del buzón?
—La Amparo era de bajar una vez al día, la hora del correo, y listo.
Las administradoras no recibís sorpresas por correo, recibís recibos.
Pues aquel invierno bajaba dos veces, y a veces tres.
Mañana y tarde. Un día me la encontré mirando el buzón a la hora de cenar, hija, con el abrigo echado por encima de la ropa de casa.
Le digo: «Amparo, que el cartero no viene a las nueve».
Y ella me dice, riéndose: «Ya lo sé, ya.
Es una manía.» Manía. La Amparo no tuvo una manía en su vida.
Lo que no se apunta, se lo lleva el aire, ¿te acuerdas?
Esa mujer no hacía nada tres veces sin motivo.
El correo. Mañana y tarde, y a la hora de cenar.
Yo guardaba en una carpeta verde de mi despacho todo el papel que Amparo había dejado sobre la mesa en quince años de oficio compartido, y de pronto ese papel pesaba distinto.
Alguien le escribía a Amparo, o Amparo esperaba que alguien le escribiera, y lo esperaba con pasteles de hojaldre y café colombiano y una sonrisa tonta en el rellano.
Durante semanas. Hasta el quince de enero.
—Y nunca te dijo qué esperaba.
—Nunca me dijo nada, la jodía —dijo Begoña, y el taco le salió cariñoso, como se le sale a la gente cuando habla de un muerto querido—.
La Amparo era un archivo cerrado, como tú, que por algo te eligió de ayudante.
Pero una tarde —fíjate, una tarde de diciembre, ya con el frío— me suelta una cosa rara.
Estábamos aquí mismo, con el café. Y me dice: «Begoña, si algún día viene alguien preguntando por mí, dile dónde vivo.
» Y yo le digo: «Amparo, mujer, si todo el mundo sabe dónde vives, llevas media vida en el cuarto B.
» Y ella se ríe y dice: «Ya lo sé. Dilo igualmente.
Si viene alguien preguntando, no lo dejes en la calle. Dile que suba.»
La cocina se quedó quieta un momento, con la cafetera apagada y la niebla en el cristal.
—¿Como quién dice eso? —pregunté.
—Como quien lo dice de broma, Carmen. De broma y no de broma.
Como cuando dices «si me pasa algo, cuida de las plantas», que no esperas que te pase nada pero por si acaso lo dejas dicho.
Yo no le di más vueltas. La gente se pone rara contenta y dice cosas raras contentas.
Y luego pasó lo de enero y ya no hubo a quién preguntarle.
Begoña se levantó a por la cafetera, me sirvió la segunda taza sin preguntar, y se quedó de pie junto a la hornalla un momento, con la cuchara en la mano, mirando la nada.
—¿Sabes lo que me fastidia? —dijo—. Que nadie vino.
Dos años, Carmen. Yo me quedé con lo de «si viene alguien preguntando por mí», y me hice la cuenta: pues vendrá la familia, vendrá alguna amiga de antes, vendrá quien sea que la ponía contenta.
Y no vino nadie. Nadie ha preguntado por la Amparo en dos años.
Hasta que se ha muerto una mujer no sabes lo sola que estaba, fíjate qué triste.
Ni una visita al piso. Solo su hermano aquel día, doce minutos, y ni las plantas me dejó quedarme.
No vino nadie. Lo registré con el mismo cuidado con que se registra un saldo negativo: ella esperaba a alguien, esperaba con café caro y buzón mirado tres veces al día, y el alguien no vino nunca.
O vino tarde. O —y esto lo pensé con la nuca fría, mirando el hule de flores— vino dos años después, un sábado de niebla, con once viajes de cajas y una escritura falsa, y no preguntó dónde vivía porque ya lo sabía.
Ese pensamiento no lo compartí con Begoña. Lo bajé a la columna de pendientes y puse encima la conversación de siempre.
—¿Y tú qué tal, Begoña? ¿Cómo va la gimnasia?
Me contó la gimnasia, y la rodilla de la Mari Jose, y que los nietos de la del segundo vienen en carnaval, y que había visto al del cuarto —«al educado, al que no me gusta»— sujetándole el portal a la niña del piano. Después, sin venir a cuento, o viniendo a cuento de todo, dijo:
—Aquella noche, ¿te lo he contado alguna vez? Lo de aquella noche, digo.
—Me lo contaste entonces —dije, despacio—. Oíste la discusión.